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lunes, 24 de abril de 2017

'Tea Rooms', de Luisa Carnés

Una mujer recoge los pasteles de crema pasados que aún están en el mostrador y los esconde en un cajón, otra se guarda una peseta en el zapato, pero más tarde, encerrada en el lavabo diminuto donde apenas se puede respirar por el calor del verano madrileño, la anudará a un pañuelo que atará a su sujetador. Los obreros hacen la huelga, en las fábricas se trabaja más de dieciséis horas diarias y las mujeres pobres deforman sus huesos lavando la ropa de los más ricos durante toda la vida. Solo hay dos salidas para las mujeres, casarse o perderse en las manos de algún hombre que las abandonará cuando se queden embarazadas. La sífilis y los abortos ilegales arruinarán o acabarán con la vida de las más osadas que quieran vivir por su cuenta.

Es verano. De la calle llegan los ruidos de los huelguistas y del trajín de la Puerta del Sol. Dentro del salón de té hay una extraña paz y señores y señoras adineradas disfrutando de bollos y emparedados –sandwichs–. Solo de vez en cuando, el ruido de la calle, la realidad, invade el local y deja entrar el calor de un verano tórrido como solo los que viven en Madrid pueden comprender.

Luisa Carnés escribió sobre la mujer obrera en Tea Rooms, su novela más elogiada, escrita en 1934. Desde que nacen, las mujeres están sometidas al padre, al marido, al jefe abusador y obsceno, explotador, al novio osado que se adentra en su sexualidad para abandonarlas cuando las cosas se complican. De esto y de la necesidad de cultura e igualdad en la España de los años treinta habla Luisa Carnés, sin imaginar lo que se les echaría encima a las mujeres y a todos los españoles solo un par de años después de haber escrito esta novela.

Minuciosa y detallista en la descripción de gestos (una mano abrillantándose las uñas en el vestido, otra deslizando furtivamente la peseta tras un mostrador) y actitudes, casi pictórica a veces, nos cuenta la vida de las personas que llegan al local de Sol, donde los bombones y los pasteles se mezclan con la rancia clase del local. Inevitable el recuerdo de La noria, de Luis Romero, una novela triste, desalentadora, en la que se narra un día común en la vida de los barceloneses de los años cincuenta, sus idas y venidas, sus trasiegos en un país anclado en el pasado, social y culturalmente, por culpa de una dictadura.

En la novela de Luisa Carnés se avecina la desgracia, la pérdida de todo derecho y elección. Las figuras masculinas son difusas y no se describen ni con la mitad de ganas y cúmulo de detalles que las femeninas porque a Luisa Carnés le interesaba contar el drama cotidiano de las mujeres, acosadas en el transporte público, con un salario mucho peor que el de los hombres, con ninguna posibilidad de ser libres excepto a través de la prostitución. Pero también nos habla de los avances que se están produciendo, de la importancia de la cultura, que se irá colando poco a poco en una sociedad aún a años luz de otros países desarrollados, pero que permitirá que las mujeres puedan estudiar y acceder a trabajos que las hagan libres. Rusia como el ejemplo de libertad e igualdad en el que nadie muere de hambre y todo el mundo recibe una educación.

La historia de Luisa Carnés dibuja un Madrid cerrado y opresivo –tanto como los personajes masculinos que ejercen el poder en la novela– y nos lleva a las miserables vidas de un grupo de mujeres dependientas del salón de té. Los gestos, las miradas, los físicos de la opulencia y de la pobreza, el sonido de las voces y las risas, de las tazas. Las descripciones son bellísimas y asistimos a ese espacio de dulces y burguesía con el mismo espíritu de las obreras que allí trabajan, agotadas como el mundo que las rodea, vapuleadas por las tareas más ingratas y las vidas más pobres.

Una descripción de un caluroso Madrid de los años treinta, tan parecido a aquel de 1936 que tan bien describió Muñoz Molina en La noche de los tiempos, en el que se atisbaba el cambio que pronto se vio interrumpido por manos mayores, también masculinas, que pusieron a la mujer en el sitio más oculto de la sala, al fondo, donde solo se pudiera uno acercar para abusar o mirar.

martes, 24 de enero de 2017

Las mujeres creadoras de Natalia Carrero

He terminado de leer Letra rebelde, de «La lectora común» o Natalia Carrero, como prefiráis, las dos son geniales. No hace mucho terminé otra obra estupenda de la autora, Yo misma, supongo, y me preguntaba cómo me atraían tanto esas historias sobre mujeres que quieren escribir a toda costa pero no pueden evitar verse constantemente interrumpidas por los quehaceres cotidianos, las rutinas del ama de casa y propias de una madre, la necesidad de ganar dinero. (Me encanta la imagen de los niños correteando a su alrededor, en Yo misma, supongo, mientras ella intenta escribir. Hay mucha belleza en este empeño).

Letra rebelde es un libro ilustrado. Yo misma, supongo alterna la narración con algunas ilustraciones, letras, puntitos, textos recuadrados con mensajes sabios que siempre quisimos que alguien nos dijera y nos dirigiera, que hubieran pensado para nosotros. La edición de Rata Books es preciosa, y el libro encaja como un guante en esta editorial. Si amas la lectura y escribir, pero esta se te hace a veces bola es posible que encuentres consuelo muy vivo en Natalia Carrero. Además de las numerosas y acertadas reflexiones vitales sobre todo lo que nos rodea en la maraña del mundo occidental en la que vivimos, hay un hurgar en el interior que hace que nos caiga bien porque nos reconocemos en esas entretelas de la conciencia vital y creadora.




Me ha recordado, a ratos, a UNA, la artista inglesa que creó esa interesante novela gráfica  sobre la violencia hacia las mujeres, Una entre muchas. Mujeres solas, indefensas, en mitad de la página, en mitad de la nada, intentando ser alguien y encontrarse. A sus protagonistas las maltrata vilmente esa sociedad que ayuda a crearlas para cargárselas en cuanto puede. Vulnerables y solitarias a la fuerza. La soledad como refugio para escribir y narrarse.

Las madres protagonistas de estas dos obras de Natalia se obligan a tenerlo todo a punto pero eso les deja poco espacio y tiempo para la creación. Necesitan ese rincón que no tienen. Como decía Virginia Woolf, hace falta dinero y un cuarto propio para poder escribir. Y las mujeres que crea esta autora tienen uno muy pequeño en el que se ven interrumpidas constantemente por la realidad de los hijos y lo doméstico, y por la falta de dinero. La presión es constante, es difícil llegar a escribir algo decente.

En Yo misma, supongo, la protagonista, Valentina Cruz, comenta: «Escribir es engañar, engañarnos. Y, con un poco de suerte, sonreír en un entrelineado». Las obras de Natalia Carrero nos hacen reflexionar sobre el acto creativo pero nos animan, además, a luchar contra lo establecido, contra lo que se supone que debemos hacer para ser alguien en este mundo, en el entorno familiar y social. Nos miramos en una mujer que araña el tiempo para entregarse a lo que más desea, escribir. A veces las lecturas se le atragantan y solo ve letras. A veces, las asimila y comparte las que le han transformado. (En Letra rebelde recomienda, por cierto, una de mis lecturas favoritas, Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe).

