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lunes, 4 de septiembre de 2017

Escribir en septiembre a pesar del ruido

Los tiempos de sequía verbal escrita no son tiempos perdidos. Escribes mentalmente, observas mucho y te escudriñas cada noche, al llegar a la cama, preguntándote si volverás a hacerlo, si de nuevo habrá algo que decir. Y siempre lo encuentras, el deseo, el motivo que te llevará de nuevo al teclado o al cuaderno.

Hace tiempo ya tuve otro blog en el que escribía a diario. Entre los míos me pedían, cuando había una pausa, que continuara, que les encantaba. Me seguían pocas personas, pero era bonita la presión. Era otro momento de mi vida, en el que la búsqueda de trabajo no lo nublaba todo, no paralizaba la energía y tenía suficiente confianza en mí misma para pensar que lo que escribía podía interesarle a alguien. Y me digo ahora, pasado el tiempo, con un estado de ánimo algo más bajo pero más realista (soy autónoma, es inevitable) que qué más da si no me leen. Así que hoy retomo la palabra escrita que nunca sabes cuándo podrá ser leída.

El ruido y la presión han ocupado el último año tanto espacio en el mío propio que me han paralizado para disfrutar de muchas de las cosas que me gustan, como leer, escribir o enamorarme, actividades que requieren entrega y entusiasmo.
Dibujo de Ramón Casas: 'Mujer escribiendo una carta'

El ruido es solo eso, ruido. El silencio dice todo lo que queremos oír porque en él nos encontramos realmente con nosotros y con los demás. El ruido saca lo peor de nosotros mismos. Septiembre es ruidoso, este país lo es. La mayoría de la gente también. Librarme de la mayor parte del ruido es mi tarea de septiembre, el mes de las tareas por excelencia. Quedarme con lo mejor de cada silencio. Leer lo que me apetezca, sin que el ruido interfiera. Escribir lo que me dé la gana, obviando el ruido. Y en el silencio, ser más feliz. Quizá también el amor, quién sabe. He empezado con la correspondencia en papel.

lunes, 2 de mayo de 2016

Nostalgia de Cărtărescu

Haces a un escritor en tu interior, lo fabricas y lo moldeas como te gustaría que fuese, y en la mejor de tus fantasías imaginas que cuando lo oigas hablar será mágico, pero desgraciadamente casi nunca sucede. El pasado jueves, sin embargo, lectores y amantes de la obra de Mircea Cărtărescu acudimos a escucharlo en su visita a Madrid. Y ocurre que Cărtărescu es un excelente comunicador, un cuentista que narra oralmente como escribe, un hipnotizador verbal en una lengua que suena a hechizo y magia. Se mete dentro de ti y sabe encontrar lo que te va a doler porque escribe sobre el dolor universal. Cuando acaba, te has quedado roto y exhausto esperando más, con nostalgia por lo perdido.

Antes de que empiece a hablar ves solo a un hombre normal, sin nada físicamente llamativo que te anuncie lo que va a ocurrir cuando arranque a contar. Tono de voz pausado, muy expresivo. Enreda enseguida. Dice una frase. Para. La traductora habla. Él espera, paciente. Continúa. Y así se va creando una danza verbal con ritmo que no cesa y que nos tiene a los que le escuchamos inclinados hacia adelante, atraídos por la voz y la presencia del hombre que se ha transformado ante nuestros ojos. La mirada es más brillante ahora que habla y en ella hay recuerdos que se asoman. La voz anestésica ha conseguido apaciguarnos para que él pudiera tirar bien, sin temor, de lo que tenía que sacarnos de dentro, lo más recóndito que no sabíamos que estaba o habíamos  olvidado. Cărtărescu es mi particular magdalena proustiana que abre compuertas.

El amor por las ruinas, por lo defectuoso, le atrae porque es un escritor que escribe precisamente desde la ruina, desde el acabamiento, y siempre tiene que reconstruir para seguir avanzando, nos cuenta en la presentación en Madrid de El ojo castaño de nuestro amor, su último volumen de relatos publicado por la editorial Impedimenta. «El pueblo rumano está destinado a construir desde cero, es su destino», añade. Como escribe en el relato del libro, titulado «Ada-Kaleh, Ada-Kaleh...»«¡Qué extraño destino me tocó en suerte! He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas. A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas.» Y claro, la poesía está también ahí, incluso en donde parecería imposible: «en el cadaver putrefacto descrito por Baudelaire, en la ruina y la destrucción. Ser poeta, en Rumanía y en otras partes, significa ser capaz de ver la belleza allí donde nadie más la ve». 

Bucarest es su isla grande, ya él después irá construyendo las propias en su interior para esconderse, aislarse y escribir. Tiene que buscar la belleza donde sea, incluso en «aquellos bloques como cajas de cerillas». «Yo he proyectado Bucarest, por la que paseo en mis noches de insomnio», nos cuenta en la presentación. Lo mismo hará el personaje de su novela Solenoid en sus viajes nocturnos imaginarios en un tranvía que no avanza y permanece inmóvil en las cocheras. Pero el paseo existe porque podemos soñarlo. Cărtărescu es el escritor que sueña y evoca realidades con ensoñaciones, y lo mejor es que no importa porque con él todo lo que sucede es posible. Qué más da que sea o no cierto. «¿Durrel tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto», escribe en el relato «Mi Bucarest».



«Es nuestra mente la que escribe», confiesa. Con ella viaja Cărtărescu a los territorios de su intimidad sin importarle más que él mismo, sin pensar en nada más que en su mapa interno por el que va siguiendo los pasos de los recuerdos. Cărtărescu se va entendiendo a sí mismo, se asimila a través de la escritura: «Siempre he apreciado a los autores solitarios. Kafka es el arquetipo del escritor. Escribía solo para él mismo y para entender su situación». Aprecia tanto la soledad durante el acto creativo que lo que más desea es cerrar esa puerta a la realidad y aislarse, volver al vientre materno para escribir, para entrar en lo que él llama un proceso «autohipnótico».

La «trinidad» que formaron su madre, él y su hermano es el tema del relato «El ojo castaño de nuestro amor», que da título al volumen. Es imposible no emocionarse al leerlo. De nuevo la pérdida, el volver a empezar tras un hecho traumático del que el autor apenas habla y que bordea cuando se le pregunta. Da la impresión de que la nostalgia moviera el mundo, no el amor. Desde el amor hay mucho en toda su obra y en este último volumen de relatos se reconstruye diariamente, pero desde la nostalgia es capaz de avanzar, porque cuando aparece se produce el recuerdo, y en consecuencia el movimiento. La nostalgia es historia en Cărtărescu . Historia pasada y futura. 

Pero Cărtărescu es ante todo un autor con las mismas influencias literarias europeas que el resto de escritores que no son del «este», denominación con la que no se siente identificado. En el relato del libro titulado «...Escu», escribe: «Yo no he leído a Musil viendo en él a un rumiante de Kakania, sino a un príncipe del espíritu europeo. No me interesa en qué país vivió y escribió André Breton. No sé situar en el mapa el Kiev de Bulgakov. Yo no he leído a Catulo ni a Rabelais ni a Cantemir ni a Virginia Woolf en un mapa, sino en una biblioteca, donde los libros están colocados unos junto a otros».

