lunes, 21 de noviembre de 2016

Aventura (personal) literaria

J leía en bibliotecas. No acumulaba libros, como yo. No los tocaba ni los pensaba después. No se quedaba absorto pasando simplemente las páginas de lo ya leído por placer de repaso, de encontrar a fogonazos palabras y frases que le habían gustado.

Le gustaba leer, como a mí. Pero tras la lectura, volvía a la biblioteca y devolvía esos libros que yo sí atesoraba y mimaba, cada uno con un lugar en mis estanterías caseras. Quiso convencerme desde el principio. Y cuando estás enamorada, te dejas convencer. De lo que sea. De que es de locos hacer una montaña de esa injusticia o de algo tan banal como que un libro solo es importante por dentro, que lo de fuera es solo funda y sustento.

Dejarse querer es como abandonarse, y da gustito. Que te abracen y no te importe nada hasta que las cosas empiezan a importarte de nuevo.

J no apreciaba el objeto y a mí me extrañaba, pero formaba parte de una extrañeza que abarcaba mucho más que su relación con los libros, así que no le daba mayor importancia.

Un día, J y yo tuvimos un niño, y cuando el crío pintaba las hojas de los cuentos y él le dejaba mientras yo le reñía, J me decía que el libro no era sagrado. Y lo mismo ocurría cuando el niño tiraba del rabo de un perro y él lo disculpaba diciendo que solo era un niño, que no se daba cuenta de lo que hacía, que el perro era solo un perro.

Yo empecé a darme cuenta de que a J no le importaba nada más que él mismo, y su descuido hacia la belleza y el trato delicado con los objetos, y hacia la fragilidad de los débiles, me iba advirtiendo silenciosamente, sin que yo quisiera darme cuenta del todo, solo como una ligera molestia en el hombro tras haber llevado mucho peso.

Poco a poco, vas sacando conclusiones vitales sobre las personas, que te ayudan a clasificarlas y a protegerte de ellas. Mi tonta medida ahora es: no te fíes de quien no tiene libros propios en casa ni de quien no ama a los animales. Ni, por supuesto, de quien te dice que lee pero que no quiere acumular libros y por eso no los mantiene, ni del que te cuenta que los animales le gustan, pero no en las casas, mejor en su entorno natural.

Hay aventuras literarias terroríficas y aventuras en la vida que nunca debieron ocurrir. Es solo una reflexión, pero para eso estamos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Arréglatelas como puedas, Bergman

Hace unos días leí por primera vez Persona después de haber visto la película cientos de veces. Como ocurre en ocasiones, derivó mi interés a un recuerdo de hace años que no he podido evitar revisitar, otro libro, las memorias de Ingmar Bergman, Linterna mágica.

Vuelvo física y mentalmente al texto. Lo cojo y lo releo y siento lo mismo que sentí con veintitantos años, cuando por primera vez me dejé seducir por las palabras del sueco, y constato que es de lo mejor que se ha escrito dentro de ese que llaman género autobiográfico. Entonces me pregunto, una vez más en estos meses, ya van muchas, por qué se distinguen así y se aíslan de este modo, relegados a algo que no se lee tanto como la novela, los textos que tratan sobre lo vivido y habitado. Si Linterna mágica hubiera sido escrita por alguien que no fuera Bergman, probablemente los límites no estarían tan claros. Sea como sea, es este uno de los mejores textos de la literatura, independientemente del género al que lo asociemos para clasificarlo.

Recuerdos dolorosos de la infancia y del padre. Inevitable la búsqueda de un sentido a la existencia que llenó toda la obra de Bergman. Búsqueda de palabras que expliquen al fin. Esos diálogos brutales, como el de Secretos de un matrimonio, una de las películas más demoledoras, la mejor muestra de cómo se produce el desamor. Niveles de sinceridad para corazones duros. Silencios que lo deciden todo, como en Persona. La actriz muda, expresiva pero observadora, los papeles cambiados de repente. Ella asistiendo a la representación de los problemas de otra mujer, tan lejana, tan cercana, tan amadas y fuertes ambas. En ellas hay varias mujeres porque en ellas hay muchas vidas, muchas personas, todas las que somos a lo largo de la existencia, como explica Bergman: «—¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?».