Desde la soledad y el deseo, más fuerte que ningún otro, de leer y escribir a toda costa, los personajes femeninos se descubren como seres poco entregados a lo que se supone que deberían entregarse, la casa y los hijos. Mujeres creadoras que no tienen tiempo para escribir o dibujar, y cuando lo tienen es entre pañales, comidas y otras obligaciones. Desde su extrañeza y su reflexión nos acogen a nosotros, lectores ya fieles y más felices gracias a sus apuntes y sus creaciones nacidas entre comida y comida, entre la plancha y una colada.

domingo, 30 de octubre de 2016

Arréglatelas como puedas, Bergman

Hace unos días leí por primera vez Persona después de haber visto la película cientos de veces. Como ocurre en ocasiones, derivó mi interés a un recuerdo de hace años que no he podido evitar revisitar, otro libro, las memorias de Ingmar Bergman, Linterna mágica.

Vuelvo física y mentalmente al texto. Lo cojo y lo releo y siento lo mismo que sentí con veintitantos años, cuando por primera vez me dejé seducir por las palabras del sueco, y constato que es de lo mejor que se ha escrito dentro de ese que llaman género autobiográfico. Entonces me pregunto, una vez más en estos meses, ya van muchas, por qué se distinguen así y se aíslan de este modo, relegados a algo que no se lee tanto como la novela, los textos que tratan sobre lo vivido y habitado. Si Linterna mágica hubiera sido escrita por alguien que no fuera Bergman, probablemente los límites no estarían tan claros. Sea como sea, es este uno de los mejores textos de la literatura, independientemente del género al que lo asociemos para clasificarlo.

Recuerdos dolorosos de la infancia y del padre. Inevitable la búsqueda de un sentido a la existencia que llenó toda la obra de Bergman. Búsqueda de palabras que expliquen al fin. Esos diálogos brutales, como el de Secretos de un matrimonio, una de las películas más demoledoras, la mejor muestra de cómo se produce el desamor. Niveles de sinceridad para corazones duros. Silencios que lo deciden todo, como en Persona. La actriz muda, expresiva pero observadora, los papeles cambiados de repente. Ella asistiendo a la representación de los problemas de otra mujer, tan lejana, tan cercana, tan amadas y fuertes ambas. En ellas hay varias mujeres porque en ellas hay muchas vidas, muchas personas, todas las que somos a lo largo de la existencia, como explica Bergman: «—¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?».

Bergman fue dejando su poso en cada guión y en cada texto escrito, y en Linterna mágica resume su vida y obra porque habla de todas ellas. La gestación, el por qué, el flechazo con Fårö («Este es tu paisaje, Bergman. Responde a tus ideas más profundas en lo tocante a formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luz y reflejos. Aquí hay seguridad», se dice a sí mismo el director en un momento de descripción de ese lugar soñado), el dolor y su ausencia, la infancia y el pasado, con el no se ha acabado de reconciliar.

Al final de Linterna mágica va a ver a su madre, que escribe afanosa en su diario privado y no quiere ser molestada con lo que parece juzgar como niñerías del pasado cuando su hijo la interroga sobre momentos de la infancia:

«—Reñíamos, usted me pegaba en la cara. Yo le devolvía el golpe; pero, ¿por qué reñíamos? ¿Por qué esos terribles ajustes de cuentas, portazos, lágrimas rabiosas? (...) ».

Y más adelante, resume:

«Lo que veo con seguridad es que nuestra familia estaba compuesta por personas de buena voluntad con una herencia catastrófica de exigencias desmedidas, mala conciencia y sentimiento de culpabilidad».

No hay respuestas en la vida de Bergman, y a pesar de las memorias y de lo escrito, de todo lo que indagó con auténtica pasión, no encontró las palabras de alivio y de explicación que buscaba. Quizá por ello escribió tantos diálogos posibles, y expuso a sus personajes a situaciones extremas, imaginando conversaciones en las que por fin uno podía comprender y dormir tranquilo.  Conversaciones que duran noches y días. Y en su vida real, sin embargo, parece solo adivinar, y se le olvida preguntar al otro:

«Durante el rodaje de Persona nos alcanzó la pasión a Liv y a mí. Una grandiosa equivocación me llevó a construir la casa pensando en una vida en común en la isla. Olvidé preguntarle a Liv su opinión. Me enteré después por su libro Transformaciones»

En esa visita final a la madre, en la que lleva consigo la necesidad de explicaciones cuando ya es tarde y ella es mayor y no quiere hablar ni recordar mientras escribe un diario infinito, de nuevo Bergman no consigue nada. La madre, tranquila, le responde: «—Debes hablar de eso con alguna otra persona. Yo estoy demasiado cansada». Y la última frase de la obra resume, por fin, cómo es la vida: «Uno tiene que arreglárselas como pueda.»

Bergman fue esas muchas personas, las que estaban en silencio y las que hablaban sin parar buscando sentido a la existencia. Persona le salvó la vida cuando, estando enfermo, tuvo la idea y la rodó. En un momento de la obra, Alma dice esto a la actriz Elisabet, que permanece en su mutismo:

«—¿Por qué tiene que ser así? ¿Es importante no mentir, decir la verdad, que el tono sea sincero? ¿Es necesario? ¿Acaso es posible vivir sin hablar de vez en cuando? Sin decir tonterías, sin exculparse, sin mentir, sin andar con evasivas. Sé que tú has optado por callar porque estás cansada de todos tus papeles, de todo aquello que dominabas a la perfección. Pero, ¿no es mejor permitirse ser estúpido e indolente y charlatán y mentiroso? ¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos».

Linterna mágica es el testamento artístico y vital de Bergman y Persona solo una pequeña parte de sí mismo, una parte diminuta que me conmueve por la herida que muestra, por cómo los silencios y la palabras pueden crear una melodía tan perfecta y decir tanto de uno mismo. 


domingo, 14 de agosto de 2016

'El jardín colgante', de Patrick White: la delicia de lo inacabado


Hay siempre algo mágico en lo inacabado porque aún no hay revisión, o muy poca. Podemos adivinar la complejidad de la creación en una frase, en un trazo. La gestación, incluidas las imperfecciones y las dudas. Y es emocionante saber que la obra es provisional (aunque en este texto sobre el que hoy quiero escribir hubiera corregido ya el autor a boli rojo la primera versión sin alterar demasiado) pero que lo que será definitivamente va a concluir en algo muy bueno, porque lo que observamos es ya prometedor

El jardín colgante, de Patrick White, ganador del Nobel en 1973 por una narrativa que se ha definido como «épica y psicológica», llega en español en la edición de Tres hermanas, dentro de la colección con el sugerente y bello título de ‘Tierras de la Nube Blanca’, donde se reúnen textos de autores australianos. Y llega en verano. La estación de la atención, del leer sin interferencias laborales ni problemas acuciantes. Con esa calma necesaria que nos rodea como preámbulo perfecto y la atmósfera adecuada para leer.

