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domingo, 12 de octubre de 2014

De la Leonora de Poniatowska no había escuchado solo elogios, así que afronté su lectura con cautela. No sabía de la pintora demasiado, apenas su parte más escandalosa o pintoresca: que había estado en un manicomio, con esa especie de morbo en la noticia de que un genio padeció la locura y por ello era genio, y más morbosa aún tratándose de una mujer guapa que se codeó con los surrealistas y que finalmente se adhirió de algún modo al movimiento pictórico. Pero lo que he descubierto gracias al libro de Poniatowska es todo lo demás, que resulta fascinante. Y lo es, por un lado, por todo lo que la vida de la pintora mexicana tiene de interesante, y por otro, debido a la prosa de la escritora que es Poniatowska.

Supongo, conociendo a la autora, que le tuvo que atraer hasta lo indecible la figura de la pintora una vez leyó y supo. Una mujer compleja y sumamente inteligente que se enfrenta a la rigidez de la sociedad inglesa y a una clase social excluyente que mira con desprecio al artista y para la que la mujer solo ha de hacer un buen matrimonio y vivir dependiente del hombre. Pero Leonora, artista, pensadora, escritora, veía el mundo de manera muy diferente, y tras múltiples desventuras decide, en un momento crucial de su vida, tras un traumático internamiento en un manicomio, cruzar el charco y plantarse en México, donde descubre ese surrealismo del que venía ya pero que en México era tan notorio que espantaba. La imagino con Max Ernst en esas preciosas descripciones de sus días soleados en Francia, enamorados, haciendo vino juntos, hasta que la guerra borra el sueño de ambos. La imagino internada, en las habitaciones de la clínica, derrumbada por la droga que le introducen para paliar su dudoso -así lo deja entrever Poniatowska- problema mental. La veo en México y en Nueva York, rodeada de sus hijos, de sus amistades, de todos los grandes hombres y mujeres que conoció y cuyos encuentros Elena Poniatowska nos narra con el placer del narrador que parece haber asistido a esa vida que se nos muestra, a veces tan profundamente que sonroja, observadores somos los que la miramos sin afeites y tan real entre las cortinas, apenas escondidos. Y ella se muestra alocada, fumadora compulsiva, genio de pinturas de animales con cabezas de hombres, el caballo, la yegua, el dolor.

Todo eso fue o al menos así lo parece tras leer la biografía de Poniatowska, tan delicadamente escrita que da la sensación a veces de que la que habla es la propia Leonora. Olvidamos a la autora mexicana, nos quedamos solos con la pintora. Resulta apabullante y a veces opresiva la prosa, el acercamiento milimétrico al pensamiento, a lo que sentía en cada instante. Su visión del mundo no creo que trastornado, más bien plagado de grandes ideas y poco tiempo para realizarlas, esa sensación propia del artista de querer siempre más, de no estar nunca conforme. De todo ello trata Elena Poniatowska en esta excelente biografía que recomiendo leer de una sentada siempre que estemos advertidos de que el poso de la narración, el estilo, hará que lo narrado nos perturbe durante días. Hermosísimo libro.

martes, 29 de julio de 2014

Las ganas

Las ganas de escribir entran cuando lees, como las de comer cuando cocinas. Es muy frecuente que me pase, lo de querer escribir después de leer a un autor que me enriquece y que en cada nueva obra me hace sentir como si fuera aún esa niña soñadora que durante las tardes de verano se sentaba en el jardín a leer después de unas horas de piscina. El pelo todavía mojado, los ojos cegados por el sol, que aún picaban durante la lectura. Entonces todavía no llevaba las gafas de las que me deshice, por cierto, hace ya más de diez años cuando me operé de miopía, una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Los veranos con gafas son terribles. El sudor, el calor, el no ver mientras buceas o nadas, el no encontrar la sombrilla cuando sales del mar.

Pero a lo que voy, que no quiero desviarme demasiado. Esta tarde evocadora, evoco esas otras tardes infantiles porque mi última lectura me recuerda al gusto que por aquellos años empezaba a crecer en mí de la novela realista con cierto drama y romanticismo centrada en la descripción psicológica de los personajes. No estoy hablando de Galdós, aunque podría ser, sino de Henry James, que tanto en su faceta terrorífica (en mi favorita Otra vuelta de tuerca) como en la realista, de autor " personaje", me apasiona. Esta vez es Washington Square la elegida, una novela breve, perfecta para mis tardes de piscina y para la penumbra del sofá tras la siesta.


La poco agraciada protagonista de este drama, una futura heredera que se ve conquistada por un joven cazafortunas en el Nueva York decimonónico, apenas reconocible en las descripciones, es la mujer que aparece una vez terminamos la lectura en nuestra imaginación, pues es tan real, tan posible en su expresión del amor y de la soltería, del ansia de ser amada, que sentimos que la habremos de conocer si la vemos, que aparecerá en cualquier momento en nuestras vidas.