Bergman fue dejando su poso en cada guión y en cada texto escrito, y en Linterna mágica resume su vida y obra porque habla de todas ellas. La gestación, el por qué, el flechazo con Fårö («Este es tu paisaje, Bergman. Responde a tus ideas más profundas en lo tocante a formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luz y reflejos. Aquí hay seguridad», se dice a sí mismo el director en un momento de descripción de ese lugar soñado), el dolor y su ausencia, la infancia y el pasado, con el no se ha acabado de reconciliar.

Al final de Linterna mágica va a ver a su madre, que escribe afanosa en su diario privado y no quiere ser molestada con lo que parece juzgar como niñerías del pasado cuando su hijo la interroga sobre momentos de la infancia:

«—Reñíamos, usted me pegaba en la cara. Yo le devolvía el golpe; pero, ¿por qué reñíamos? ¿Por qué esos terribles ajustes de cuentas, portazos, lágrimas rabiosas? (...) ».

Y más adelante, resume:

«Lo que veo con seguridad es que nuestra familia estaba compuesta por personas de buena voluntad con una herencia catastrófica de exigencias desmedidas, mala conciencia y sentimiento de culpabilidad».

No hay respuestas en la vida de Bergman, y a pesar de las memorias y de lo escrito, de todo lo que indagó con auténtica pasión, no encontró las palabras de alivio y de explicación que buscaba. Quizá por ello escribió tantos diálogos posibles, y expuso a sus personajes a situaciones extremas, imaginando conversaciones en las que por fin uno podía comprender y dormir tranquilo.  Conversaciones que duran noches y días. Y en su vida real, sin embargo, parece solo adivinar, y se le olvida preguntar al otro:

«Durante el rodaje de Persona nos alcanzó la pasión a Liv y a mí. Una grandiosa equivocación me llevó a construir la casa pensando en una vida en común en la isla. Olvidé preguntarle a Liv su opinión. Me enteré después por su libro Transformaciones»

En esa visita final a la madre, en la que lleva consigo la necesidad de explicaciones cuando ya es tarde y ella es mayor y no quiere hablar ni recordar mientras escribe un diario infinito, de nuevo Bergman no consigue nada. La madre, tranquila, le responde: «—Debes hablar de eso con alguna otra persona. Yo estoy demasiado cansada». Y la última frase de la obra resume, por fin, cómo es la vida: «Uno tiene que arreglárselas como pueda.»

Bergman fue esas muchas personas, las que estaban en silencio y las que hablaban sin parar buscando sentido a la existencia. Persona le salvó la vida cuando, estando enfermo, tuvo la idea y la rodó. En un momento de la obra, Alma dice esto a la actriz Elisabet, que permanece en su mutismo:

«—¿Por qué tiene que ser así? ¿Es importante no mentir, decir la verdad, que el tono sea sincero? ¿Es necesario? ¿Acaso es posible vivir sin hablar de vez en cuando? Sin decir tonterías, sin exculparse, sin mentir, sin andar con evasivas. Sé que tú has optado por callar porque estás cansada de todos tus papeles, de todo aquello que dominabas a la perfección. Pero, ¿no es mejor permitirse ser estúpido e indolente y charlatán y mentiroso? ¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos».

Linterna mágica es el testamento artístico y vital de Bergman y Persona solo una pequeña parte de sí mismo, una parte diminuta que me conmueve por la herida que muestra, por cómo los silencios y la palabras pueden crear una melodía tan perfecta y decir tanto de uno mismo. 


domingo, 9 de octubre de 2016

Los anotaciones y los subrayados que hablan de nosotros

Paso la mañana en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, en el Paseo de Recoletos, que se celebra en otoño. Es uno de los placeres del comienzo de la nueva estación, pasear entre los libros, pararme, husmear, elegir. En una de las casetas descubro un ejemplar que me interesa. Lo abro por la primera página y leo: De Joaquín. Por nuestro 32 aniversario. Y a continuación hay una firma ininteligible que podría significar María o Miriam. Después, el año, 1992. Dejo en su sitio el libro con cuidado, de repente ha adquirido con la autodedicatoria un valor que no tenía. Cojo otro que está cerca y esta vez la letra, la misma, solo se distingue en la fecha y de nuevo la firma que cuesta descrifrar. Salto a otro libro, después a otro más. La mayoría de los títulos del cajón con el cartel de Novela son de una misma persona que ya no los tiene en su casa ni en sus estanterías. Pienso que quizá los haya vendido, pero me hace dudar de esta posibilidad el libro que celebra el 32 aniversario, ya que es un regalo, y los libros regalados no se venden. Quizá se separó de ese Joaquín al que no quiere volver a ver, pero también puede ser, quizá, que María o Miriam haya muerto y su biblioteca se haya vendido, expuesta ahora su vida en una feria de segunda mano que vende más que libros y ficciones, también la vida de muchas personas cuyas trayectorias y gustos quedan plasmados en las primeras páginas de los libros, en las marcas de su interior, en la propia elección de los títulos, que los definen.