Una niña griega y australiana es abandonada en una casa en Sídney y ha de convivir con otro niño, también abandonado tras la muerte de su madre. Este es el tema principal. El escenario, la Segunda Guerra Mundial. La muerte se presenta de un modo tan natural que provoca en los niños unos sentimientos y acciones de adultos que a veces asustan. Sus palabras sabias reflejan, sin embargo, las inseguridades, que arrecian a medida que avanzamos. De la niña, Eirene, se dice en un momento de la novela que «nació vieja», y el niño Gil reflexiona de ese modo en el que solo pueden hacerlo los hombres, como si la tragedia de la Segunda Guerra Mundial la hubiera vivido en el campo de batalla.

Una sintaxis que va más allá de la mera descripción comprensible da paso a una narrativa pausada para la que el autor se toma su tiempo. Hay algo claustrofóbico cuando se dispone a describir a sus personajes y entra en su interior. Los rebasa, los vacía y te los deja para que los disfrutes y saques tus propias conclusiones. Los constantes cambios de perspectiva y de punto de vista permiten que nos identifiquemos con cada uno de los personajes y sus caracteres. Principalmente con los niños abandonados durante la guerra, sí, pero también con los adultos derrotados, mezquinos en su soledad y en su trato con los pequeños.

La niña Eirene, Ireen, Reen —adopta muchas variantes su nombre—, la protagonista a través de la que vemos más que desde el resto, reflexiona al poco de llegar al que va a ser su nuevo hogar:

«La casa ahora está inmóvil. ¿Aparecerá el niño detrás de una esquina o atravesará una pared para cuestionar mi propiedad? Porque ya es mía. Huele a champiñones y a polvo, está viva con los pensamientos que estoy poniendo en ella. Los pomos de la puerta son plastilina en mis manos. Podría trepar hasta este armario y mezclarme con las ropas de un hombre muerto si no olieran tanto a muerto».

La prosa alcanza niveles líricos, obligándote a releer, a repasar de nuevo esas palabras que parecieron decirnos algo que en una segunda lectura lleva a otro pensamiento, a otras conclusiones. Descripciones que ratifican la habilidad narrativa y lingüística del autor australiano.

Es deliciosa la ilusión de los niños, la imaginación poética que White les atribuye y con la que se reúnen sus soledades. Sin ñoñerías, brutalmente. Por ello más certeras. Hay mucho de ensoñación y de deseo incumplido que solo les permite fantasear con lo que podrían haber sido sus vidas. Su adolescencia incipiente, su sexualidad arrolladora y la visión y el comportamiento adultos que les obligan a adoptar son los culpables de su sufrimiento, que no parece ser, pero está, presente en cada frase y pensamiento sin que ninguno de los dos quiera que se les note: «Los niños se quedaron enfrentándose a los detalles de un presente opresivo y un futuro aterrador e imponente».

Hay una naturaleza ahí fuera, más allá de sus dudas y de sus vidas, pero a veces es opresora, no liberadora. La casa en el árbol que ambos construyen es un escape, pero Eirene preferiría hundir la cabeza bajo tierra en ocasiones y no tener que mirar, oculta entre el follaje: «Lo único que quieres es arrastrarte fuera de allí a través de la oscura broza del jardín por encima de las cálidas y húmedas hojas mohosas, y tal vez reunirte con tus amigos los insectos».

El contraste entre civilización-ciudad y libertad-naturaleza lo encontramos a cada paso en la lectura, en la visión de los niños y su experiencia desde el abandono en Australia, una tierra enorme pero vacía. Un ‘tierra trágame’ cuando no puede escapar transforma los pensamientos de Eirene en frases como esta: «Si el asfalto australiano al menos recibiera tu carne derretida, entre la fruta aplastada de este enorme árbol peludo». Enamorada del amor, como todo adolescente, cuando está con Gil deja volar la imaginación: «Él no me quiere. ¿Y si recito el poema invisible que siento en mi interior? ¿Me devolverá eso el poder que pensé que tenía cuando llegué aquí? El poema que no puede expresarse con palabras».

Y es que hay palabras, muchas palabras, pensamientos, palabras dichas por los adultos que hacen a Eirene parecer rara («No eres natural, Eireen», afirma un personaje dirigiéndose enfadado a la niña, en un momento crucial de la novela), palabras ocultas, palabras escritas en cartas y en un diario. En él no deja de haber culpa, como en todo el texto, como hasta el final. Es la culpabilidad del que está solo, del que ha sido apartado del resto de la vida infantil que merecía vivir y se le negó. Cuando se anuncia la caída de Hitler nada parece cambiar esas palabras dichas, los hechos vividos. Volvemos al interior del personaje, que sigue narrando, ininterrumpidamente, como si solo así pudiera exorcizar el abandono.

Novela de recogimiento, de aprendizaje, y pura melancolía. Novela inacabada pero redonda. El autor estaba demasiado cansado para terminarla aunque revisó lo escrito. Lo justo, no corrigió demasiado. Alguna nota al margen para desarrollar más adelante aspectos concretos. Tras la muerte de White, un duro trabajo de transcripción del texto, sobre todo de las partes en griego, alguna casi ilegible. Pero ya está entre nosotros y solo queda disfrutarla. Pasarás frío, los zapatos te irán grandes y volverás a sentir las inclemencias de la adolescencia en el desbordante paisaje australiano, empequeñecido por la estrechez del espacio destinado a los niños y una guerra europea absurda que lo ocupa todo sin que apenas se la nombre.

martes, 12 de julio de 2016

'Una entre muchas' y el porqué del disfraz

Hay quienes soñaban que las perseguían, como en los cuentos que les leían de niñas. Otras, en cambio, soñaban que estaban encerradas en una caja de cartón de la que no podían salir. 'Una' sueña que algo está bajo la cama o en el armario, «pero seguí sin contarlo».

Todas las mujeres víctimas de un abuso sexual o de una violación han tenido pesadillas durante largos periodos de tiempo o para siempre. Cuando hace meses empecé Una entre muchas no imaginé que tardaría tanto en terminarlo. No es un libro denso, se lee rápido, es ligero. Podrías devorarlo de una sentada, pero no creo que te gustara.


 Hay libros que cuesta leer por lo que cuentan y a los que en un punto de la lectura apetece meter en el congelador, dejarlo reposar hasta que estemos preparados para continuar, y entonces sacarlo de nuevo. No llegué a hacerlo, pero no me faltaron ganas.

'Una' es la extraordinaria autora de cómics que ha dibujado y narrado esta obra. Cuenta con la seguridad —y la inseguridad—  que da el género autobiográfico, en el que no hay disfraz posible. La niña menuda que se va transformando a lo largo de la historia adopta el disfraz de la que le gustaría ser porque la identidad la perdió cuando la violaron.

A 'Una' no la creen nunca, primero porque durante años no es capaz de contar lo que le pasó, y segundo, porque cuando lo contó todos miraron para otro lado. Cuando habla con los psiquiatras a 'Una' le da la risa, no porque le haga gracia lo que dice, sino porque ni ella misma parece sentir que aquello haya pasado alguna vez, es tan irreal y extraño. La risa no está permitida en el mundo adulto de psiquiatras, así que 'Una' sigue su vida. Una vida en la que se castra a las mujeres.

'Una' va recomponiendo su cuerpo a duras penas y los miembros acaban conformando una mujer que no reconoce. A veces es trocitos de ella misma, una muñeca recortable. A medida que la vida de 'Una' pasa, el asesino de Yorkshire irá matando mujeres en Inglaterra, donde vive 'Una'. Estamos a finales de los años setenta.

