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lunes, 16 de diciembre de 2013

Lecturas de Navidad

Las lecturas de Navidad son las lecturas junto al fuego, calentitos bajo una manta y dispuestos a dejarnos convencer hasta con la historia más disparatada.

Todo es posible en Navidad. La fantasía más extrema, los monstruos más espeluznantes, la más rocambolesca de las tramas. En Navidad queremos creer y volvemos a tener la ilusión –si queremos– de cuando éramos niños. A mí me dormía mi hermano Nacho la noche de Reyes para que no escuchara la “puesta” de regalos en el salón. Con la nieve, el frío y las luces se crea una belleza inusitada, la ciudad se vuelve más hermosa y todo es más llevadero estéticamente hablando, aunque poco o nada te interese la Navidad.

Para estas fiestas tengo pensado zamparme un menú realista y otro más fantasmagórico, plagado de fantasía. Quiero leer Las chicas de campo, que por fin me regalaron y que está a a la espera de ser leído en mi mesita de “las lecturas por hacer”, releer un cuento de Navidad escrito por Tolkien a sus hijos, los cuentos de Navidad de Dickens y una novedad de Impedimenta titulada La casa y el cerebro, que lleva como subtítulo Un relato victoriano de fantasmas. Dicen que se trata de la mejor historia de casas encantadas escrita jamás. Únicamente he leído las treinta primeras páginas en el PDF descargable que adjunta la editorial en su página web de novedades. Y la verdad es que promete.

A Edgar Wallace lo he leído antes de empezar las fiestas porque me quemaba entre las manos. El misterio de la vela doblada fue el título elegido, y ya estoy deseando leer más obras del autor, desconocido hasta el momento para mí. Dicen que fue el primer escritor británico de novela negra que utilizó policías como protagonistas en vez de simples aficionados ingeniosos. Es un tipo de lectura perfecta para la Navidad.


 


Los cuentos de Andersen y Grimm son siempre una apuesta segura para mis tardes de invierno o antes de irme a dormir. Con ellos, Lovecraft, Poe o los poetas románticos ingleses me mecen en la estación que está a punto de llegar. Mi imaginación se dispara y poco falta para que me encuentre en el pasillo oscuro con el fantasma de las Navidades futuras, que era el que más miedo me daba cuando me ponía en el lugar de Mister Scrooge.

No me importaría leer de nuevo Fortunata y Jacinta, puede que Frankenstein, e incluso Drácula sería perfecto para terminar el año.

Los días cortos de invierno con tan pocas horas de luz me llevan a querer sumirme aún más en la oscuridad de lo que la propia estación impone inevitablemente. Qué mejor que un volumen de relatos sobre las rodillas mientras en la calle solo los borrachos y los adolescentes se atreven a ocupar las aceras con gritos y blasfemias.

La lectura es, en Navidad, de los que amamos los libros, que abrimos y olemos con más parsimonia si cabe en estas fechas. Regalar un libro en Navidad me parece una tarea obligada porque no hay mejor que empezar el año con un nuevo autor descubierto gracias al regalo de otro o a la búsqueda que haga uno mismo entre las estanterías de una librería o biblioteca. Regalaos la paciencia para encontrar. La impaciencia y los descubrimientos son incompatibles.
 ¡Buena lectura navideña! 

sábado, 13 de julio de 2013

El fuego de Yourcenar

Hay fuegos difíciles de apagar. Llamas y amores que se inflaman con el despecho e incluso, quién lo diría, con el tiempo, que es mentira que lo cura todo, más bien al revés, incendia almas y aviva recuerdos porque es humano idealizar lo ya vivido y reconciliarse con los hechos pasados dolorosos para poder seguir viviendo.

No hay amor sin fuego, sin arrebato, sin lágrimas. Sin dolor, en algún momento de su existencia. Escribe Marguerite Yourcenar en lo que podría considerarse un ensayo poético sobre el amor y el desamor, y quizá su mejor obra, Fuegos, lo siguiente: "No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo horrible".

