Tengo una lista de libros que regalar, de esos especiales que valen para múltiples gustos y lectores. La lista va creciendo, lógicamente, pues la voy llenando con el paso de los años, y en consecuencia de las lecturas. Tiro de ella cuando no sé qué libro le gustará a este amigo o al amigo de un amigo, en cuya celebración de cumpleaños caigo por casualidad.
Uno de los primeros es el Libro del desasosiego. Es para personas que ya hayan leído poesía o reflexiones vitales intensas como las del escritor portugués. Como creo que ya he hablado de él en otra ocasión, no me detengo demasiado, solo decir que es delicioso y que en algún momento encontraréis afinidades con vosotros mismos, como en todas las grandes obras.
Otro de los libros que me encanta regalar es 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, que todo aquel que ame los libros y las librerías sabrá apreciar.
Un libro que me trastornó y me emocionó profundamente fue Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuatro relatos de la Guerra Civil Española que pinta a la perfección, entre la realidad y la magia, un mundo muy peculiar, y refleja el caos y el horror sin estridencias ni mal gusto.
Especial y sencillo, de fácil lectura y trama hábil es Lady L, de Romain Gary, en el que la seducción de una mujer lo hace todo posible. En esta línea, Madame Bovary estaría en la lista y sin embargo no me atrevería a regalarla porque se trata de un clásico tan clásico que o lo tienes de siempre en tu estantería o lo tuviste que leer a la fuerza en el colegio y no te gustó.
De poesía, José Hierro y su Alegría o el Nada grave de Ángel González. Cualquier poemario de Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero o Antonio Colinas. Me dejo muchos, pero hay que elegir.
Son solo algunas ideas, pero qué demonios, este año se celebra el 450 aniversario del nacimiento de Shakespeare y mañana el Día del Libro un año más, que coincide (solo en teoría) con el fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso, aunque como sabéis las fechas no son exactas pues Cervantes murió en realidad el día 22 aunque fue enterrado el 23, y Shakespeare murió el 23, sí, pero del calendario juliano, no del gregoriano. En este último, correspondería al 3 de mayo. Un lío, vamos. Que cuando queremos que coincidan las celebraciones, coinciden, pero traídas un poquito por los pelos.
En fin, que yo también regalaría Hamlet en una buena traducción, El Quijote en la edición de Castalia o la del 4º Centenario que editó la RAE, con las notas de Rico. Y por último, una novela de Dickens, Historia de dos ciudades o Grandes esperanzas.
Los clásicos no fallan jamás y hay que leerlos, hablan de lo de siempre, de lo que todos conocemos y queremos que nos cuenten de ese modo especial que solo algunos son capaces de reflejar.
Felicísimo Día del Libro a todos.
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
martes, 22 de abril de 2014
¿Y qué libro regalo?
Etiquetas:
Alberto Méndez,
Cervantes,
Día del Libro,
José Hierro,
Lectura,
libros,
Madame Bovary,
Pessoa,
poesía,
Quijote,
Shakespeare
martes, 21 de enero de 2014
Leer para sobrevivir
No recuerdo todos los detalles de mi primer encuentro con Mankell, solo sé que desde el primer título que leí (creo que fue El hombre sonriente o Pisando los talones) me quedé enganchada no tanto por la prosa como por las tramas. Quería saberlo todo de esos seres despiadados, asesinos en serie, en muchos casos gente corriente que podría estar conviviendo con nosotros. Y entonces, además, no era muy común que uno leyera una novela policiaca que se desarrollara en los desolados paisajes blancos suecos. El desaliento de la trama aumentaba con el silencio implícito al lugar, con la nieve.
Después Mankell te adentraba en los primeros capítulos describiendo los últimos movimientos de la víctima antes de que el asesino le segará la vida, o en la tarea cotidiana y común del asesino, lo que hace cuando no mata, por decirlo de un modo sencillo. Ese primer o primeros capítulos de sus novelas abren una infinidad de posibilidades, sugieren, intrigan y nos dan pistas para seguir y no parar hasta el final.
En resumen, esto es lo que me fascinó de Mankell cuando lo descubrí en los 90. Desconocía, sin embargo, su etapa africana, su convivencia de autor policiaco con cuentista casi infantil, con cronista de la África en la que vive y adora. No lo imaginaba tampoco escribiendo y dirigiendo obras teatrales en este continente. Y lo último que podía esperar de un autor tan encasillado en mi cabeza en el género policiaco, era que estuviera profundamente interesado en la sociedad africana, en su supervivencia, en sus costumbres, en su particular y terrible lucha contra el sida.