Los hombres que viven en el mundo del asesino de Yorkshire y de 'Una' no investigan con suficiente interés y profundidad los crímenes sexuales ni los ataques a mujeres porque creen, erróneamente, que son solo cosas que les pasan a las prostitutas y no a mujeres decentes. La misoginia y el motivo de tales asaltos no se tiene en cuenta en aquellos años y esto ralentiza los castigos de la justicia a los hombres brutales.

Siempre preguntan primero los hombres del mundo de 'Una' qué ropa llevaba la mujer atacada sexualmente —se lo preguntan a ella— y si consintió en acompañar a aquel hombre, si lo hizo voluntariamente. Si la respuesta es «falda corta» y «sí» a estas dos cuestiones, la cosa está clara, no hay que indagar demasiado, deberían haberse quedado en casa como buenas chicas.

Una entre muchas es la historia de todas las mujeres porque no solo cuenta el acto de la violación, del que apenas algunos trazos y viñetas dan testimonio, sino el de la opresión a  la que cada día nos vemos sometidas las mujeres. A finales de los años setenta era mucho peor, pero no se han acabado las inseguridades y los miedos. Cuando 'Una' cuenta lo que le sucedió oye comentarios como lo valiente que ha sido, y entonces se pregunta: «por qué se espera que las mujeres y niñas de este mundo tengan tanto valor».

Aprender a ocultar y a mentir, a no decir lo que realmente se piensa, es algo que nos han inculcado a las mujeres desde hace generaciones. Es producto de una educación y de una historia que viene de antiguo y sobre la que 'Una' reflexiona en este cómic. Su superación está en esta historia, aunque ella confiesa que escribirlo no fue terapéutico pero sí liberador. Con valentía es capaz de desmenuzar sus emociones y de contarnos que ha estado años callada no por miedo, o no únicamente, sino por cansancio, porque lo que la rodeaba hacía que pareciera que lo que le sucedió no hubiera sucedido o no fuera nada que no se hubiera buscado de algún modo.

No es casual el paralelismo de su vida entonces con los asesinatos del Destripador de Yorkshire, pero nadie querrá hacer esa comparación y dirá siempre que no es lo mismo, que por qué hacer una montaña de un granito de arena. El granito de arena es 'Una', soy yo, eres tú, que lees esto.

Meted el libro en el congelador si lo necesitáis mientras disfrutáis de esta joya gráfica, pero leedlo. Dejadlo un tiempo ahí, a ver si cambian, quién sabe, los gestos, las osadías, las leyes, algunos hombres.

lunes, 4 de julio de 2016

Las evocaciones que trajeron la palabra y los silencios

Es gratificante ver confirmado un pensamiento que nos había llevado a terrenos oscuros de los que ya no podíamos salir, pero en los que de algún modo sabíamos que era necesario sumergirse para dotar al pensamiento de certeza.

Los géneros literarios delimitados, necesarios para ordenar bibliotecas, ampliar catálogos y escribir críticas, no son ya lo que fueron o no al menos como los conocimos en la escuela. Ando estos días leyendo la obra de Isabel Moreno y me encuentro primero con Pasos, su ficción de textos breves (jijaos que no digo cuentos, ni artefactos, ni piezas literarias) en las que los individuos se conocen en espacios fabricados por las palabras, las del narrador, que los sitúa en el escenario y los controla en todo momento dotándolos de fuerza y de presencia. Hay algo de pictórico y luminoso en lo que nos contaba la autora en ese primer libro que se prolonga de manera natural en el último, Ley matinal.


 

No es, sin embargo, la obra una continuación de Pasos, aunque haya un ejercicio narrativo similar. La brevedad de los textos, la necesidad de que cada evocación del narrador sea invocada por el recuerdo más que por la inmediata descripción de lo que se está viviendo, los espacios ocupados por los cuerpos sin voz casi siempre, o con muy poca, la conversación silenciosa, las derivas lingüísticas que rozan lo poético. Las palabras son tan concisas, las que los unos se dicen a los otros, que son más importantes los silencios, preámbulo del conocimiento del que nos acompaña, del que está a nuestro lado. En las pausas los conoceréis, parece decirnos el narrador que todo lo sabe. En lo no dicho hay tanta vida que da miedo.

Este hombre, mujer, objeto que narra, observa las cosas buscando lo que ocultan: «Siento que ahí está el lenguaje, esperando como un exceso a punto de concretarse». Y vaya si lo encuentra y lo nombra. Cada uno de los textos se explaya lingüísticamente sin que sepamos dónde nos dejará, dónde acabará la palabra.

Las historias son una especie de sueños. Partiendo de lo real terminan en lo onírico. El excelente manejo del lenguaje, la riqueza del léxico, la búsqueda del término adecuado y por fin el encuentro con el lector provocan el reconocimiento para los que estamos del lado de la vida dolorosa, no del sueño y el goce de la imaginación de la autora de Ley matinal.

domingo, 19 de junio de 2016

Las mujeres que quisimos ser Celia

A las mujeres que hemos leído a Elena Fortún y los libros de Celia nos une algo especial que recorre nuestras lecturas posteriores. Sin límites generacionales, hemos disfrutado de una autora que parece que da vergüenza reconocer que se ha leído porque no está en el canon ni en los grandes manuales sobre literatura. Estuvo casada con un militar y no hizo ruido. Escribió no solo literatura infantil, pero ha sido por la que la llegamos a conocer la mayoría. Las aventuras de Celia, una niña burguesa de clase más que acomodada que vive en el Madrid de la calle Serrano, la hicieron famosa.

El pasado viernes coincidí, en la presentación de un libro compuesto por textos escritos por  mujeres, con un grupo de autoras y lectoras que, como yo, se criaron con Celia. Inmediatamente se nos iluminaron los ojos y aquello nos unió y nos abrió las puertas a la conversación grata, a la descripción de cómo llegó Elena Fortún a nuestras vidas.

La casa de Celia era para las niñas de clase media u obrera como el castillo de la princesa del cuento. Igual de inalcanzable, leíamos con pasión y deseo de ser ella, de acercarnos a ese mundo de alfombras por donde correr sin ruido, enormes casas con mil escondites, madres delicadas que olían bien y te compraban cuentos y vestidos, juguetes y lazos, y padres cariñosos que te arropaban por las noches y te besaban en la frente.




A mí me regalaban cada día de Reyes y en los cumpleaños uno o más tomos de Celia. Desde el primero, Celia: lo que dice, cuando tenía nueve años, hasta que apareció Celia en la revolución, que me regalaron cuando tenía quince. Siete años maravillosos siguiendo la vida de mi heroína.

Este último volumen era raro, de tapas duras y la palabra «revolución» en su título. No era muy «Celia» aquello. Los quince años de ahora no eran como los del año 1987, así que yo era bastante infantil e impresionable. Lo suficiente al menos para que aquella nueva lectura me afectara. Celia había cambiado ante mis ojos, se había transformado en una adulta extraña a la fuerza. Como el libro de tapas duras frente al resto de la colección, la protagonista no era ya la misma y no sabía si me gustaba lo que estaba leyendo. Ya en Celia madrecita había llorado, muchísimo, cuando leí: «En el otoño murió mamá…». Fue el primer palo para las que leímos a Celia, el primer trauma vivido con ella. De repente la niña bien de la calle Serrano sufría. Nuestra heroína intocable vivía la dureza de la muerte de la madre, que era para ella como un hada. Así la describe Celia, como un ser de otro mundo.