Yo no creo que nunca pueda colocar los libros de Cărtărescu junto a los de ningún otro autor porque merece estantería aparte, aunque lo que me transmita me remita a lecturas clásicas que están también en casa, y que podrían perfectamente acompañarlo. Mi particular lectura de Cărtărescu me confirma una nostalgia como actitud que es la que hace que reconozcamos en un hecho el sentido de la existencia. Muerdo la magdalena y rememoro.


miércoles, 24 de febrero de 2016

'Las efímeras' o el cuento en el bosque

Los cuentos de hadas que leíamos cuando éramos niños provocaban la necesidad de tener que dejar pasar un tiempo hasta que nos atrevíamos a volver a pensar en la lectura y en la posibilidad de una segunda visita al texto. La relectura, tan necesaria en la infancia y ya más complicada en la edad adulta, es en algunas novelas una vuelta de página, una lectura de la frase o el párrafo que nos llamó la atención, y que en el caso de la novela Las efímeras requiere de constantes idas y venidas a lo largo del tiempo que dura la lectura.

Me había dicho a mí misma, más por costumbre que por obligación, que en cuanto acabara de leer la novela empezaría a escribir sobre ella, pero han tenido que pasar semanas para que me atreviera a abordar impresiones porque implicaba mirarme atentamente por dentro, escarbar y sacar un algo triste, desangelado, que se queda tras la lectura. Al terminar, da la sensación de que nos han abandonado y de que una parte de nosotros permanecerá ya para siempre en otro lado. Quizá en el bosque.

Los personajes de Las efímeras tienen que encontrar su lugar en una comunidad rural en la que la naturaleza los sostiene, pero los somete como el peor tirano. La atmósfera llega a ser irrespirable, asfixiante como un encierro a cielo abierto. La cita de Hawthorne, hacia el final del libro, revela un deseo plural que ninguno de los seres que habitan la comunidad puede cumplir, el de encontrar su espacio:

«Quiero mi sitio, mi propio sitio,
mi verdadero sitio en el mundo,
mi verdadero ámbito,
aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla...
y que he estado buscando en vano durante toda mi vida».

La Ruche, como una fantápolis rural, futurista, engañosamente real  —también dentro de la ficción— se desvela a través del misterio y de la dureza que posee y que la dota de malignidad y una fuerza desmesurada frente a la que los habitantes no pueden más que bajar la cabeza y seguir sus destinos, los que esa tirana marque.

Dora y Violeta son dos seres vegetales y húmedos que viven en el bosque y que al comienzo de la novela, en ese génesis en el que nombran los árboles y los objetos, son seres primigenios cargados de simbolismo. Anita es la diosa, la creadora, que junto a Tom lo observa todo. Este, el hombre, bufón y espía poco avezado, se comporta con torpeza a pesar de su formación y sus palabras, en ocasiones acertadas y sabias. Anita maneja y reprende, pero en el momento en que empieza la novela, ya hace tiempo que decidió dejar sueltos a los «hijos» y no implicarse demasiado en sus discusiones y desacuerdos. 

Los seres «verdes» con olor a madera y musgo que parecieron Dora y Violeta en las primeras páginas se van animalizando y convirtiendo en bestias. Pero todo es naturaleza al fin y al cabo. Dora pudo estar siempre dormida. Un enorme árbol fuerte que un día despertó y cobró vida para moverse. Poderosa, sus pasos por el bosque son los de un gigante que persigue criaturas, el ogro con las botas de las siete leguas.

El libro es mágico en este aspecto, un horrendo cuento de hadas, espeluznante, una pesadilla infantil en el mundo adulto, soñada por adultos, tan bien narrada que es capaz de hacernos creer que realmente un árbol cobró vida y es Dora. Y el mundo vegetal, sus olores y su fuerza, la de la Naturaleza opresora, nos invade para poseernos hasta el final del libro. Ningún lector puede resistirse a algo así, pero al mismo tiempo ninguno puede dejar de sentir que algo se encoge cuando lee y lee sin remedio.

Exhaustos, terminamos el libro, y durante días seguirá persiguiéndonos el mundo creado por Pilar Adón en Las efímeras, esos bichitos pequeños que nos sobrevivirán cuando hayamos muerto, como los personajes de la novela después de la lectura, que nos seguirán mientras vivamos. El bosque no duerme ni descansa, y la vida que tiene dentro, tampoco. Belleza y pesadilla. 

jueves, 14 de enero de 2016

Escribir para olvidar y sobrevivir: el buen hijo de Pascal Bruckner

Si leer Un buen hijo es una experiencia que derrumba hasta el alma del lector más fuerte, incluso al acostumbrado a emociones intensas, suponemos que escribirlo tuvo que ser un acto liberador para Pascal Bruckner. La contradicción de sentimientos y emociones, el odio al padre pero su dependencia durante toda la vida marcaron a Bruckner hasta el punto de llevarle a escribir este testimonio, lleno de referencias culturales y literarias, que agradecemos como lectores y nos incitan a la lectura, aunque lo realmente importante del libro sea la catarsis: hablar del padre para vencerlo, enterrarlo y olvidar.

Bruckner, famoso por el ensayo El nuevo desorden amoroso (1977), la oscura novela Lunas de hiel (1981) —llevada al cine por Roman Polanski en 1992— y la novela por la que es reconocido con un Premio Renadout, Los ladrones de la belleza (1997), es un escritor formado en la cultura francesa al que su padre intentó inculcar fallidamente su pasión por lo germánico. Pascal Bruckner llegó a ser tomado por judío quizá por su interés en determinados intelectuales, por sus lecturas y, sobre todo, por compañías como las de los «nouveaux philosophes», algo que no le molestó en absoluto, pero que al padre antisemita y pronazi le parecía una infamia.

Las memorias de Pascal Bruckner nos muestran a un padre espantoso que aprovecha su mejor momento, el de la juventud, cargado de fuerza y energía, para ensañarse con su mujer y su hijo Pascal, a los que acaba sumergiendo en una espiral de violencia física y psicológica de la que da la impresión de que el escritor no se recuperó nunca. El humor, a pesar de la crudeza de lo narrado, no deja de aparecer en la obra para equilibrar lo dramático de la historia y ahuyentar el victimismo en el que podría haber caído el escritor. Se cuela principalmente en las apreciaciones del hijo sobre la violencia del padre —quizá como distanciamiento para normalizar y evitar el dolor que tuvo que suponer enfrentarse a contar una historia personal así, con ese grado de espanto—y también en los títulos de algunos de los capítulos del libro. El «Prólogo» se subtitula «Oración de la noche», y se trata de uno de los comienzos de obra más estremecedores que hayamos leído: 


Es la hora de acostarse. Arrodillado al pie de la cama, con la cabeza inclinada, las manos juntas, murmuro mi oración en voz baja. Tengo diez años. Después de un breve repaso a las faltas del día, elevo una petición a Dios Nuestro Creador Todopoderoso. Él sabe que nunca falto a misa, que siempre comulgo, que Lo amo por encima de todo. Le pido simplemente, Le suplico, que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche. Un freno que falla en una cuesta, una placa de hielo, un árbol, lo que Le parezca mejor.
«Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate.»