Como señala Desmond Tutu en el prólogo a Moriré pero mi memoria sobrevivirá -Una reflexión personal sobre el sida-, Mankell ha intentado acercar dos continentes tan distintos como Europa y África para una comprensión cultural de las gentes de ambos mundos. Por ello se le concedió en
2004 el Premio a la Tolerancia en Alemania.
Mankell describe en la obra, de un modo entre poético y realista, la historia de Cristine y su hija Aida. Cómo la pequeña planta un mango en un rincón del huerto africano, bien protegido para que no se lo coman los cerdos. En este acto simbólico del crecimiento de la vida, la niña parece querer contrarrestar la muerte que acecha en su madre infectada por el virus del sida. En medio, numerosas anécdotas durante el viaje a través de cuya narración Mankell reflexiona sobre la peor pandemia de los últimos años. Por qué unos mueren y otros se curan por el simple hecho de haber nacido en lugares de la tierra diferentes. Por qué es tan importante la educación en la superación de la enfermedad. Cito: "Aprender a leer y escribir [en África] es aprender a sobrevivir. Porque, si no, ¿cómo puede uno informarse de cómo se contagian las enfermedades?". Qué cierto.
Los denominados "libros de recuerdos", a través de los cuales los enfermos del sida dejan memoria de su vida a sus seres queridos para que estos los recuerden cuando hayan muerto, son el ejemplo gráfico de lo terapéutico de narrar, de contar. Uno está vivo cuando puede contar cómo ha vivido, estoy convencida de ello. Y en caso de no saber escribir, como menciona Mankell que sucede en muchos casos en África, siempre están los objetos, las fotografías, una Polaroid para cada enfermo con la que pueda improvisar y detener el tiempo inmortalizando la imagen que le resulté más elocuente, explicar quién es a través de las fotos, del bichito aplastado contra el papel, de la hoja de un árbol concreto pegada en una página del cuaderno junto a una foto. Dice tanto de uno lo elegido para que permanezca... La foto de un momento y no de otro parecido, de un rostro concreto.
Hay muchas maneras de comunicar, no solo la palabra es el medio. Los enfermos ven aliviados en parte sus sufrimientos gracias al periodo de elaboración de su libro de recuerdos, el que sus herederos leerán como un legado mágico para conocer de dónde proceden. El que quizá en el futuro sea memoria de toda la humanidad y sea lo único que nos sobreviva.
Etiquetas:
Crítica,
Henning Mankell,
libros,
Reseña
lunes, 16 de diciembre de 2013
Lecturas de Navidad
Las lecturas de Navidad son las lecturas junto al fuego,
calentitos bajo una manta y dispuestos a dejarnos convencer hasta con la
historia más disparatada.
Todo es posible en Navidad. La fantasía más extrema, los
monstruos más espeluznantes, la más rocambolesca de las tramas. En Navidad
queremos creer y volvemos a tener la ilusión –si queremos– de cuando éramos
niños. A mí me dormía mi hermano Nacho la noche de Reyes para que no escuchara
la “puesta” de regalos en el salón. Con la nieve, el frío y las luces se crea
una belleza inusitada, la ciudad se vuelve más hermosa y todo es más llevadero
estéticamente hablando, aunque poco o nada te interese la Navidad.
Para estas fiestas tengo pensado zamparme un menú realista y
otro más fantasmagórico, plagado de fantasía. Quiero leer Las chicas de campo,
que por fin me regalaron y que está a a la espera de ser leído en mi mesita de
“las lecturas por hacer”, releer un cuento de Navidad escrito por Tolkien a sus
hijos, los cuentos de Navidad de Dickens y una novedad de Impedimenta titulada La casa y el cerebro, que lleva como subtítulo Un relato victoriano de fantasmas. Dicen
que se trata de la mejor historia de casas encantadas escrita jamás. Únicamente
he leído las treinta primeras páginas en el PDF descargable que adjunta la
editorial en su página web de novedades. Y la verdad es que promete.
A Edgar Wallace lo he leído antes de empezar las fiestas
porque me quemaba entre las manos. El
misterio de la vela doblada fue el título elegido, y ya estoy deseando leer
más obras del autor, desconocido hasta el momento para mí. Dicen que fue el
primer escritor británico de novela negra que utilizó policías como
protagonistas en vez de simples aficionados ingeniosos. Es un tipo de lectura
perfecta para la Navidad.

Los cuentos de Andersen y Grimm son siempre una apuesta
segura para mis tardes de invierno o antes de irme a dormir. Con ellos,
Lovecraft, Poe o los poetas románticos ingleses me mecen en la estación que
está a punto de llegar. Mi imaginación se dispara y poco falta para que me
encuentre en el pasillo oscuro con el fantasma de las Navidades futuras, que
era el que más miedo me daba cuando me ponía en el lugar de Mister Scrooge.