Es fundamental la imaginación de Celia, la fantasía desbordante que acompañaba la nuestra. Nos impulsó a leer y a escribir, desató nuestra creatividad. Ella lo hacía. Los mismos cuentos de hadas que leía Celia los leía yo. Ese diario que empiezas de niña, también lo escribía yo emulando a Celia. Así fuimos creciendo con ella. Y de pronto llegaba la realidad a la vida en el papel, la realidad que no queríamos en nuestras vidas como para quererla en la de nuestra heroína. Ahí sufrimos el choque. Celia se personificó, se humanizó ante nosotras y nos hizo frágiles estampándonos en el mundo de verdad.

En Celia en la revolución ya me sentía adulta, ya había crecido y había superado los cuentos de hadas, pero la ilusión de leer a Celia permanecía. El libro fue un jarro de agua fría porque era saber, después de pasado mucho tiempo, de una amiga con la que perdiste el contacto. Una amiga a la que querías de verdad. Encontrarla en esa situación espantosa de la guerra, donde el «abuelito» desaparece, fue un mazazo. Asistimos al derrumbe de una España herida por los traidores a la democracia. Hacia el final del libro la propia Celia expresa horrorizada, incrédula aún: «—Sí…, todo el mundo es de derechas…». La escena es fantasmal. La protegen y la ayudan a escapar pero nadie la quiere cerca, enemiga ahora en la España fascista. La despedimos en el barco que la llevará al exilio, a encontrarse con el padre al que adora y que está esperándola en el otro lado del mundo.



Elena Fortún terminó el borrador de Celia en la revolución en 1943, pero no le dio tiempo a revisarlo. Los editores tuvieron que corregir lo que pudieron, especialmente la puntuación y unificación de nombres y alusiones a personajes, pero se encontraron con frases tan ininteligibles que decidieron eliminarlas. Era un borrador y como tal hay que leerlo. Mantiene esa frescura de las primeras versiones de una obra. La Celia que aquí describe la autora es una ingenua que acaba aprendiendo, poco a poco, en el entorno hostil de la huida de la guerra. Sigue manteniendo esa pasión por la lectura. Su primer pensamiento cuando tienen que salir de Segovia de madrugada, tras el alzamiento, es sobre los libros que tendrá que dejar. Siempre han sido los que la han protegido, como a nosotras, sus lectoras, de la realidad. Hacia el final de la obra, Celia entabla conversación con el asistente de un militar y se produce el siguiente diálogo:
—Y ¿es verdad que en el frente los soldados reclaman libros? ¿Es verdad que leen?
—Sí, se lee mucho… se lee como no se ha leído nunca… Mucha gente había que en su vida cogió un libro en sus manos y ahora lee con una ansiedad… como para desquitarse del tiempo perdido…
—¿Leen a Galdós?
—Sí… y a Pereda, y a Valera, y a Gómez de la Serna, y a Pérez de Ayala, y a Azorín… Pío Baroja gusta mucho… Y también se leen muchos libros extranjeros traducidos… Todos los libros tienen público… Es posible que la guerra tenga un fin social que nadie hubiera sospechado…
Encarnación Aragoneses eligió su seudónimo, Elena Fortún, de una de las obras de teatro que escribió su esposo, un militar que nunca quiso serlo y al que parece ser que no amó especialmente aunque sí lo respetó y lo admiró. Los dos querían escribir y los dos eran lectores apasionados, y ninguno de ellos entendió esa guerra a la que él tuvo que sumarse sin remedio y sobre la que ella escribió dejando para sus lectores esta Celia en la revolución tan inexplicable y desoladora.

Nos queda, a las lectoras de Celia, una herencia que transmitiremos a siguientes generaciones y que es nuestra pasión por esta niña que parece no pasar de moda. Unas la conocimos porque nos la descubrieron nuestras madres, otras en bibliotecas públicas, algunas, incluso, heredaron los tomos de las aventuras que tenían sus madres cuando ellas eran niñas. Todas quisimos ser Celia, como los niños Tom Sawyer, el Capitán América o Supermán.

domingo, 12 de junio de 2016

Cuando el mundo era hostil e incierto y no había engaño posible

Es única esa emoción que me produce el verano porque trae lecturas con calma, algo somnolientas tras largas siestas pegajosas, en noches de calor infernal en las que sólo se puede leer hasta que el cuerpo aguante y baje la temperatura o hasta quedarse dormido de agotamiento de lectura —¿existe un sueño más dulce?—. Así son las lecturas en el Madrid feroz de los meses veraniegos que ya está de nuevo aquí e invita al abandono en parques, sofás y camas, e incluso en suelos fresquitos.

La lectura de las últimas páginas de Los bosques imantados, de Juan Vicome ha pillado exactamente en una de esas tardes. No es verano aún, pero me he dejado llevar por el poder de un bosque y el fascinante personaje de un periodista en la Francia de la segunda mitad del XIX. Victor Blum, redactor en el periódico Le Siècle, decide destapar al que considera un estafador de almas cándidas, Locusto, supuesto experto en ocultismo, que acudirá al bosque de Samiel, donde cada 10 de julio tullidos y enfermos se reúnen para curarse con la energía que, supuestamente, desprende el bosque. Esta vez, además, habrá un eclipse que intensificará los efectos sanadores, dicen.

La novela arranca con la fuerza de esta historia. Hay algo en ella de libro de aventuras clásico, de lectura de juventud que devorábamos en dos asaltos. Avanzamos con su protagonista por la trama casi policiaca en la que sabemos que todo encajará finalmente porque estamos en manos de un narrador habilidoso que sabe cómo enredarnos hasta el punto de hacernos creer lo que finalmente no sucede. 

El talento del autor se percibe en gran parte en la elaboración del personaje principal, este periodista vegetariano, muy delgado, culto, atractivo, que desde el principio manifiesta su pasión por la literatura y recala en Verne. La obra rinde así homenaje a las novelas de aventuras en las que se enfrentan la ciencia y lo inexplicable. Como lectores, nos deslizaremos hacia uno y otro lado según nos convenga o por cómo nos convenzan los hechos. Víctor Blum inicia su viaje a Saint-Boffon acompañado de dos lecturas cuyo contraste marcará el camino al lector:

«Abrió el maletín que descansaba a su derecha. Extrajo dos volúmenes. Los sopesó. Uno en cada mano. 
    El primero de ellos contenía la última novela de Julio Verne, Alrededor de la Luna.
    En el otro ejemplar, más pesado, aguardaba un indigesto tratado que se había propuesto finalizar antes de llegar a su destino. Releyó el rimbombante epígrafe que presidía la portada: El magnetismo animal, desde Mesmer a nuestros días, así como sus aplicaciones prácticas, por Locusto».