Podríamos pensar que se trata de una broma, un comienzo impactante que oculta solo el recuerdo de un deseo infantil obsesivo, incomprensible si no se es un niño fastidiado por algo, quizá por algún dulce que no recibió, por un azote en público, o solo por una breve disputa o desacuerdo con el padre. Pero el horror llega enseguida, en las siguientes páginas, y nos estremece cierto sentimiento de culpa que aflora a pesar de la denuncia del maltrato que su padre les infligía a él y a su madre, a la que humillaba verbal y físicamente casi a diario. Pero entonces entramos en el mundo luminoso, en los días en los que la bestia no es así y que a Pascal le hacen sentir esa dualidad de sentimientos:

De aquella infancia en la que lo abominable y lo prodigioso se daban la mano, durante mucho tiempo solo me quedó el lado bueno. Para sobrevivir hay que olvidar, apartar los recuerdos que impiden progresar. Pronto me construí un santuario inviolable, una especie de ciudadela psíquica para escapar de los gritos y las violencias de los adultos.

«Caricias conyugales», el título del segundo capítulo, incluye la descripción de una de las terribles peleas de sus padres —"rituales", los define— en la que tiene que llegar a intervenir para que su madre no muera. Ese constante temor a que a su madre le suceda algo termina cuando ella muere, y empieza entonces el auténtico declive del padre, del monstruo nazi que cambia y llega a votar a la izquierda en unas elecciones. Se hace menos agresivo... aparentemente. Es solo un cambio puntual. Pronto algo lo vuelve loco y regresan la agresividad y la violencia. El hijo no quiere herirlo, pero no puede evitar el grito y el insulto hacia el progenitor. Al fin y al cabo es entre lo que se ha criado. El deseo de que el padre muera se ha ido suavizando a lo largo de los años, aunque hay momentos en los que desearía para él una muerte instantánea o la autoinfligida. Llega a animar al padre al suicidio, poniéndole el ejemplo de Stefan Zweig. «Se quedó horrorizado. Pero si hubiese aceptado, el horrorizado habría sido yo.» El capítulo en el que narra esta escena se titula «Deberías hacer un Stefan Zweig». De nuevo ese humor en Bruckner y, a través de él, el distanciamiento necesario para poder seguir escribiendo sin caer en el drama.

La maldad del padre lo persigue hasta el final de su vida. Una maldad sin límites que, al llegar la vejez, se muestra en el maltrato psicológico a través de la palabra, en frases como esta, dirigida a su hijo Pascal: «Ya puedes odiarme, no me importa, mi venganza es que te pareces a mí». Y sí, Bruckner tuvo que asumir ese parecido y la herencia genética, pero se hizo otro, justo lo que el padre nunca hubiera querido ser, y de este modo contrarrestó la maldad. Después, llegó este texto, testimonio de por qué no pudo amar al padre de la manera en que hubiera querido hacerlo. 

Obra de expiación, de justificación, la historia de uno mismo, del que no puede ser sin sus padres, como si los ancestros, aun desde la tumba, lo vigilaran todo. Historia también de la cultura francesa y europea del siglo XX, aunque Un buen hijo es, sobre todo, la narración de una vida incompleta emocionalmente debido a la educación violenta de un padre al borde de la locura producto, quizá, del periodo tras la II Guerra Mundial.

El magnífico estilo, entre sutil y explícito, de Bruckner, hace que terminemos la lectura sobrecogidos aún por los golpes, pero con la certeza de que no había otro modo de que sucediese. Tenía que contarlo. La cita de Ingmar Bergman al comienzo de la obra no puede ser más adecuada: «Las fuerzas creativas acuden cuando el alma está amenazada».

jueves, 13 de agosto de 2015

David Nobbs: el auge del humor que nunca muere


Llevaba unos días dándole vueltas a un artículo sobre una compleja y apasionante autora británica a la que quería dedicar un espacio merecido, pero interrumpe mi discurrir la noticia de la caída, tras el auge, de uno de los novelistas británicos que mejor representa el humor inglés y el sarcasmo típico que veíamos por la tele en la infancia en muchas de las series deliciosas que nos ofrecía la televisión española. 

David Nobbs nos abandonó a nuestra suerte tras haber creado uno de los personajes más hilarantes de la literatura, un mediocre ejecutivo con ganas de empezar de cero planeando su propio suicidio. Ese es el protagonista de Caída y auge de Reginald Perrin y de la continuación en El regreso de Reginald Perrin, novelas con las que David Nobbs logró crear uno de esos mitos que sólo un autor con auténtica devoción por la escritura y pasión por los personajes que iba creando sin resuello (o al menos es la impresión que me produce cuando lo leo) podía lograr.


 Tuvo tanto éxito la aventura de este ser de ficción nacido para padecer y sufrir y hacernos gozar a sus fieles descubridores, que la televisión inglesa lo inmortalizó en una serie de esas que hacen historia en un país. Reginald Perrin sería impensable en otro ámbito que no fuera el inglés y sin embargo lo entendemos desde países como España. Porque el humor, el del bueno, es comprensible allá donde vaya aunque los avatares de un personaje y las situaciones desternillantes sean producto de una sociedad concreta y de un momento histórico. Con la serie y con el personaje conocimos el peso de la realidad y de la alienación burguesa de la clase media y nos sumergimos en algo más que el mundo personal de un escritor alucinado con muchas ganas de reírse de todo, incluyéndose a sí mismo. Nacido en el condado de Kent, en Orpington, nos ha abandonado no sólo el creador de un personaje, sino todo un artista del humor, que escribió algunos programas humorísticos para la BBC durante muchos años.

Sólo nos queda la espera de un tercer volumen de nuevas aventuras de Perrin, The Better World of Reginald Perrin, que la editorial Impedimenta, que publicó los dos primeros, editará en 2016. Con estas pequeñas alegrías de poder volver a leer las nuevas desgracias y situaciones absurdas que va a vivir el personaje, casi de la familia, nos despedimos de David Nobbs.

Y aquí os dejo el primer capítulo de Caída y auge de Reginald Perrin, para los que no lo hayáis leído aún.

http://cort.as/VqRY

lunes, 2 de marzo de 2015

Relecturas de invierno

Leí este mes de febrero,a  raíz de un posible encargo editorial, la novela Drácula, de Bram Stoker, por segunda vez. Y por segunda vez (la primera fue cuando solo tenía veinte años) me estremezco ante el despliegue de imaginación, de talento para la creación de un personaje tan complejo, amado y odiado a partes iguales por posteriores generaciones a las del gran escritor irlandes. Me pregunto si el haber pasado los siete primeros años de su vida postrado, leyendo y escuchando historias de fantasmas, no sería motivo de inspiración para Stoker. Al igual que Lovecraft, la enfermedad a edad tan temprana, el encierro en el hogar, puede llevar a ver mosntruos, esos —me viene a la memoria— como los que pintó Goya en sus Caprichos de brujas. A diferencia del escritor norteamericano, Stoker se recuperó físicamente y llegó a ser un gran atleta en el Trinity College y un ser social cuya parte más oscura quedó destinada a la literatura, a las espeluznantes historias que harían nuestras delicias años después.