La crisis vital que le produce la pasión no correspondida por su editor, la llevan a escribir en prosa, pero de manera profundamente poética, y tomando como punto de partida algunos de los mitos griegos más apasionados, narraciones incendiadas en las que hay mucho de la historia contemporánea que la rodeaba. Nueve deliciosas piezas salpicadas en los intermedios por pensamientos y reflexiones más breves sobre el sentimiento amoroso y el desgarro producido por el desamor.


Anoche, en Mérida, tuve la oportunidad de escuchar a Yourcenar mientras contemplaba las estrellas y los hermosos restos del pasado se recortaban en un cielo azul oscuro. Una brisa suave, cálida, llegaba para estremecerme en cada frase, con cada grito. Espléndidas actrices, lejanas y solo vislumbradas desde donde las observaba, pero con voces claras que me permitían no perderme ni una palabra, iban dejando el texto en el escenario. 
Las palabras de Yourcenar se me colaron en el alma sin remedio: "Uno solo muere cuando está solo". 

Anoche, y aun acompañada, estaba sola. Esa soledad única en la que la belleza de un momento es tu única compañera. Hay lugares en los que uno no se siente solo aunque nunca antes hubiera estado ahí, con la sensación de conocer el espacio desde hace siglos, el lugar perfecto para tenernos retenidos un tiempo, el que dure la visita, la experiencia. Desde lo más alto del anfiteatro imaginaba a hombres y mujeres de otra época escuchando las palabras, el verbo, de actores cubiertos de maquillaje y máscaras. Cuando te unes de este modo a un lugar, los pequeños problemas cotidianos, e incluso el amor o el desamor doliente que ayer tanto te hirieron, pasan a un segundo plano.

"Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. Tengo miedo de no saber cómo arreglármelas con mi dolor". Una actriz recita así a Yourcenar, y la frase me arranca lágrimas. Es como una oración para aliviar el desconsuelo. Así la siento y la interiorizo. Aún conmocionada, tengo la certeza de que a veces uno va a encontrar las respuestas que le devolverán la paz en los lugares más insospechados. 

Mérida me reconcilia conmigo misma esta noche franco-romana y atemporal.


lunes, 10 de junio de 2013

Los descubrimientos inesperados: Etgar Keret, "De repente llaman a la puerta"


Una mañana lluviosa de esta primavera entré con mi hermana en una librería del centro de la ciudad donde solemos ojear entre las mesas de novedades y oler los libros apetecibles.

Cada editorial tiene un olor, y últimamente es Siruela la que más me gusta por la textura de sus papeles, sus efluvios de tinta y sus preciosas portadas. Por este último motivo me detuve, precisamente, aquella mañana ante un ejemplar muy colorido con la cara de un hombre en primer plano, la mitad del rostro cubierto por unas enormes gafas de buceo en las que se ha quedado atrapada una buena cantidad de agua y unos pececillos rojos, que se pasean ante sus ojos y su rostro de resignación.

Abro el libro De repente llaman  a la puerta, que así se titula, por una página al azar, y lo huelo para familiarizarme. Ya esto me hipnotiza. Después, empiezo a leer. Son la mayoría cuentos cortos y disparatados con elementos de verdad, cotidianos, lo que hace más absurda su transgresión. Como dijo Borges de los cuentos de Cortázar, “El prodigio requiere esos pormenores”.

De Cortázar, precisamente, tiene mucho Keret. Como en el mundo del primero, la realidad cotidiana se ve alterada por azares absurdos aunque posibles en una pesadilla surrealista. Las historias podrían ocurrir, en parte, en cualquier lugar del mundo, pero no siempre. Y es que algunas de ellas solo son posibles en Israel, de donde es el autor recién descubierto en un maravilloso momento inesperado, una mañana de husmeo en librería.