El mesmerismo, el ocultismo, también el espiritismo, son una excusa para hablar de la búsqueda de un sentido, de la religión, de la fe, del poder y la fuerza de los mitos, de la necesidad de creer en algo. Y somos los lectores los primeros atrapados en esa espiral de creencias, pues somos los primeros a los que hay que convencer. ¿Será cierto el poder de Locusto? ¿Hay que confiar en los sueños bajo los árboles dentro del bosque de Samiel y en las premoniciones que portan las mujeres que aparecen en ellos? A pesar de que, como el protagonista, estamos más cerca de apoyar la razón frente a la magia y lo paranormal porque es a lo que nos encamina el narrador, no deja de haber momentos en los que la duda asalta, y así, el sueño de Victor Blum con las premoniciones de las tres mujeres al modo de las brujas macbethianas despierta interrogantes y nos arrastra a la fascinación que, queramos o no, sucede ante lo inexplicable. El deseo de creer aflora en la lectura y transforma hasta el espíritu más pragmático. 

Blum, el escritor frustrado que define el periodismo como el hermano bastardo de la literatura, cita a Shakespeare. Con una cita de Macbeth arranca el libro. No es casual. La tragedia del dramaturgo inglés se balancea entre los hechos reales y las visiones y alucinaciones, al igual que la novela de Vico, donde la realidad no se asienta porque hay mucho de irreal, hasta en el personaje más realista, el periodista Víctor Blum.

No existe en el texto esa luz de otra obra de Shakespeare, El sueño de una noche de verano, pero como en esa, sí hay engaño y confusión, ardid y juego. No hay calidez que al final nos conforte y nos anime. Las escenas —porque la novela tiene mucho de teatral y a veces da la impresión de estar asistiendo una representación y no leyendo—, son frías y duelen, incluyendo las aparentemente dichosas, que enseguida se cortan para pasar de nuevo al desasosiego. Hay cierto espanto ante lo que acecha, temor a lo desconocido y fantasmal, inquietud frente al crimen sin descubrir, certeza de los bosques imantados. Todo ocurre tan duramente que ni para el amor, cuando atisba, hay hueco. El mundo en 1870 sigue siendo oscuro mucho después de esa fecha. La guerra y el dolor destapan la superchería. La realidad histórica demuestra ser mucho más fuerte que cualquier engaño posible, y ante ella no es necesario destapar el fraude, él solo deja de existir.

jueves, 26 de mayo de 2016

Con Goytisolo, sobre la vida

A Luis Goytisolo le gusta hablar y escuchar a sus lectores. Con sus ojos profundos te sonríe y transmite una energía y vitalidad, quizá extrañas a su edad, que confirman eso de que los intelectuales no tienen tiempo que pase por ellos. 

Veníamos a hablar de El atasco y demás fábulas, con el club de lectura de Un Cuarto Propio, pero la conversación acaba yéndose a la política y la sociedad actuales. La situación de los refugiados en Europa, la conciliación política de Obama... Y es que de todo esto se habla en estas fábulas mágicas, de algún modo, piezas narrativas perfectas en las que el juego lingüístico es constante para deleite del lector. Situaciones hilarantes, desmesuradas, crítica soterrada a la clase media, a la sociedad de aquel tiempo y de este, que la censura franquista no supo ver y que dejó pasar. Alguna escena de carácter sexual sí modificaron, nos cuenta Goytisolo, pero eso era fácil de eliminar.

                     

Goytisolo escribe a mano y toma muchas notas hasta que decide ponerse a escribir lo que tiene entre manos. Entonces, todo fluye. El lector hace suya la palabra, se apropia de ella y le da el tono y el ritmo adecuados. Así nos explica la musicalidad, el sonido de su prosa en el libro.

Goytisolo escribe con Mozart por las mañanas y con Chopin por las tardes. El piano es más de tarde, comenta. A última hora ha intentado, alguna vez, probar con el jazz y un whisky, pero al leer lo escrito al día siguiente bajo este influjo, decide no hacerlo más. Los ojillos se le iluminan cuando confiesa estas cosas. Igual que cuando habla de los grandes escritores de antes. Cita a Benet, a Luis Martín Santos, a Juan García Hortelano, a Sánchez Ferlosio, a Cela, a Delibes. Es muy optimista respecto a las nuevas voces en castellano, pero comedido en sus nombres. No quiere olvidar a nadie y prefiere no decir.

La tarde con Goytisolo se torna rara porque es a ratos como estar hablando con un amigo de toda la vida que lo haya visto todo y que comprenda. Para cada hecho, una opinión. Cada acontecimiento, una palabra. Lo social lo ocupa todo. Y él está en el aire, en lo que sucede, no es uno de esos escritores aislados del bullicio. Lo reclama y lo disfruta. La vida no pasa por él, no le resbala. Le importa, y mucho.

Nos agradece la escucha, la compañía de hoy. Analizamos sucintamente la obra. No hay muchas palabras por nuestra parte, le rodeamos sus lectores, al acecho, a la caza de palabras y visiones certeras. Que las palabras llegan y allí estamos, muy cerquita del Congreso, en una sala silenciosa con piano, una extraña tarde madrileña de nubes de tormenta que no cae, con el autor de Antagonía. Lujos sin precio.

lunes, 16 de mayo de 2016

El gen de los placeres compartidos

He tenido el placer de leer, ingenua y afortunada, con esa alegría y entusiasmo que las primeras veces provocan, la última edición de Tocar los libros, revisada y ampliada en esta nueva entrega por todos los que participan en ella. El autor, Jesús Marchamalo, el prologuista, Luis Mateo Díez, y el editor de Fórcola, Javier Jiménez, que añade un epílogo a esta edición. Las nuevas fotografias en color con detalles de la biblioteca del autor completan un libro bello y esencial para los que amamos los libros, tocarlos y vivirlos intensamente.

¿Formamos los que adoramos los libros y los acumulamos sin remedio, o se nos acumulan sin que podamos evitarlo, un club insano, algo perverso y exclusivo, en torno al papel, o es quizá algo de lo que no haya que preocuparse? Marchamalo suaviza la pasión dividiendo la responsabilidad del que ocupa, y dota a los libros de vida y cierta humanidad colonizadora: «Un libro aparece repentinamente sobre una mesa y en pocos días prolifera con sorprendente viveza. Los libros se extienden después por los sofás, toman las repisas, los cabeceros de las camas, las mesillas... Como un ejército victorioso ganan los altillos, los aparadores y las cestas de mimbre donde duermen los gatos». Este tono luminoso y amigable del autor nos hace sentir menos culpables y ser conscientes de formar parte de un grupo que nos protege porque nos comprende.

¿Somos bibliófilos o bibliómanos? Ay, el límite es fino. Vistos, y leídos, los casos del libro, la mayoría de los escritores nombrados son ambas cosas porque el deseo lleva a extremos increíbles. Hay un momento de arrepentimiento o de consciencia de lo que está sucediendo en nuestras vidas, y especialmente en nuestras casas que, curiosamente, poco tiene que ver con un pensamiento razonado sobre el número de libros que tenemos y acumulamos y que no seremos capaces de leer por muchas vidas que vivamos, y se relaciona más con una cuestión práctica de espacio. Es el espacio el que nos limita y nos frena en nuestro deseo inmenso. De haber un espacio infinito, no nos plantearíamos frenar la compra o adquisición de más libros.