Si aún no habéis leído Drácula, debéis hacerlo. No tiene nada que ver con ninguna adaptación cinematográfica que hayáis visto (quizá con la que más con la de Coppola). Es una novela llena de referencias culturales interesantes y muestra una etapa histórica-literaria en la que la ciencia y la razón pugnaban por imponerse al folclore, a los cuentos de viejas, a las historias de fantasmas. Y es en eso precisamente en lo que radica el interés de la obra para hacer aún más impactante el descubrimiento de los no muertos. Un placer de lectura fácil de estructura epistolar que nos va mostrando los puntos de vista de unos personajes más vivos que nosotros mismos, incluso el propio vampiro.

jueves, 1 de enero de 2015

Las doce tribus de Hattie

Mi primera lectura este nuevo año es un libro escrito por una afroamericana que relata la historia de una mujer negra y abarca varias generaciones. Desde el año 1925 hasta 1980, Ayana Mathis nos cuenta las vicisitudes de los negros en Estados Unidos y los contrastes entre el norte y el sur, el primero representado por Filadelfia y el segundo por Georgia. Pero no es solo esta novela la historia de una raza en un país, es la historia de una familia cargada de seres, hijos arracimados de Hattie, la madre, que parecen salir de la nada y crecer donde ya no parecía posible que así fuera. Doce historias de doce seres nacidos de la misma madre, pero muy distintos, con el denominador común de ser seres criados sin amor, débiles, cargados de traumas y dolor. Es la historia de un dolor ancestral que parece remontarse al dolor del mundo. Las raíces de las plantas, la humedad, los bosques, llenan algunos de los momentos más memorables del texto y le dan una vida y una pureza que parece que sintamos el olor del verano, el silencio de las noches en el porche escuchando la nada.

El texto está cargado de poesía y de vida y cada personaje se encarga de quedar grabado en nuestra memoria después de acabar la novela, como sólo los grandes autores saben hacerlo. Es la primera obra de una autora heredera de Toni Morrison, Faulkner y la novela realista americana de los cincuenta. Deja una huella memorable y un regusto fatídico, como el de los textos bíblicos del Antiguo Testamento en los que el castigo es ejemplar. El primer capítulo es de los textos más bellos y crudos del libro. No hay que perdérselo.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Esos diez libros del año

Último día del año. Recapitulo y selecciono mis diez libros del 2014. Muchos no son novedades editoriales, pero sí fueron nuevos para mí. Una frase para cada título, aunque de algunos diría mucho más.


1. Alan Sillitoe
Sábado por la noche y domingo por la mañana

Desolador, pero reconfortante por su belleza en retratar los instantes más nimios de la vida de la gente corriente.










2. L. Sprague de Camp
Lovecraft. Una biografía

Para fanáticos de Lovecraft. Todas las rarezas  y excentricidades del escritor de Nueva Inglaterra.











3. Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York

Deliciosa recopilación de los mejores poemas de autores españoles contemporáneos sobre la ciudad que nunca duerme. Revelador.










4. Enric González
Historias de Nueva York

No es una novedad, no descubro nada nuevo. Un clásico español sobre Nueva York que me deslumbró.










5. Nathaniel Hawthorne
Libro de maravillas

Descubrimiento bellísimo de la obra menor de un autor encumbrado. Para los que gustan de los mitos y los cuentos de hadas.










6. José C. Vales
El pensionado de Neuwelke

Historia decimonónica de fantasmas narrada por un autor español aunque parezca que lo haya escrito un dickensiano romántico.










7. E. B. White
Esto es Nueva York

La brevísima reflexión del autor norteamericano sobre la ciudad de Nueva York en el caluroso verano de 1948.









8. Elena Poniatowska
Leonora

Profundamente conmovedor, poético, humano. Una prosa vertiginosa que te deja trastornado un tiempo.










9. Haruki Murakami
Los años de peregrinación del chico sin color

Una novela absorbente que hace, como en los mejores títulos de Murakami, que lo más descabellado parezca posible.











10. Philip Roth
Némesis

Novela melancólica que narra la llegada de la polio al barrio judío de Nueva Jersey en el verano del 44.



martes, 30 de diciembre de 2014

"Cómo aprendí a leer" o la búsqueda del lugar desde el que miramos

Este libro me llega a las manos casi acabando el año. Lo veía en la librería, lo cogía, lo hojeaba, volvía a dejarlo, y finalmente fue mi regalo el día de Navidad.

A pesar del título, que no es falso, pero hay que explicar mínimamente, la autora, escritora y traductora que se gana la vida así, escribiendo y traduciendo, explica de un modo perfecto, mágico, cómo va pasando las distintas etapas de la vida, niñez, adolescencia y madurez, en relación a la lectura, a los libros y, en consecuencia, a la escritura y a la traducción, que es a lo que finalmente acaba dedicándose.

El viaje es hermoso porque se trata de una lucha interior contra el pasado, la herencia familiar y finalmente la rendición a la evidencia, la asunción de unos orígenes de mujeres sumisas e inmigrantes en la Francia elitista de los 70. Es la historia de un país, de una mujer en un país, de una mujer en un país donde es mejor leer esto que esto otro, donde la magdalena de Proust se le atraganta hasta la juventud, muy cerca ya de la madurez.

Una segunda parte del libro relaciona lectura y escritura. Una vez instalada en la pasión, sin que haya atisbos de recaída o abandono del mejor descubrimiento de su vida, una vez que ya es lectora, se da cuenta de que esos conocimientos literarios, esos que le hacen saber si una obra es buena o no, la llevan a hablar con sus palabras sobre las de otros y entra en la traducción, un lugar que la autora adora aunque le haga sufrir porque le permite aislarse de sí misma, olvidarse de su yo para meterse en una tarea extraña de conceptos e imaginación en el que saber leer bien es fundamental. Sin la lectura no están ni la escritura ni la traducción. Así nos lo cuenta  Agnès Desarthe en esta delicia que es Cómo aprendí a leer, desgranando cada emoción y convirtiéndose ante nuestros ojos en la mujer que quería ser, libre de prejuicios y por fin entregada a su pasión.

martes, 16 de diciembre de 2014

De cuando cogí el hábito de leer los comienzos

Si algo me gusta de husmear en librerías es quedarme de pie leyendo esas primeras páginas prometedoras en las que si no se adivina talento o emoción dejo de nuevo en la mesa de novedades o en la estantería de donde cogí el volumen para echar un vistazo.

 Sin esa previa criba sería imposible hacer una compra en condiciones. Sí, sé que hay editoriales maravillosas que editan impecablemente y que provocan que queramos tener cada nuevo volumen que sacan a la luz. Pero eso es imposible ya no solo por la cantidad de dinero que habría que gastar al mes, sino por el tiempo del que habría que disponer. De este modo, es una fantasía que implicaría un cambio en el orden del mundo, de las horas que tiene un día, de nuestra condición humana que nos obliga a dormir y a descansar antes de seguir viviendo y gozando y en consecuencia leyendo.

Sumado al tiempo que no sobra está también el que a veces no me apetece dedicar a visitar la librería que frecuento porque el día está nublado o acabo de desayunar y me he levantado con ganas de ojear desde mi iPad esas novedades que me acechan, tentadoras, cada semana.

En mi lista de pendientes voy sumando desde que acabó el verano, Canadá, por supuesto (mi querido Ford siempre presente), la última novela de McEwan, a la que también le dedicaré espacio aquí en su momento en cuanto consiga hacerme con el libro y encontrar el tiempo para leerlo, y muchos otros con los que ahora no voy a aturdiros, su momento tendrá cada uno.

El fenómeno sobre el que me gustaría reflexionar hoy no es el de un autor o su obra sino el que las editoriales, a través de la red, han llevado a mi modesto apartamento cada mañana en la que me asomo a su página de novedades. La oportunidad de leer las primeras quince o veinte páginas de casi todas las obras que se editan actualmente me parece casi tan mágico y revolucionario como el propio medio por el que puedo hacerlo. 