Anoto yo también en todos mis libros. Me encanta aludir al margen de las páginas a una anécdota o quizá mencionar un tema que me interesa y que el autor me ha recordado por lo que ha escrito. No siempre anota uno lo mismo. Si volviéramos a leer un libro que leímos hace diez años escribiríamos otras notas o quizá ninguna, porque lo que nos llamó la atención en su momento ya es sabido y no nos sorprende. 

Somos distintos en cada etapa de nuestra vida y los años también pasan por los libros. De vez en cuando cojo al azar un volumen de una de mis estanterías y lo abro, lo hojeo y me encuentro definida —cómo era en ese momento— leyendo lo subrayado. A veces hay simplemente una flecha o unos signos de admiración de apertura y cierre que me advierten de dónde me paré, dónde me detuve a señalar, qué me importaba entonces. Por supuesto, como María o Miriam, yo también me autodedico libros, no solo los regalados, también los que compro yo misma, en los que escribo: Encontrado un día luminoso o Una mañana de octubre en la Feria del Libro Antiguo. Y espero, lo pido, que mis libros no se vendan, que los que los hereden o reciban los hojeen y así puedan conocerme mejor, cómo era yo por mis subrayados, por la elección de mis lecturas.

domingo, 2 de octubre de 2016

Los libros que no iban a ser leídos pero que cayeron en mis manos

Era agradable llegar a la puerta de la casa, descargar las maletas y encontrarse en el campo. Un campo falso, de urbanización, aunque en cuanto te alejabas un poco de lo civilizado, de las construcciones para los de ciudad, conseguías sentirte a gusto. A veces me llevaba libros y me sentaba en el muro de un camino al final de la urbanización, donde empezaba el campo de verdad, dejando que las abejas hicieran su baile sobre mí. Cogía unas moras y me pasaba el tiempo sobre el muro. Después tenía la espalda llenas de marquitas de las piedras.

A la casa del pueblo me llevaba a veces cuentos, pero enseguida los acababa, así que tiraba de lo que había en casa. Mamá tenía una buena biblioteca en la ciudad, pero al campo llevaba lo que ya no quería, lo que ya no iba a leer porque nunca le había gustado o porque le había dejado de gustar. Esos caprichos lectores.

En las estanterías me encontraba tomos de Círculo de lectores que se leían en aquellos años: Pigmalión, Por quién doblan las campanas… y muchos libros de Agatha Christie de la editorial Molino. ¿Qué habría sido de mis tardes durante la siesta en la casa de la sierra sin estos libros? Yo era muy pequeña y empezaba a vislumbrar lo que era bueno de lo que no lo era. Si me gustaba, entendía que se trataba de literatura infantil o que no podía considerarse un libro bueno, pues era consciente de mis limitaciones aún para apreciar la calidad. Así pues, Agatha Christie me resultaba sospechosa. Algunos títulos los leí más de diez veces, no me importaba volver una y otra vez a las tramas que atrapaban. ¿Qué más me daba cómo estuviesen escritos?

Pasado el tiempo los libros empezaron a ser algo más. A medida que iba aprendiendo a distinguir ya no era igual leer despreocupadamente lo que cayera en mis manos. Era crítica. Empezaba y lo dejaba. Dejé de poder leer esos libros durante las siestas de los adultos en la casa de la sierra, y creo que es ahí cuando empecé a hacerme mayor y ya la adolescencia me obligó a llevarme los libros que quería durante el fin de semana. Los libros que llegaban de la capital para invadir a los del pueblo. Fue ahí cuando empecé a llevar bolso, y con él, siempre un libro antes de salir de casa. Qué lector voraz sale de casa sin un libro. Cuando lo olvido (pocas veces), compro uno en la librería que me pille de paso.