Estoy convencida, y más después de haber leído esta obra, de que el afán de estar rodeados de libros, de que el que nuestras idas y venidas por la vida vayan acompañadas por libros es producto de algo —un gen, quizá— que nos provoca un deseo difícil de controlar, por lo que nos sentimos indefensos si al salir de casa o de viaje no llevamos con nosotros uno o varios libros. Yo he mencionado un gen, Marchamalo habla de otro: «Años de educación y de respeto reverencial a la letra impresa han determinado la aparición de un gen que nos impide tirar libros». 

Así pues, qué hacemos. Por un lado, el libro nos produce seguridad, nos arropa y nos da una posición social, cultural, agradable, de la que es difícil desprenderse. Da gusto recibir visitas en casa que puedan husmear entre nuestros libros y conocernos mejor a través de esas lecturas o esa selección: «Por supuesto que los libros hablan de nosotros. De nuestras pasiones e intereses. Los libros delimitan nuestro mundo, señalan las fronteras difusas, intangibles, del territorio que habitamos. Hablan no solo de los lectores que somos y de los que fuimos en su momento, sino de los lectores que quisimos ser, y en los que finalmente no nos convertimos». 

La belleza de este libro tiene mucho que ver con párrafos como el citado, porque aparte de los datos y cifras de lectores y libros, de ejemplares perdidos, de curiosidades de escritores, lo que fascina a un lector que ama los libros y lee este es el reconocimiento de un amor compartido y el «sentido» o «sinsentido» que posee tal emoción. Marchamalo habla ni más ni menos que del oficio de lector, y lo hace con un lirismo en la prosa que otorga al libro ese algo mágico y de talismán que menciona su editor, Javier Jiménez, en el acertado epílogo. Este aclara muchos puntos sobre el porqué del libro y la evolución y crecimiento desde la primera edición hasta ahora. Y con esa pasión compartida que se establece entre el autor, el editor y, finalmente y lo más importante, el lector, se crea un vínculo difícil de romper,  ya que hará que regalemos el libro en cuanto tengamos la más mínima ocasión. Otro, no nuestro ejemplar, claro.

Saberse, por otro lado, unido a nuestros autores queridos no solo por sus obras escritas, sino por su colección de libros, su biblioteca, es sumamente gratificante y nos sitúa de pronto en un plano distinto. Ya no somos solo «lectores de», sino «compañeros de». Ya tenemos algo en común con aquellos a los que tanto admiramos como creadores de la palabra. Nos une el placer. Y cuando el placer une, el lazo es irrompible. Quién sería capaz, a estas alturas, de deshacerse de ellos. El autor nos cuenta, en un momento de la obra, lo difícil que le resultó hacerlo, una sola vez.  Lo complicado de desprenderse de esas dos cajas de libros, no solo por su parte, el que da, sino también del que recibe, porque a ver quién quiere esos libros. Y es que curiosamente sucede que, si bien no queremos deshacernos de nuestros libros, no es fácil que aceptemos, en lote, los de los demás. Los libros se adquieren poco a poco y por voluntad propia, creamos nuestra biblioteca personalmente. Si la colección de libros de la que uno quiere deshacerse es valiosa se puede donar a una institución, a una biblioteca pública, a asociaciones o fundaciones. Siempre está la posibilidad de las librerías de segunda mano. Imagino a los libros en la caja, esperando ser queridos por alguien. Marchamalo los compara con una camada de gatitos que nadie quiere quedarse.

A menudo, la decisión de librarse de ellos se posterga. «Ya lo haré», nos decimos, y el día nunca llega. Nos ponemos excusas, como que en el fondo esos libros serán el legado para nuestros hijos, pero o no tendremos hijos, y lo sabemos, o a ellos poco les importará esa dudosa herencia descomunal: «...es ilusorio pretender que nuestros herederos (...) vayan a cargar gustosos con un patrimonio bibliográfico cuyo valor, desde la aparición del libro de bolsillo, es casi exclusivamente sentimental». Podemos justificarnos una y otra vez, hay mil y un motivos —poco creíbles y que solo convencen a los que, como nosotros, aman los libros con esa euforia de desbordamiento— para defender nuestra muralla de papel, pero la realidad es que nos van invadiendo y rodeando y nos sentimos a gusto aunque algo abrumados a veces. 

¿Debemos deshacernos de algunos de nuestros libros antes de que, como le ocurrió a Octavio Paz, los devore el fuego, o como a Vicente Aleixandre, el estallido de una guerra le obligara a abandonarlos? Este no es un libro que te ayude a deshacerte de ellos. Te hace ver, más bien, lo loco que estás amándolos de esa manera desmedida, los dilemas que plantea tener que dejarlos por circunstancias de la vida, el dolor que produce su pérdida, la incomodidad de mudarse con ellos de un lado a otro. Problemas y amor compartidos, de eso trata este librito que cuando terminamos ya añoramos, ansiando que siga hablándonos. Solo nos quedan, como consuelo, los subrayados y las notas que hemos ido dejando en los márgenes, pequeñas conversaciones con el autor, igual que cuenta Marchamalo que hacía Cortázar cuando anotaba en los que libros que leía. 

Al terminar, el libro se convierte en un indispensable, de esos de los que nos habla su autor, que «nos obligan a poseerlos, a conservarlos a nuestro lado para hojearlos de vez en cuando, tocarlos, apretarlos bajo el brazo. Libros de los que es imposible desprenderse porque contienen fragmentos del mapa del tesoro». Y por mi parte, también a olerlos, como Lobo Antunes o Cernuda, adictos al perfume de la tinta en el papel impreso.

Un último apunte. Tocar los libros es perfecto compañero de viaje. Pequeñito, optimista, ideal para ahuyentar la melancolía de los trayectos en tren, sobre todo cuando son de vuelta y a última hora de la tarde.



martes, 10 de mayo de 2016

Huellas galdosianas

Galdós irrumpió en mi vida como un vendaval y me dejó la sensación de que nunca podría expresar como me gustaría lo que representaba para mí. Fue mi madre la que se encargó de inculcarme a los realistas, y además de Galdós me sumergí en Baroja, Clarín o Valera como el que se mete en lecturas contemporáneas. No sé si era raro que a una niña de doce o trece años le gustara tanto aquello, especialmente Galdós. Pero el caso es que ocurría y no podía evitarlo.

En la facultad llegan las lecturas más profundas, las que nos obligaban a analizar cada párrafo, una época, y «situar» al autor en un contexto. Yo a Galdós lo ubicaba en casa, de toda la vida. Como un habitante más del piso en el que vivía, se paseaba entre nosotros trayéndonos las calles luminosas y empedradas del Madrid decimonónico que, si salías a la calle, podías patear exactamente como lo leías. Con mi madre iba yo a la Plaza Mayor y desde allí avistábamos la casa de Fortunata. Y por Pontejos y Carmen nos cruzábamos con doña Perfecta y la de Bringas.