No me importaría leer de nuevo Fortunata y Jacinta, puede que Frankenstein,
e incluso Drácula sería perfecto para
terminar el año.
Los días cortos de invierno con tan pocas horas de luz me
llevan a querer sumirme aún más en la oscuridad de lo que la propia estación
impone inevitablemente. Qué mejor que un volumen de relatos sobre las rodillas
mientras en la calle solo los borrachos y los adolescentes se atreven a ocupar
las aceras con gritos y blasfemias.
La lectura es, en Navidad, de los que amamos los libros, que
abrimos y olemos con más parsimonia si cabe en estas fechas. Regalar un libro
en Navidad me parece una tarea obligada porque no hay mejor que empezar el año
con un nuevo autor descubierto gracias al regalo de otro o a la búsqueda que
haga uno mismo entre las estanterías de una librería o biblioteca. Regalaos la
paciencia para encontrar. La impaciencia y los descubrimientos son
incompatibles.
¡Buena lectura navideña!
Etiquetas:
Creación,
Cuento,
lecturas,
Lecturas de sofá,
libros,
Literatura,
Parole,
reflexiones,
Reseña,
Terror
viernes, 20 de septiembre de 2013
La solterona
Cuando leí La edad de la inocencia me quedé fascinada por la modernidad que respiraba la novela. El ritmo de la voz del narrador quedó grabado en mi cabeza y marcó, a su vez, el ritmo de mi primera novela. Cuando la escribí tenía esa voz dentro de mí, como si fuera la guía que me iba dictando el texto. Gracias a aquella lectura y a la excelente adaptación cinematográfica de la misma, conseguí encontrar un tono adecuado para lo que quería contar.
A diferencia de lo que sucede casi siempre cuando ves una película adaptada de una gran obra literaria -no te gusta, es mala, no emociona, no se parece en nada al texto original- la película me cautivó. Está muy bien ambientada, muy bien elegidos los actores y contada sin faltar el dramatismo y las dosis de realidad, entre ellas la de la hipócrita y puritana sociedad neoyorquina de mediados del XIX que tan poco tiene que ver con la modernidad que caracterizó no tantos años después a esa ciudad incomparable.
No había leído nada más que algún breve ensayo antes de afrontar la lectura, hace unos días, de La solterona, un texto magnífico que si bien no llega al nivel de La edad de la inocencia, alcanza una elegancia en la prosa y en el planteamiento de las emociones y el acontecer vital de las mujeres en la sociedad del XIX que nos deja una sensación gratificante y amarga al mismo tiempo.
Gratificante porque somos capaces de ver y de entender un periodo histórico fascinante, en esa transición a la industrialización y a la modernidad a través de una prosa brillante durante cuya lectura puedes sentir la opresión, ver a la solterona Charlotte, encogida, crispada y altanera a un tiempo, rodeada de la locura provocada por una madurez llena de reproches y contención.
Amarga, ya que la tragedia personal de una madre soltera que ha de ocultar su estado acaba creando una trama delirante de mentiras, secretos, enrevesados avatares hasta el punto de negarse a sí misma y para siempre Charlotte su condición de madre, sus sentimientos amorosos hacia la hija, que presta hacia ella la atención que se le daría a esa tía soltera sin experiencia que nos abraza, amorosa, mientras nosotras solo queremos liberarnos y escapar del olor a naftalina y moho que desprende su cuerpo.
Pocas experiencias literarias me han resultado tan emotivas como esta, que me lleva a las lecturas galdosianas, a Fortunata en su pérdida de la maternidad debido también a una sociedad pacata e injusta, tan provinciana como la que presenta Warthon en su novela. Las mujeres "honradas" eran las únicas que podían permitirse disfrutar plenamente de sus bebés y de su experiencia como madres. El resto solo tenía dos opciones, o hacer desaparecer el bebé antes del nacimiento con riesgo grave de su propia vida o tenerlo y entregarlo en adopción o a un miembro de la familia que sí hubiera contraído matrimonio y por tanto estuviera en situación de criar un bebé.
Los tiempos han cambiado y leer esto despierta unas ansias enormes de justicia, de la que le debemos a tantas mujeres desarraigadas de sus criaturas, de tantas a las que despectivamente se ha denominado "solteronas", como si su elección fuera una tara y no un privilegio, una liberación que las mantenía alejadas de los dominios del hombre y dueñas, ellas sí, de su vida, sin intermediarios que las obligaran a aparecer bellas sin más y con el único fin de ser expuestas como trofeos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