Las lecturas desaforadas de los fines de semana en la sierra se acabaron. La casa se vendió más adelante, creo que con libros incluidos. Me pregunto qué harían con ellos los nuevos propietarios, si tendrían hijos que se aburrieran durante las siestas de los adultos y tiraran de los volúmenes desconocidos de las estanterías de la nueva casa en los que aún quedaría la firma de mi madre, una inútil seña de propiedad en lo que ya no se desea, ya no se quiere. 

domingo, 25 de septiembre de 2016

El olor que alimenta

Abro los ojos y lo primero que veo son sombras, poca certeza de que en la habitación solo esté yo y no haya monstruos de la noche agazapados por los rincones. A medida que me espabilo, con las gafas ya puestas, solo tengo que echar la mano al suelo y coger el volumen de relatos que se titula La edad de oro y es de John Cheever, de la colección Narradores de Hoy de Bruguera.

Son, calculo, las seis. No quiero mirar el reloj, me produce placer que aún no haya amanecido y que la única actividad que se escuche sea la de la lectura en el cuarto. La casa está en silencio, el edificio al completo. No parece haber vida más allá de mí y de mi libro, que enseguida estoy leyendo de nuevo, como la noche anterior antes de que, muerta de sueño, se me resbalara de las manos y cayera al suelo sin que me diera cuenta. La luz la apagaba cuando, tras unas horas de sueño, me despertaba sorprendida. El sobresalto siempre era agradable porque sabía que aún quedaban noche y sueño.

Antes de leerlo, como antes de comprarlo, siempre, ritual imposible de evitar, olisqueaba el libro, una aspiración que no se notara mucho en la librería, aunque al acercar el libro al rostro, abierto ya, fuera raro. En la intimidad la nariz bien metida entre las páginas, absorbiendo el olor y cerrando los ojos al mismo tiempo, como cuando se besa a alguien.

A los ya empezados, y por tanto ya vividos y toqueteados, se les iba el olor, y de niña tenía la sensación, que aún a veces me turba, de que el olor se iba por mis fosas nasales, que tragaba por la nariz el aroma inconfundible de esos libros y que cada editorial olía de manera distinta, por lo que en mi interior quedarían posos de todos los libros y de todas las editoriales. La lectura absorbida al máximo.

El olfato y el libro casan bien, por eso el vino, el té o el café acompañan las lecturas de un modo perfecto, son bebidas que se huelen mientras se paladean. Y si leo a Cheever ahora adulta, no aquella madrugada de la niñez en la que aún no había probado el sabor del vino, estoy tomando un tinto denso que me deja los labios rojos.

Aquella madrugada con Cheever se repetía cada semana con Galdós, con Elena Fortún, con Clarín, con Dickens, con Lorca, con Valle Inclán… Y aunque a medida que fui creciendo se transformaron las lecturas, incluso la forma de leer, que pasó de ser desaforada a mucho más terca en la obsesión por buscar más allá de las meras palabras del autor, la rutina del oler intensamente el libro, abriéndolo al azar y metiendo mi nariz entre las páginas, se mantuvo. Hasta hoy. Hasta el próximo libro que, ya no de madrugada —esa costumbre ya vencida por el paso del tiempo—, marque con mi olfato, y cuyo olor se introduzca en mí para alimentarme.

domingo, 14 de agosto de 2016

'El jardín colgante', de Patrick White: la delicia de lo inacabado


Hay siempre algo mágico en lo inacabado porque aún no hay revisión, o muy poca. Podemos adivinar la complejidad de la creación en una frase, en un trazo. La gestación, incluidas las imperfecciones y las dudas. Y es emocionante saber que la obra es provisional (aunque en este texto sobre el que hoy quiero escribir hubiera corregido ya el autor a boli rojo la primera versión sin alterar demasiado) pero que lo que será definitivamente va a concluir en algo muy bueno, porque lo que observamos es ya prometedor

El jardín colgante, de Patrick White, ganador del Nobel en 1973 por una narrativa que se ha definido como «épica y psicológica», llega en español en la edición de Tres hermanas, dentro de la colección con el sugerente y bello título de ‘Tierras de la Nube Blanca’, donde se reúnen textos de autores australianos. Y llega en verano. La estación de la atención, del leer sin interferencias laborales ni problemas acuciantes. Con esa calma necesaria que nos rodea como preámbulo perfecto y la atmósfera adecuada para leer.