De todas las lecturas galdosianas sacaba la conclusión de que algo tenían que ver con la vida en la calle y con lo que me rodeaba. La realidad era eso, esa frescura y viveza de los personajes a los que acabas queriendo como familia lejana que un día partió a otras tierras pero a la que todavía recuerdas. Galdós era, para mí, como el padre que cuenta historias de la infancia y te dice cómo eras y como era el mundo cuando naciste. Porque la historia sin Galdós no sería historia. Y la historia la hacen los de abajo, como diría Azuela. La historia en Galdós es como un capítulo de telenovela, accesible a todos, contada en ese lenguaje llano, a través de personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros. Humanizó a reyes y políticos y acercó al pueblo la inteligencia y a las mujeres la decisión.

Las mujeres de Galdós piensan y actúan y son en sus novelas las dueñas de su destino. En Fortunata y Jacinta, la gran novela de Galdós, a mi parecer, la mujer del pueblo, la más pobre y pequeña de las mujeres, es la que monologa entre las callejuelas de Madrid. Víctima del sistema acaba perdiendo, sí, pero se hace grande en sus pensamientos, algo que muy pocos autores de la época se habían atrevido a mostrar. Fortunata está a la altura de Mendizábal, que da título a uno de sus «Episodios Nacionales». A la par en importancia y fuerza. Y además Galdós le otorgó el privilegio de protagonizar un monólogo interior que en aquellos años y en la novela realista era completamente rompedor.

Hoy Galdós sigue siendo de relectura y visita anual. Mis preferidas, sin duda la mencionada Fortunata y Jacinta, pero también Misericordia, La de Bringas, Tristana y Tormento. Todas mujeres. De otra época, pero tan posibles a la vuelta de cualquier esquina madrileña.

lunes, 2 de mayo de 2016

Nostalgia de Cărtărescu

Haces a un escritor en tu interior, lo fabricas y lo moldeas como te gustaría que fuese, y en la mejor de tus fantasías imaginas que cuando lo oigas hablar será mágico, pero desgraciadamente casi nunca sucede. El pasado jueves, sin embargo, lectores y amantes de la obra de Mircea Cărtărescu acudimos a escucharlo en su visita a Madrid. Y ocurre que Cărtărescu es un excelente comunicador, un cuentista que narra oralmente como escribe, un hipnotizador verbal en una lengua que suena a hechizo y magia. Se mete dentro de ti y sabe encontrar lo que te va a doler porque escribe sobre el dolor universal. Cuando acaba, te has quedado roto y exhausto esperando más, con nostalgia por lo perdido.

Antes de que empiece a hablar ves solo a un hombre normal, sin nada físicamente llamativo que te anuncie lo que va a ocurrir cuando arranque a contar. Tono de voz pausado, muy expresivo. Enreda enseguida. Dice una frase. Para. La traductora habla. Él espera, paciente. Continúa. Y así se va creando una danza verbal con ritmo que no cesa y que nos tiene a los que le escuchamos inclinados hacia adelante, atraídos por la voz y la presencia del hombre que se ha transformado ante nuestros ojos. La mirada es más brillante ahora que habla y en ella hay recuerdos que se asoman. La voz anestésica ha conseguido apaciguarnos para que él pudiera tirar bien, sin temor, de lo que tenía que sacarnos de dentro, lo más recóndito que no sabíamos que estaba o habíamos  olvidado. Cărtărescu es mi particular magdalena proustiana que abre compuertas.

El amor por las ruinas, por lo defectuoso, le atrae porque es un escritor que escribe precisamente desde la ruina, desde el acabamiento, y siempre tiene que reconstruir para seguir avanzando, nos cuenta en la presentación en Madrid de El ojo castaño de nuestro amor, su último volumen de relatos publicado por la editorial Impedimenta. «El pueblo rumano está destinado a construir desde cero, es su destino», añade. Como escribe en el relato del libro, titulado «Ada-Kaleh, Ada-Kaleh...»«¡Qué extraño destino me tocó en suerte! He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas. A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas.» Y claro, la poesía está también ahí, incluso en donde parecería imposible: «en el cadaver putrefacto descrito por Baudelaire, en la ruina y la destrucción. Ser poeta, en Rumanía y en otras partes, significa ser capaz de ver la belleza allí donde nadie más la ve». 

Bucarest es su isla grande, ya él después irá construyendo las propias en su interior para esconderse, aislarse y escribir. Tiene que buscar la belleza donde sea, incluso en «aquellos bloques como cajas de cerillas». «Yo he proyectado Bucarest, por la que paseo en mis noches de insomnio», nos cuenta en la presentación. Lo mismo hará el personaje de su novela Solenoid en sus viajes nocturnos imaginarios en un tranvía que no avanza y permanece inmóvil en las cocheras. Pero el paseo existe porque podemos soñarlo. Cărtărescu es el escritor que sueña y evoca realidades con ensoñaciones, y lo mejor es que no importa porque con él todo lo que sucede es posible. Qué más da que sea o no cierto. «¿Durrel tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto», escribe en el relato «Mi Bucarest».



«Es nuestra mente la que escribe», confiesa. Con ella viaja Cărtărescu a los territorios de su intimidad sin importarle más que él mismo, sin pensar en nada más que en su mapa interno por el que va siguiendo los pasos de los recuerdos. Cărtărescu se va entendiendo a sí mismo, se asimila a través de la escritura: «Siempre he apreciado a los autores solitarios. Kafka es el arquetipo del escritor. Escribía solo para él mismo y para entender su situación». Aprecia tanto la soledad durante el acto creativo que lo que más desea es cerrar esa puerta a la realidad y aislarse, volver al vientre materno para escribir, para entrar en lo que él llama un proceso «autohipnótico».

La «trinidad» que formaron su madre, él y su hermano es el tema del relato «El ojo castaño de nuestro amor», que da título al volumen. Es imposible no emocionarse al leerlo. De nuevo la pérdida, el volver a empezar tras un hecho traumático del que el autor apenas habla y que bordea cuando se le pregunta. Da la impresión de que la nostalgia moviera el mundo, no el amor. Desde el amor hay mucho en toda su obra y en este último volumen de relatos se reconstruye diariamente, pero desde la nostalgia es capaz de avanzar, porque cuando aparece se produce el recuerdo, y en consecuencia el movimiento. La nostalgia es historia en Cărtărescu . Historia pasada y futura. 

Pero Cărtărescu es ante todo un autor con las mismas influencias literarias europeas que el resto de escritores que no son del «este», denominación con la que no se siente identificado. En el relato del libro titulado «...Escu», escribe: «Yo no he leído a Musil viendo en él a un rumiante de Kakania, sino a un príncipe del espíritu europeo. No me interesa en qué país vivió y escribió André Breton. No sé situar en el mapa el Kiev de Bulgakov. Yo no he leído a Catulo ni a Rabelais ni a Cantemir ni a Virginia Woolf en un mapa, sino en una biblioteca, donde los libros están colocados unos junto a otros».

Yo no creo que nunca pueda colocar los libros de Cărtărescu junto a los de ningún otro autor porque merece estantería aparte, aunque lo que me transmita me remita a lecturas clásicas que están también en casa, y que podrían perfectamente acompañarlo. Mi particular lectura de Cărtărescu me confirma una nostalgia como actitud que es la que hace que reconozcamos en un hecho el sentido de la existencia. Muerdo la magdalena y rememoro.