Esta tableta, un portátil o incluso el ordenador de sobremesa de toda la vida es capaz de hacer el milagro. Lo enciendes, te conectas, entras en la página de la editorial y lees, sueñas y decides si compras o no el libro (esto ya casi lo de menos). Ya no hay pereza en la ida a la librería y, además, una vez allí, aprovecharás para echar un vistazo más a fondo a otras obras con las que quizá no topaste en la web y que podrás oler a tu gusto sin pantallas de por medio, solo nariz con papel.

Mi última lectura de inicio ha sido esta mañana, temprano, cuando apenas había amanecido, y me he topado con Las chicas de campo, de Edna O'Brien, que Errata Naturae, una de mis deliciosas pero caras editoriales favoritas, ha publicado. Una lectura irlandesa que me ha vuelto loca y me ha impacientado. No he salido corriendo a comprar la obra porque otras me ocupan, pero el sabor de las primeras páginas, qué menos, me ha dejado el estado perfecto para desear leer y leer sin parada esta noche de sábado.


La idea de poder disfrutar online esas primeras páginas de una obra abren el apetito a la lectura, al mundo, y deberían potenciarse más entre los jóvenes a los que queremos inculcar un hábito a veces a golpe de martillo. Démosles a probar los comienzos de las mejores obras. Esforcémonos en buscarles el material, no nos empecinemos en que lean al completo, y con sólo 16 o 17 años un Quijote que no por experiencia vital ni por afinidad cultural van a comprender. Entreguémosles lo que buscan. De moda está el microrrelato, ¿por qué no hacer micronovela de esos comienzos magníficos?

Yo me apunto. Es un hábito mañanero maravilloso y una forma de saber qué se está publicando y de qué modo escribe un escritor concreto. No hay mejor reseña ni sinopsis que valga frente a esas benditas veinte primeras páginas. No hay mejor manera de entender de qué modo pueden los libros cambiar el mundo y trastornarnos de repente una mañana que leyendo.



Harriet o el terror basado en hechos reales

Mi sorpresa tras la lectura de Harriet vino no tanto por lo espeluznante de la obra en sí como por haberse basado en hechos reales y haber afectado estos de tal modo a la autora de la novela, Elizabeth Jenkins, que se vio obligada a no descansar hasta no terminar su narración de los hechos acaecidos en Inglaterra en 1877, a los que se denominó en la prensa como "el misterio de Penge".

Habitual en el grupo de Bloomsbury, aunque tratada con condescendencia por la propia Virginia Woolf, Elizabeth Jenkins, como la mayoría de los mejores y grandes autores, poseía, al parecer, una fuerte inseguridad ante su trabajo literario. Cuando en 1934 se publica Harriet, esta se convierte en una novela de éxito rápidamente, debido, probablemente, a que es una de las primeras, si no la primera novela basada en hechos reales. Es con ella con la que la autora gana el prestigioso "Prix Femina Vie-Heureuse", compitiendo incluso con Evelyn Waugh.

La novela narra la historia de Harriet Staunton, una modesta heredera con cierto grado de discapacidad mental apenas perceptible, a la que seduce un joven que no tiene dónde caerse muerto pero con el que se acaba casando.

La codicia, al principio, como narra la autora, y la pura y simple maldad después, llevan al marido, a su hermano, a la mujer de este y a su amante a torturar a Harriet, una vez celebrada la boda, para quedarse con todo su dinero.

Al principio no sentimos que sea tan terrible lo que está sucediendo y tenemos cierta lástima por Harriet, aunque también un cierto desprecio por su vanidad y su discapacidad, que la muestra, gracias al talento de la autora, estupidizada, molesta y algo odiosa, un incordio en la normalidad de los que la rodean. Pero a medida que los personajes se van mostrando como lo inhumanos y simples que son, empezamos a temblar junto con Harriet y todo lo que imaginemos entonces es superado páginas después con creces.

No os cuento mucho más de la novela para que podáis disfrutarla (no sé si es el mejor verbo) de una sentada. Es de esos textos que no admiten pausa y que indignan a medida que aumenta la tensión dramática y la tragedia se palpa. El terror está en que todo sucede en un entorno familiar en el que incluso hay niños deshumanizados, como los propios padres, que corretean por el escenario de la tortura de Harriet.


El retrato de la discapacidad de la víctima, el de sus torturadores y las últimas páginas de la novela, en las que se describen el juicio y los pensamientos de los culpables, que no entienden por qué se les juzga, si son ciudadanos normales, esa ausencia de discernimiento entre el bien y el mal, propio de los peores asesinos de la historia, constituyen las mejores partes de una novela con estilo y tono decimonónicos pero cargada de la modernidad de obras como A sangre fría.

Leedla, no tiene desperdicio. Se agradece esta nueva colección, Rara avis, de Alba Editorial, a través de la que están sacando a la luz estas joyas literarias desconocidas para la mayoría de los lectores.



miércoles, 25 de junio de 2014

Mi querida Ana María

Pensar en Ana María Matute es para mí como pensar en la amada madre de la infancia, la mujer de pelo cano que mi madre verdadera adoraba y cuyos libros me regalaba, incluso algunos tan poco infantiles como Los niños tontos, que llegó a mis manos como un extraño que se atrevía a ahuyentar  a los de mi especie con su solo título.  Esos niños que, es verdad, una vez leído el libro, eran estúpidos y se encontraban perdidos en aldeas de posguerra y hambre y entregados a una naturaleza despiadada y al desafecto del analfabetismo que nos aleja de la humanidad más básica.

Llegaron El polizón del Ulises y Solo un pie descalzo, que me conmovieron hasta el extremo, que me hicieron viajar por el libro y oler sus páginas de la edición de Lumen hasta aún muy mayor. Siempre eran sus historias algo más que cuentos infantiles, dejaban un poso trágico para que ya de pequeños supiéramos que la vida no siempre era perfecta, aunque fuéramos niños. 

La conocí finalmente hace unos pocos meses, en la entrega del Premio Primavera de Novela. Me cogió fuerte de la mano mientras yo le expresaba mi admiración. Era frágil y pequeñita y tenía ojos dulces de agua, como si acabara de ver algo maravilloso que le hubiera dejado la nostalgia de perderlo en la mirada. Me susurró varios gracias, me escuchó y se alejó despacito de la mano de la persona que había de ayudarla a caminar.

Escribo esta triste mañana de miércoles estas letras fuera de casa, pero cuando llegue a mi refugio, ya tarde, iré a la estantería a ojear los libros de Ana María, como hago cada vez que uno de estos amados escritores míos muere. No hace muchos días lo hice con Gabo. Son esos momentos de condolencia en los que me acerco a sus obras, las cojo y las observo pensando quizá que con ello pueda dejarlos ir sin desconsuelo, o no tanto, deseándoles un buen viaje allá donde vayan.


martes, 13 de mayo de 2014

A propósito de los libros que nos leían

Mi recuerdo de una lectura en voz alta de otro para entretenerme a mí es solo de los periodos de enfermedad en la niñez. No tengo en mi memoria más que esos extraños momentos en los que nos envolvían las sabanas, la fiebre, o ambas, y una voz amiga, de un familiar o amigo, nos arrullaba hasta caer en el sueño de nuevo, y apaciguaba así nuestro padecimiento.