Una niña griega y australiana es abandonada en una casa en Sídney y ha de convivir con otro niño, también abandonado tras la muerte de su madre. Este es el tema principal. El escenario, la Segunda Guerra Mundial. La muerte se presenta de un modo tan natural que provoca en los niños unos sentimientos y acciones de adultos que a veces asustan. Sus palabras sabias reflejan, sin embargo, las inseguridades, que arrecian a medida que avanzamos. De la niña, Eirene, se dice en un momento de la novela que «nació vieja», y el niño Gil reflexiona de ese modo en el que solo pueden hacerlo los hombres, como si la tragedia de la Segunda Guerra Mundial la hubiera vivido en el campo de batalla.

Una sintaxis que va más allá de la mera descripción comprensible da paso a una narrativa pausada para la que el autor se toma su tiempo. Hay algo claustrofóbico cuando se dispone a describir a sus personajes y entra en su interior. Los rebasa, los vacía y te los deja para que los disfrutes y saques tus propias conclusiones. Los constantes cambios de perspectiva y de punto de vista permiten que nos identifiquemos con cada uno de los personajes y sus caracteres. Principalmente con los niños abandonados durante la guerra, sí, pero también con los adultos derrotados, mezquinos en su soledad y en su trato con los pequeños.

La niña Eirene, Ireen, Reen —adopta muchas variantes su nombre—, la protagonista a través de la que vemos más que desde el resto, reflexiona al poco de llegar al que va a ser su nuevo hogar:

«La casa ahora está inmóvil. ¿Aparecerá el niño detrás de una esquina o atravesará una pared para cuestionar mi propiedad? Porque ya es mía. Huele a champiñones y a polvo, está viva con los pensamientos que estoy poniendo en ella. Los pomos de la puerta son plastilina en mis manos. Podría trepar hasta este armario y mezclarme con las ropas de un hombre muerto si no olieran tanto a muerto».

La prosa alcanza niveles líricos, obligándote a releer, a repasar de nuevo esas palabras que parecieron decirnos algo que en una segunda lectura lleva a otro pensamiento, a otras conclusiones. Descripciones que ratifican la habilidad narrativa y lingüística del autor australiano.

Es deliciosa la ilusión de los niños, la imaginación poética que White les atribuye y con la que se reúnen sus soledades. Sin ñoñerías, brutalmente. Por ello más certeras. Hay mucho de ensoñación y de deseo incumplido que solo les permite fantasear con lo que podrían haber sido sus vidas. Su adolescencia incipiente, su sexualidad arrolladora y la visión y el comportamiento adultos que les obligan a adoptar son los culpables de su sufrimiento, que no parece ser, pero está, presente en cada frase y pensamiento sin que ninguno de los dos quiera que se les note: «Los niños se quedaron enfrentándose a los detalles de un presente opresivo y un futuro aterrador e imponente».

Hay una naturaleza ahí fuera, más allá de sus dudas y de sus vidas, pero a veces es opresora, no liberadora. La casa en el árbol que ambos construyen es un escape, pero Eirene preferiría hundir la cabeza bajo tierra en ocasiones y no tener que mirar, oculta entre el follaje: «Lo único que quieres es arrastrarte fuera de allí a través de la oscura broza del jardín por encima de las cálidas y húmedas hojas mohosas, y tal vez reunirte con tus amigos los insectos».

El contraste entre civilización-ciudad y libertad-naturaleza lo encontramos a cada paso en la lectura, en la visión de los niños y su experiencia desde el abandono en Australia, una tierra enorme pero vacía. Un ‘tierra trágame’ cuando no puede escapar transforma los pensamientos de Eirene en frases como esta: «Si el asfalto australiano al menos recibiera tu carne derretida, entre la fruta aplastada de este enorme árbol peludo». Enamorada del amor, como todo adolescente, cuando está con Gil deja volar la imaginación: «Él no me quiere. ¿Y si recito el poema invisible que siento en mi interior? ¿Me devolverá eso el poder que pensé que tenía cuando llegué aquí? El poema que no puede expresarse con palabras».