La irrupción de lo absurdo en una escena aparentemente trivial es muy propio de los cuentos de Cortázar. No concebimos que algo loco pueda ocurrir en la “normalidad” que respira la escena descrita que dará pie al resto de la historia. Y así sucede también en los cuentos de Keret. Érase una vez, por ejemplo, un hombre que tenía una almorrana, y del mismo modo que otros escuchan a su conciencia, él escucha a su almorrana para tomar decisiones importantes, casi siempre caracterizadas por la tiranía y el maltrato, que es el espíritu de la almorrana. Al final, la almorrana crece y crece. Tanto, que la historia da un giro completo y érase entonces una almorrana de la que colgaba un hombre que, después de todo, le daba buenos consejos para la toma de decisiones.

Es así cómo Keret se queda con nosotros. Delicioso, sencillo en apariencia, los relatos se suceden con el fondo violento, a veces únicamente complejo, del país al que pertenece. En ellos las contradicciones morales y vitales están siempre empañadas por la emoción. 

Es un autor sincero, irónico y triste a veces, con esa especie de desolación que solo alcanza a los que se paran a pensar en lo que les rodea, hasta el último detalle, como la mayoría de los buenos artistas judíos. Al leerlo nos encontramos pensando en nuestros propios descubrimientos cotidianos y los imaginamos materia de cuento y cómo serían si estuvieran contados por el autor hebreo. Acabamos pensando keretianamente y viendo el mundo desde los ojos fascinantes de este entusiasta de la vida que adora a su madre por ser una superviviente. En la calleja por la que ella cruzaba para escapar de los nazis en el gueto de Varsovia, un arquitecto admirador de sus cuentos le ha construido y dedicado a Keret la casa más estrecha del mundo como símbolo de la brevedad de sus relatos. 

Escritor de cuentos cortos y de guiones, director de cine... declara, sin embargo, que hace menos de lo que podría aunque con sus historias sienta que se aproxima, de algún modo, a algo que no sabe qué es pero que es grande, como lo sería “comprender a los peces antes de morir”.  


domingo, 21 de abril de 2013

PINCELADAS: La noche de los tiempos

Una novela de Antonio Muñoz Molina



Una vez España se hizo noche y los unos mataron a los otros. 
Cuando estés leyendo la obra tendrás el mismo calor que en el Madrid de julio de 1936.

Todo es pegajoso. La infidelidad del protagonista es la libertad. Su matrimonio, la cárcel, como la España fascista que cambió la historia.
 
Te evocará imágenes de películas americanas antiguas con valores morales elevados como los del personaje de Rick en Casablanca.

No esperes solo una novela sobre la Guerra Civil española. Es una hermosa novela realista de amor con tintes de novela moderna y la puntuación justa para que todo parezca un monólogo y la carga de la guerra resulte insoportable.

Léela si quieres conocer la historia. La de por qué España oscureció y no volvió a amanecer hasta veinte años después. la del amor entre el arquitecto Ignacio Abel y la norteamericana Judith Biely.

El momento: Léelo con muchas horas por delante, una de esas tardes de verano después de la siesta, en las que parece que el tiempo se hubiera detenido.


domingo, 14 de abril de 2013

PINCELADAS: Cien años de soledad

Una novela de Gabriel García Márquez


Macondo es un lugar imaginario, una de las más famosas fantápolis de todos los tiempos. (Las fantápolis son ciudades que no existen pero lo parecieran por lo bien descritas que están en las novelas o cuentos donde nacieron).


Lo más parecido a la lectura de la obra es bañarse desnudo en un mar cálido durante la adolescencia junto a la persona amada. Pero con la prohibición de tocarse.


Léela si te apetece sentir que tú mismo podrías escribir como Gabo por lo sencillo que hace que parezca, lo que provoca una lectura imparable, sin pausas,mientras el árbol genealógico de los Buendía crece.