Anoche asistí al teatro dispuesta a entregarme a un momento de escucha de la lectura de uno de mis clásicos favoritos, la gran novela española La Regenta, de Clarín, el Leopoldo Alas que humildemente se dirigía en misiva a Galdós para ponerle al tanto de su iniciativa de hacerse novelista y para contarle que tenía escrita esta magnífica obra que en su momento no fue apreciada como debiera.

Independientemente de las injusticias de la crítica a lo largo de la historia, de esa pérdida momentánea del sentido por parte de los contemporáneos de un autor para saber ver la genialidad (sí la vio Galdós, por cierto), lo que me llamó la atención ayer fue estar ante un actor escuchando únicamente. Cerré los ojos en muchos momentos y no por sueño sino por intentar captar el placer de la niñez entre las sábanas mientras escuchaba leer una de mis obras favoritas. Los textos de niña no pasaron de unos pocos cuentos de Andersen o Grimm. Pero oír de boca de Emilio Gutiérrez Caba el texto de Clarín fue más de lo que podía esperar.

Delicioso, acertado, nada exagerado, comedido en el tono, en el énfasis en los momentos más interesantes del texto, nos llevó de la mano a la Vetusta que duerme la siesta provinciana eterna y que acaba condenando a Ana Ozores por su adulterio. La Vetusta de anoche, que se me pintó aún más oscura y desabrida que como recordaba.

Me enamoraron de nuevo las palabras del gran novelista, esas frases armoniosas, demoledoras a veces en las detalladas descripciones de la ciudad y de sus hipócritas habitantes producto de una época pacata y hostil.

Volver a la escucha de la lectura de otros a través de La Regenta te hace comenzar la semana con mejor ánimo. Pocos momentos artísticos tan deliciosos he vivido en la capital. Creo que la iniciativa de la RAE de sacar a la calle las grandes obras de la literatura española leídas por grandes actores ha sido un acierto de lo más placentero.


jueves, 17 de abril de 2014

La pasión lectora que te debo

No es uno de esos retiro de escritor, no un aislamiento de unos días. Finalmente ha sido D.F. la encargada de acoger el último suspiro de Gabo.

Era cercano desde que tengo uso de razón, como uno más en casa. Mamá no se cansaba de elogiarlo. Gracias a ella aprendí a amarlo. Me costó, porque el primero que me hicieron leer en el instituto fue Crónica de una muerte anunciada y me resultó complejo, extraño para las lecturas decimonónicas tradicionales en las que me había educado y a las que estaba acostumbrada. Leer de pronto aquello no fue fácil. Me olía a sangre y me deslumbraba el sol cuando leí la novela. 

Después vinieron La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba. Fue mucho después cuando apareció Macondo y los Buendía llegaron a mi vida lectora, casi real. Con Cien años de soledad y el realismo mágico me hice mayor y entendí ese amor rabioso que solo ocurre a veces, y el amor más tierno de El amor en los tiempos del cólera.


Mucho que decir, que pensar. Gabo ha estado en cada etapa de mi vida y en cada una ha desempeñado la misma función, la de hacerme una apasionada lectora cada vez más apasionada, la de no entender la literatura más que a través del universo creador y creativo de este hombre que nos robó el corazón y un poco del alma. Cada nuevo libro, incluso los apuntes biográficos como Vivir para contarla o los textos puramente periodísticos, tenían esa fuerza humanizadora, grande, que nos arrastraba hasta que terminábamos la lectura. En épocas de sequía lectora siempre he recomendado su lectura. Los cuentos, prodigiosos, las novelas, más mágicas que realistas por lo posibles, cualquier ensayo... Incluso esos libros sobre el taller de cuentos que él mismo impartió. Supo cómo contarnos el cuento, y la historia que fuera era en sus manos arrolladora y nos dejaba sin aliento, días y días boquiabiertos, hojeando incrédulos las páginas leídas y preguntándonos, "¡pero cómo lo hace!". Yo aún no lo sé. No sé cómo consigue atraparnos, y no me convence ninguno de los ensayos críticos sobre su obra que hablan del estilo, los argumentos, etcétera. Tiene que haber algo más, un don que traspasa los cánones, como los que estos días celebramos que tuvieron Shakespeare y Cervantes. No habrá nuevos títulos que gozar. Gracias a que poseemos la relectura, bendita sea, como consuelo, para suplir la ausencia de todos ellos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Los espectros que nos hablan

Hay libros que poseen el don de emocionar una parte de nosotros que normalmente no queremos descubrir porque es la que marca los momentos de nostalgia y añoranza de lo que fue.

Leo Manazuru -subtitulada Una historia de amor- durante estos días y me encuentro con los fantasmas y las presencias nada tenebrosas que solo los creadores japoneses son capaces de reflejar.

Seres del más allá que caminan junto a nosotros para enseñarnos quiénes somos y quiénes fueron ellos y son ahora. Apariciones que no dan miedo porque parecen formar parte de nuestra vida y nos acompañan y nos dan pistas de qué hacer, hacia dónde dirigirnos.

Pero la novela no es un texto de fantasmas, o no del modo que podría imaginarse. Es una novela de ausencias, de desapariciones e intuiciones, del crecimiento de una niña y de un olvido. Es una historia de amor que termina bruscamente.

Una mujer es abandonada por su esposo. No deja señales, desaparece simplemente un día y no vuelve. 



La novela comienza años después, cuando Kei y su hija adolescente Momo, que era un bebé cuando su padre desapareció, viven más o menos plácidamente en Tokio junto a la abuela de la niña. Las tres componen escenas cotidianas hermosísimas, portadoras como son de tres generaciones. Esta frase describe a las tres mujeres preparando gelatina: Las manos que manipulan la comida, las arrugadas, las lisas y las que empiezan a perder firmeza, se rozan entre sí, se separan y se sobreponen.

Los hombres son la gran ausencia en la vida de las tres mujeres a pesar de la aparición ocasional del amante de la madre, un hombre casado que no quiere comprometerse con ella. De vez en cuando una presencia se cuela en la realidad de la protagonista e incluso de la hija, quizá el padre ausente que vuelve. Otras veces es una mujer la que acompaña a Kei y le enseña cómo ha de ver las cosas para olvidar y enterrar definitivamente al marido desaparecido. 

Manazuru es una especie de pueblo fantasma que actúa como el paisaje irreal donde la mujer acude para encontrar respuestas a su propia vida. Similar a la Comala de Rulfo, en la que los espectros se relacionan con los vivos de un modo casi natural. 

Hiromi Kawakami, de nuevo no pasa desapercibida ante mis ojos. Como en El cielo es azul, la tierra blanca, hay algo indescriptible que despierta los recuerdos del lector y que traza un paisaje, un recorrido, que describe de un modo sencillo, poco florido en estilo pero con fuerza y determinación, sin ambages. 


sábado, 8 de febrero de 2014

El inspector que vino del frío


Como amante y fan del personaje de Kurt Wallander no pude acabar mejor el año que adquiriendo la última novela protagonizada por el inspector y escrita por Henning Mankell, ese autor sueco, yerno de Bergman, el cineasta, y habitante, durante años, de África, donde descubrió su otra mitad y el lado más cruel del hombre, la humanidad despiadada. Su librito sobre el sida en el continente africano y su serie de novelas juveniles y adultas desarrolladas en África lo demuestran.