Y es que hay palabras, muchas palabras, pensamientos, palabras dichas por los adultos que hacen a Eirene parecer rara («No eres natural, Eireen», afirma un personaje dirigiéndose enfadado a la niña, en un momento crucial de la novela), palabras ocultas, palabras escritas en cartas y en un diario. En él no deja de haber culpa, como en todo el texto, como hasta el final. Es la culpabilidad del que está solo, del que ha sido apartado del resto de la vida infantil que merecía vivir y se le negó. Cuando se anuncia la caída de Hitler nada parece cambiar esas palabras dichas, los hechos vividos. Volvemos al interior del personaje, que sigue narrando, ininterrumpidamente, como si solo así pudiera exorcizar el abandono.

Novela de recogimiento, de aprendizaje, y pura melancolía. Novela inacabada pero redonda. El autor estaba demasiado cansado para terminarla aunque revisó lo escrito. Lo justo, no corrigió demasiado. Alguna nota al margen para desarrollar más adelante aspectos concretos. Tras la muerte de White, un duro trabajo de transcripción del texto, sobre todo de las partes en griego, alguna casi ilegible. Pero ya está entre nosotros y solo queda disfrutarla. Pasarás frío, los zapatos te irán grandes y volverás a sentir las inclemencias de la adolescencia en el desbordante paisaje australiano, empequeñecido por la estrechez del espacio destinado a los niños y una guerra europea absurda que lo ocupa todo sin que apenas se la nombre.

viernes, 5 de agosto de 2016

Agosto con José Suárez, el hombre con ojos vivos que piensan

José Bergamín definió la mirada del fotógrafo José Suárez como «unos ojos vivos que piensan», y es verdad que cuando repasas las fotografías del artista descubres el interior que revela el carácter. Natural en otro tipo de artista y creador, pero no en todos los fotógrafos. Y José Suárez fue uno de ellos.

Este gallego nacido en 1902 en Allariz que se exilió a Argentina tras estallar la Guerra Civil, tenía alma soñadora y el espíritu de la emigración. Su exilio fue tan natural, tan convencido estaba de ello, que ni siquiera le frenó el que su mujer no quisiera acompañarlo. Cruzó el charco sin ella y en poco tiempo teníamos sus fotografías en publicaciones y exposiciones en Argentina y Uruguay, donde pasó la mayor parte del exilio. De estos países y de su viaje a Japón hay buenas muestras gráficas, unas fotos bellísimas del hombre que conoció a Kurosawa y que pareció haber nacido para viajar y dejar testimonio mientras se mimetizaba con su entorno.


Una especie de paz de espíritu, de exaltación del espacio exterior como reflejo del interior humano hace heroicos a los «mariñeiros» de su serie de fotografías del mar gallego, los enaltece y les proporciona una dignidad prodigiosa, casi dioses con sus redes al hombro y sus rostros arrugados, muy alejado del costumbrismo. Captaba esos instantes respetando a sus protagonistas. Como él mismo diría: «Nunca violento la vida que encuentro a mi lado».


Cuando volvió del exilio fotografió la Mancha, donde, decía, había ido en busca de don Quijote y solo encontró Sancho Panzas. Blancos y negros puros, tan puros que duelen a la vista, en las fotografías de aquella etapa en las que el paisaje parece haberse despojado de seres y los pocos que aparecen fueran los últimos habitantes de un mundo desolado. Se encontró con esto, la España derrotada, casi vacía de emociones que había dejado al irse al exilio, y así la mostró, entristecido.

No hay retratos, hay hombres sobre paisajes que posan en su paso por el  mundo que parece abrirse a ellos desde el infinito. En la foto que hizo de Unamuno en su setenta aniversario, se percibe. Otras figuras literarias del momento fueron también fotografiadas por él, y siempre hay en las fotos un rastro del artista, cierta melancolía con el poder de trastornar al que observa.



Entrar desde el bullicio y el calor insoportable del final de la Gran Vía, casi llegando a Cibeles, al Instituto Cervantes, donde se celebra la muestra, y encontrarse con José Suárez en La Mancha, en Japón, con los mariñeiros gallegos, entre montañas nevadas y sonriendo a Unamuno es una experiencia agostera muy recomendable.