A ratos puedes tener ganas de llorar o de que algunos de los personajes mueran, incluso de que alguno no muera nunca, y como se trata de realismo mágico, todo puede suceder. (El realismo mágico es como la realidad pero con elementos fantásticos, imposibles, que la hacen mucho más interesante que la realidad que todos conocemos).


El momento: Durante las vacaciones de verano o en los comienzos de la primavera y a ser posible al aire libre o en un lugar con mucha luz natural, tanta que casi te ciegue.

domingo, 7 de abril de 2013

PINCELADAS: A sangre fría

Una ficción novelesca de Truman Capote.


Están todos muertos y tú no puedes evitarlo. 

Cualquier cosa puede suceder en ese mundo extraño que es el espacio de la novela.

No creo que parezca una crónica periodística, creo que es de las primeras obras que se adelantaron a las modernas películas de psicópatas en las que hay que “mirar” con atención porque cada detalle es importante para darle sentido al conjunto.

No lo abras si no estás seguro de querer leer algo tan extraño que te perturbará un tiempo.

El autor consigue que no puedas apiadarte de los asesinos pero que tampoco los odies.

El estilo es único, lee cada párrafo con atención.

La sensación al terminar la obra es que si existió alguna vez un Dios que nos amparara, nos ha abandonado definitivamente.

El momento: Una noche de insomnio de cualquier estación cálida y, a ser posible, en el mayor de los silencios.

miércoles, 3 de abril de 2013

Los descubrimientos inesperados: "El mecanismo del miedo" o por qué es bueno estremecerse ante las historias de fantasmas

En el pasado 2012, la editorial Random House Mondadori publicó una novela juvenil -es una delicia también para adultos, obviemos las clasificaciones- llamada El mecanismo del miedo, de la escritora veracruzana Norma Lazo, un agradable descubrimiento de las últimas semanas. Como en el anterior hallazgo del que recientemente escribí, me llevó a ella otro medio, el fascinante programa de radio Horroris causa, emitido desde México D.F., cuyos podcast me descargo en el iTunes y a cuyos invitados, los "doctores" del miedo, conozco y sigo ya desde hace más de dos años. En él se desmenuzan temas terroríficos en el cine y la literatura y siempre puedes disfrutar de la visita de un especialista del tema a tratar cada semana. Sobre Norma Lazo leí la recomendación de esta obra en el blog del programa.

Después de buscarla editada en papel infructuosamente no me quedó más remedio que comprarla en versión digital para mi libro electrónico. No me equivoqué. La gran ventaja que me ofreció la editorial fue poder descargarme el primer capítulo para adivinar el tono y el estilo. Si tienes intuición y sabes reconocer a un buen autor en pocas páginas, es un sistema que funciona muy bien para decidirse por la compra o el descarte de una obra.

Lo leí, me impactó y días después, de cara a la Semana Santa, lo tenía guardado en mi pequeño devorador portátil dispuesta a leerlo lo antes posible. Acababa de terminar una novela excelente (mi primer descubrimiento inesperado), así que tenía cierto miedo a que este nuevo libro no estuviera a la altura. Después, sin embargo, de una media hora de lectura, estaba absorbida por la prosa peculiar, excesivamente correcta, quizá, a ratos, y sencilla para llegar a los más jóvenes, que caracteriza la obra.

Se trata de una historia de terror salpicada de manera deliciosa por un léxico puramente mexicano que me conmovió, pues posee esa dulzura y sonoridad de términos españoles arcaicos de otros tiempos y palabras absolutamente desconocidas en el español ibérico y preciosas como "desmañanadas" (madrugones).