Mankell no inventó historias para su inspector, humano y creíble, y mitad él mismo, sino que tuvo que crearlo para poder contar esas historias que se anticiparon a los hechos reales que en muchos casos sucederían años después. Estas y otras reflexiones se reúnen bajo el título "Posfacio. Cómo empezó, cómo acabó y lo que ocurrió entretanto" en el último caso protagonizado por el inspector Kurt Wallander que acaba de publicar Tusquets. 

Lo que en el inicio fue una historia escrita únicamente para una editorial neerlandesa, se ha publicado ya al castellano. En esta novela, mucho más breve que las anteriores, el tiempo de la narración no coincide con el orden de publicación. Este nuevo caso se desarrolla entre octubre y diciembre de 2002, es decir, ocho años antes del tiempo que sucede en El hombre inquieto, de 2010, en el que nuestro querido inspector ha conseguido por fin tener la casa en el campo y el perro que toda su vida quiso.


Es emocionante sentir como en Huesos en el jardín, leída en estos días fríos de invierno -lo que me ha hecho sumergirme en esa Escania desoladora en los meses más duros del año e imaginar con mayor realismo cómo tiene que ser vivir allí y resolver casos atroces o escribir novelas- el inspector aún no sabe lo que nosotros ya sabemos que conseguirá, que su sueño de la casa se hará realidad años después. 

El agotado inspector vive en este nuevo episodio de su vida con su hija Linda en una extraña convivencia entre padre e hija, en la que los celos y las discusiones los asemejan a una pareja que  llevara años de relación, sin aguantarse pero sin dejar de necesitarse.


Con ese autoanálisis que caracteriza al personaje del inspector, este se pregunta cuándo cambiará su vida, si realmente lo hará algún día y de qué modo ocurrirá. De nuevo, el pensamiento sobre la soledad y la vejez. Hay una preciosa reflexión cuando el inspector visita a una mujer de edad avanzada a la que ha de interrogar con motivo del caso que lleva entre manos en ese momento: "Tenía la cara surcada de profundas arrugas que se hundían en la piel. Wallander pensó que era muy hermosa. Como el tronco de un árbol añoso. No era la primera vez que pensaba algo así. La idea lo sorprendió por primera vez mientras observaba el rostro de su padre. Existía una belleza que sólo la senectud podía otorgar. La vida entera podía leerse en los surcos de una cara". 



Me pareció profundamente conmovedora la reflexión del inspector, que empieza a plantearse su propia vejez, ese asomo de vida en lo que parece el fin y es el compendio. Es como si a partir del descubrimiento uno hubiera empezado realmente a hacerse mayor. ¿Y no es así? Qué mejor prueba de madurez que la del momento en la que observamos con serenidad y respeto la vejez y nos conmueve.

Es en este tipo de pasajes de las novelas del inspector donde Mankell despunta como narrador de lo cotidiano, como observador de una realidad del norte de Europa que es también la nuestra. No nos habla de hechos insólitos, aunque sí terribles y espeluznantes pero no por ello imposibles. 

Mankell nos ha enseñado, a través de los casos mostrados, una forma de ver el mundo y un análisis del alma humana. A los que amamos las novelas de detectives nos apasiona saber qué se esconde detrás de esas mentes perturbadas o criminales que cometen los actos más horribles. Seres que se encuentran junto a nosotros, en la cola del supermercado, en la butaca del cine, junto a la nuestra, dirigiendo un país... Esa es la empatía que la novela de detectives tiene con el lector. 


Mankell añadió, en un momento en el que no existía en nuestro país otro referente, la nieve sueca, el silencio perturbador, a sus escenas criminales, y esto nos sobrecogió doblemente a los de este lado de Europa de climas más apacibles. Ahora, después del boom de la narrativa sueca y nórdica de detectives, Mankell sigue siendo, sin embargo, el primero que nos conmovió, por el que conocimos las eternas noches heladas y el tuteo sueco aunque trates con desconocidos o personas mayores. Fue el que nos introdujo en un paisaje y una sociedad desconocida completamente para muchos de nosotros, con unas reglas, una forma de amar y de comportarse muy diferentes a las nuestras pero con el denominador común del criminal social, el mismo en ambas culturas, y los sentimientos de bondad, maldad y miedo a la muerte idénticos. 

Mi querido inspector Wallander, venido del frío, agotado por los excesos, con una diabetes que lo hace vulnerable y más tierno a nuestros ojos. El que ama ya tarde, el que vuelve a la tristeza de su piso y se abotarga en la soledad con una botella de vino y despierta en mitad de la noche con una idea para la resolución del caso, con una pista quizá únicamente. El susceptible que llora y reflexiona sobre un rostro poblado de arrugas y que aún recuerda a su padre, el pintor que pintaba urogallos. Ese es Kurt, Kurt Wallander, un nombre elegido por Mankell al azar en la guía telefónica el día en que lo inventó para nosotros y a través del cual nos contó su visión del mundo.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Las bibliotecas de los otros

Las bibliotecas de los otros son apetitosas como un plato que sabemos sabroso y que no hemos hecho nosotros. Es el tesoro guardado con celo que alguien ha recaudado para goce propio y de las visitas y nos lo dice todo sobre el propietario.

Durante las fechas navideñas ocurre que se hace tarde y las noches invernales son frías y poco dadas a los traslados de una casa a otra, así que cabe la posibilidad de que nos quedemos a dormir en casas donde antes no lo habíamos hecho. En algunos casos, la cama de invitados se encuentra en la biblioteca, como me ha sucedido a mí estas fiestas, y el placer de dormir en casa ajena, en sí mismo ya una aventura maravillosa, casi como estar de visita en una nueva ciudad o hacer turismo de fin de semana, se duplica con el acceso ilimitado en tiempo y en número a las obras literarias del dueño de la casa, a sus textos favoritos, a los volúmenes caprichosos que por azar o con verdadero interés encontró en esta u otra ciudad, en aquella librería perdida… Quizá incluso lo haya anotado en la primera página y no solo descubramos gustos literarios sino relaciones de mil años atrás.


Me encanta husmear en las estanterías de las casas, sí, me chifla. Me gusta dar un vistazo general y después detenerme en títulos concretos, en ediciones que nunca tuve y me asombran. Mi biblioteca, ordenada por géneros, hace que me sorprenda el orden libresco de los otros.

La Nochebuena, al término de una cena tranquila y familiar, me encontré husmeando al calorcillo de la casa dormida que me acogía esa noche, con la iluminación tenue de una lamparita pequeña, una excelente biblioteca ordenada por los países de origen de los autores.

Vagué de un lado a otro, abrí, olí, me detuve en contracubiertas, me paré en algunas frases excelentes y me quedé en El leopardo de la medianoche, la obra de un autor y periodista británico, James McClure, publicado por Funambulista, una novela negra narrada con una sintaxis cuidada, en la que cada palabra escogida con mimo, cada frase, cada gesto descrito son fundamentales para crear un ritmo loco en la narración. Me gustó.

Al día siguiente, después de un cariñoso y dulce desayuno con la familia, me llevé el libro a casa y ahí terminaré de disfrutarlo, porque si algo tienen las bibliotecas de los otros es el sabor del descubrimiento, de lo nuevo que siempre nos sorprende y que no concebimos cómo no leímos antes, cómo no cayó en nuestras manos otra noche de invierno.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Lecturas de Navidad

Las lecturas de Navidad son las lecturas junto al fuego, calentitos bajo una manta y dispuestos a dejarnos convencer hasta con la historia más disparatada.

Todo es posible en Navidad. La fantasía más extrema, los monstruos más espeluznantes, la más rocambolesca de las tramas. En Navidad queremos creer y volvemos a tener la ilusión –si queremos– de cuando éramos niños. A mí me dormía mi hermano Nacho la noche de Reyes para que no escuchara la “puesta” de regalos en el salón. Con la nieve, el frío y las luces se crea una belleza inusitada, la ciudad se vuelve más hermosa y todo es más llevadero estéticamente hablando, aunque poco o nada te interese la Navidad.

Para estas fiestas tengo pensado zamparme un menú realista y otro más fantasmagórico, plagado de fantasía. Quiero leer Las chicas de campo, que por fin me regalaron y que está a a la espera de ser leído en mi mesita de “las lecturas por hacer”, releer un cuento de Navidad escrito por Tolkien a sus hijos, los cuentos de Navidad de Dickens y una novedad de Impedimenta titulada La casa y el cerebro, que lleva como subtítulo Un relato victoriano de fantasmas. Dicen que se trata de la mejor historia de casas encantadas escrita jamás. Únicamente he leído las treinta primeras páginas en el PDF descargable que adjunta la editorial en su página web de novedades. Y la verdad es que promete.

A Edgar Wallace lo he leído antes de empezar las fiestas porque me quemaba entre las manos. El misterio de la vela doblada fue el título elegido, y ya estoy deseando leer más obras del autor, desconocido hasta el momento para mí. Dicen que fue el primer escritor británico de novela negra que utilizó policías como protagonistas en vez de simples aficionados ingeniosos. Es un tipo de lectura perfecta para la Navidad.


 


Los cuentos de Andersen y Grimm son siempre una apuesta segura para mis tardes de invierno o antes de irme a dormir. Con ellos, Lovecraft, Poe o los poetas románticos ingleses me mecen en la estación que está a punto de llegar. Mi imaginación se dispara y poco falta para que me encuentre en el pasillo oscuro con el fantasma de las Navidades futuras, que era el que más miedo me daba cuando me ponía en el lugar de Mister Scrooge.

No me importaría leer de nuevo Fortunata y Jacinta, puede que Frankenstein, e incluso Drácula sería perfecto para terminar el año.

Los días cortos de invierno con tan pocas horas de luz me llevan a querer sumirme aún más en la oscuridad de lo que la propia estación impone inevitablemente. Qué mejor que un volumen de relatos sobre las rodillas mientras en la calle solo los borrachos y los adolescentes se atreven a ocupar las aceras con gritos y blasfemias.

La lectura es, en Navidad, de los que amamos los libros, que abrimos y olemos con más parsimonia si cabe en estas fechas. Regalar un libro en Navidad me parece una tarea obligada porque no hay mejor que empezar el año con un nuevo autor descubierto gracias al regalo de otro o a la búsqueda que haga uno mismo entre las estanterías de una librería o biblioteca. Regalaos la paciencia para encontrar. La impaciencia y los descubrimientos son incompatibles.
 ¡Buena lectura navideña! 

martes, 1 de octubre de 2013

Otoños con bosques


La llegada del otoño de verdad, ese de las hojas marrones y colores ocres con lluvia, sol y fresco que altera el ánimo, me invadió el fin de semana en Segovia.

A los buenos amigos se unieron un par de conferencias y una insólita lectura en los Jardines del Romeral, propiedad de un particular que en esta ocasión se abrió a l público para dejarnos escuchar la lectura de dos escritoras entre los recovecos de árboles y caminitos llenos de piedras. Un gato siamés nos fue siguiendo, silencioso, mientras avanzábamos con las autoras y sus lecturas. A una de ellas, la que más me atrajo por actitud  y género -novela negra-, la empecé a leer anoche. Asesinatos en un bosque cerca de Pamplona, adolescentes entre las hojas húmedas, muertas, con las palmas de las manos hacia arriba, como si estuvieran cumpliendo la postura de un ritual.

Algo macabro quizá para algunos pero fascinante, en mi opinión, para comenzar esta estación temida en la que los cambios de temperatura y los desórdenes me desordenan. El fin de semana en una ciudad más pequeña que Madrid y transformada por el otoño me ha dejado en paz, con esa especie de parálisis relajada de la vuelta a un clima más húmedo y frío que invita a quedarse en casa, a pensar sin prisa, a mirar al techo, a adormecerse al caer la tarde.

Tras las buenas charlas y comidas con los amigos regreso a Madrid dispuesta a comenzar el octubre que siempre me desordena sin que consiga saber cómo soy capaz, un año más, de acostumbrarme a esta ciudad que me ciega y me arremolina por dentro, como si me cogiera y me elevara hasta marearme, pero a la que no dejo de querer. Siempre he sido fiel a mis sentimientos, supongo que será eso. Para este otoño, sin embargo, tengo ya un nuevo escenario, un bosque navarro que me sobrecoge en cada línea, en el que aguarda un asesino que aún no tiene rostro. Ya os contaré.

(Es Dolores Redondo la escritora, El guardián invisible su novela).

miércoles, 24 de julio de 2013

Las lecturas con sentido (en verano)

Hay veranos que recordaremos porque conocimos a alguien especial, otros porque viajamos a Egipto -por fin- después de llevar años queriendo ir. Y hay otros veranos, más sencillos, que recordaremos por lo que leímos, por el libro que descubrimos sin querer.

Hace cinco años -veranos- me operaron de apendicitis, y en la convalecencia obligatoria en casa cayó en mis manos Los hombres que no amaban a las mujeres, y la segunda y la tercera parte, después, cuyo fin me dejó vacía en septiembre, sin ánimo para leer ni para nada. Solo quería un poco más, como la yonqui que ya era, necesitada de las palabras de Larsson, de las de algún otro que supiera mantener mi atención, mis ganas y no permitirme más que pensar en los personajes como seres vivos que me podría encontrar a cada paso y que me gustaban u odiaba. Estaban vivos y yo con ellos. Me sentía partícipe de una aventura emocionante, como cuando leía a Julio Verne o a Conan Doyle.

Este verano, en otra de esas azarosas casualidades, ha caído en mis manos La verdad sobre el caso Harry Quebert de un tal Joël Sicker, al que no conocía de nada. Me dejé llevar por esa cantidad de premios otorgados y por la crítica de algunas de las más prestigiosas revistas de crítica literaria, y empecé a leerlo.

Lo primero que me llamó la atención fue el tono sarcástico, rozando la impertinencia y el absurdo a ratos, que manejaba el autor, así que empecé a entrar en el juego sin querer, sin saber muy bien si debía creerme el drama o la broma, ambos en constante movimiento apareciendo y desapareciendo en la narración. No hubo ni un asomo de duda, de descanso placentero. Me despertaba deseando continuar, me acostaba agotada del mundo visitado aquella noche.

Una ciudad americana con vecinos aparentemente sencillos y normales se ven implicados poco a poco en un crimen del pasado que vuelve loco a un escritor en pleno periodo de sequía literaria.

No cuento más. Leedlo, devoradlo, dejaos llevar por la prosa, la metaliteratura a cada paso, la sensibilidad para narrar el mundo que nos rodea de la manera más simple pero sin obviedades.
Lectura veraniega, perfecta para los que tengáis muchos días por delante en los que el tiempo fluye sin prisa, como el estío.