La niña protagonista se traslada a vivir junto a su madre al caserón de su abuela en un pueblo donde cada día hay nuevos niños desaparecidos. La enorme casona tiene una biblioteca con libros muy antiguos en los que la abuela se pasa horas leyéndolos, tocándolos y restaurándolos -y juraría que oliéndolos, pero esta es una impresión muy personal, en ningún momento se menciona-. Es una lectura que transmite un profundo amor y respeto por los libros, por cómo han de tratarse y el cuidado que hay que tener al abrirlos y manejarlos, sobre todo cuando tienen años y son frágiles y más valiosos. Me encanta cómo la autora introduce a los más jóvenes en la lectura de los clásicos citando textualmente famosas obras del género. Así, aparecen fragmentos de El Horla,  Otra vuelta de tuerca o Frankenstein, y referencias constantes a muchos otros autores y obras de horror como El almohadón de plumas, de Quiroga, uno de mis relatos de terror preferidos.



El mecanismo del miedo se activará cuando en la lectura de esas obras se sienta miedo. Miedo a lo desconocido, a lo innombrable que vive cerca de nosotros, a las presencias del más allá que pueden aparecer en cualquier momento a nuestro lado. Y es que el miedo en la novela nos salva de los terrores humanos, reales, de los provocados por el mal que parte del ser humano y aniquila, el que en la obra se lleva a los niños de sus casas. El miedo "bueno" es el que activa el mecanismo que está oculto en el ático de la casona. El "malo", el que hace que perdamos la inocencia y la fantasía y la capacidad de imaginar y aun siendo niños parezcamos señores por haber sabido de la maldad humana.

En periodos de batallas, los espectros permanecían al acecho deseando salir. Su miedo había sido suplantado por el que provocaban las guerras y los desastres producidos por el hombre. Los escritores contribuyen en la novela a provocar ese miedo bueno que nos salva de la pérdida de la inocencia. Todos los grandes autores mencionados en la obra saben de la importancia de su tarea y se esmeran en inspirar miedo en sus obras para activar el "mecanismo". Es, al menos, lo que la abuela bibliófila cuenta a su nieta mientras aún lleva esos finos guantes con los que pasa las páginas de los libros para no dañarlos.

Es una novela destinada a todos aquellos que aman los libros, la literatura y se estremecen ante el placer de la lectura. Creo que de niña -pongamos que a los trece o catorce años- habría querido leer un libro como este. Como la protagonista, me hubiera gustado leer en voz alta a mis amigos los episodios más sobrecogedores de los libros de mi biblioteca y haberles hecho temblar entre las sombras de mi cuarto a última hora de la tarde. De momento, me conformo con imaginármelo y haber recibido este regalo en la edad adulta.


domingo, 14 de marzo de 2010

La máquina del tiempo

Después de tantos intentos infructuosos por parte de científicos e ingenieros, la máquina del tiempo había funcionado.
Intenté explicar al primer humano que me encontré de dónde venía y lo que me había llevado hasta allí. El sol me daba de lleno y la piel empezaba a achicharrárseme. El habitante parecía llevar una fina capa de una especie de plástico que le cubría toda la piel visible, que yo supiera, y que le impedía quemarse, pero yo no tenía con qué protegerme, así que intenté ser breve y resumirle mi historia en pocas palabras.
Hablé y hablé, más de lo que hubiera querido, y le pregunté finalmente: “¿Me comprende?”. Y él me miró y me dijo: “Bla, bla, bla”. “Qué maleducado”, pensé mientras notaba que ya me estaban saliendo ampollas del sol abrasador al que no podía evitar porque todo lo que me rodeaba era desierto sin sombra.
Regresé frustrada y poco pude aportar a los científicos que esperaban con ansiedad mi vuelta.
Años después, el lenguaje evolucionó y se sintetizó, por lo que con pocas palabras podías decir mucho, incluso decirlo todo. De tal modo que, por ejemplo, Bla, bla, bla significaba Lo comprendo, y entonces se entendieron las anotaciones de un grupo de científicos a los que tildaron de locos en su momento cuando aseguraron que habían viajado en el tiempo y que el futuro era un desierto sin sombra con un sol abrasador y un lenguaje conciso con el Bla, bla, bla como respuesta cínica a cuestiones emocionalmente intensas.