El talento de Henry James para mantenernos enganchados a las buenas tramas que construye, unido a su peculiar forma de narrar, como si todo lo sucedido fuera inevitable y él, narrador y escritor, no tuviera más remedio que contarlo, hacen que siempre me recuerde a esas tardes de lectura absrorbente de la infancia en las que a pesar del picor en los ojos, del calor y del cloro, no podía dejar de leer.



viernes, 25 de julio de 2014

Otro ensayo neoyorquino

E. B. White  es de esas figuras de la primera mitad del siglo XX criado entre periódicos y revistas. Periodista, escritor y publicista de profesión, se graduó en Artes y desempeñó diferentes trabajos hasta llegar a ser lo que siempre sería ya, un excelente reportero, por utilizar la palabra de entonces. En los años veinte publicó numerosos ensayos en The New Yorker, una de las revistas literarias más influyentes del momento. Años después, su primer libro infantil, Stuart Little, aunque en la actualidad es muy conocido su ensayo Esto es Nueva York, otra de mis lecturas americanas de este verano.

Es un ensayo brevísimo en el que el autor vuelve a Nueva York un verano, el de 1948, en el que desde el hotel en el que se aloja percibe los sonidos y las imágenes de un Nueva York que sin conocer me imagino. El calor aplastante, el crecimiento imparable de los barrios, la desaparición de unos lugares y la apertura de otros. Pero sobre todo White toma el pulso al tipo de habitante y al porqué de la elección de Nueva York como lugar de residencia. Claro, hablamos de los años cincuenta, de un país que estaba empezando a recuperarse y a cobrar de nuevo el humor tras la guerra mundial. El interés de ciertas editoriales por los libros de viajes en los que consagrados escritores podían expresar sus de nuevo reanudadas escapadas a lo largo del mundo, produjo este texto, que le fue encargado a White.



Estremecedora la alusión, por premonitoria, de la fragilidad de la ciudad, que en cualquier momento, por ser centro de muchas culturas, puede ser atacada por aviones que quieran estrellarse contra los altos edificios. Parece una broma, pero es cierto, lo escribe. Pero me quedo sobre todo con el ritmo de la ciudad, con esa velocidad que ciega y a la que uno se sube si quiere, si no, puede permanecer en la tranquilidad de un solo barrio, con un solo tendero, como en el pueblo desde el que llegó para tener más emociones y vivir la vida con intensidad de espíritu. Siempre es así. Los que adoramos las grandes ciudades lo hacemos no porque estemos constantemente inmersos en todas sus actividades, sino por la posibilidad de acceder a ellas cuando queramos.


Es bonito ver cómo las ciudades son en esencia lo mismo cuando se habla de ellas. Lees a Galdós y ves Madrid. No el Madrid de ahora en cuanto a barrios, habitantes y forma de comportarse en general, pero sí en esencia. La de Nueva York está en este brevísimo ensayo de White que aumenta las ganas de viajar a la ciudad a la que uno puede ir a recuperar su identidad, si es que la ha perdido, y que quizá encuentre en el Village o en Ellis Island, junto a las almas de los muchos que llegaron allí desde tierra extraña, quién sabe.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Los que dejan de escribir

Es de los pocos autores de los que únicamente he leído dos obras, y no las dos me importaron. Ahora, ha decidido dejar de escribir y esto me lleva a reflexionar sobre esa, de las novelas que escribió, que me dejó huella.

Con la Pastoral americana de Philip Roth me derrumbé y me entregué ya plenamente a la narrativa norteamericana, que me había venido rondando desde El periodista deportivo y El Día de la Independencia de Ford y Corre, Conejo de Updike. Con ellos y los relatos siempre imprevisibles de Carver y de Cheever, con quien me volví loca por la vida americana de los 50 que no nos habían contado, ya sí decidí que había de leerlo todo sobre este grupo de escritores que yo misma había creado sin querer, hacia los que tenía una serie de prejuicios por ser, simplemente, norteamericanos.

La lectura de Pastoral americana me pilló en uno de esos momentos en los que la percepción nos hace leer lo que cae en nuestra manos de un modo peculiar, como si pudiéramos vernos a nosotros mismos dentro de la obra que hemos elegido. Para que esto ocurra, además, ha de darse otro hecho, y es que la obra sea de gran calidad literaria.


La novela de Roth me invadió de emoción por la prosa y lo narrado, una de esas tramas inolvidables de la que no quiero decir casi nada por no desvelar la emoción que contiene y que el autor crea de un modo ejemplar.

La estructura de la novela sorprende por lo insólita, pero enseguida nos acostumbramos y entendemos no solo la forma de plantear la historia sino también el ritmo que a ratos queremos acelerar para llegar al final antes de tiempo. A pesar de su extensión, la novela se lee deprisa. La recomiendo para una de esas semanas de jornada intensiva -que a algunos nos otorga la llegada del verano- después de una buena siesta. 

No podréis dejar de querer saber cuál es el dolor de este padre americano cuya hija pertenece a una generación confundida, desecha antes de empezar a ser adulta. Es, como todas las grandes novelas, una reflexión sobre el mundo: amor, dolor, la existencia del ser entre estos dos polos, la vida…


martes, 13 de mayo de 2014

A propósito de los libros que nos leían

Mi recuerdo de una lectura en voz alta de otro para entretenerme a mí es solo de los periodos de enfermedad en la niñez. No tengo en mi memoria más que esos extraños momentos en los que nos envolvían las sabanas, la fiebre, o ambas, y una voz amiga, de un familiar o amigo, nos arrullaba hasta caer en el sueño de nuevo, y apaciguaba así nuestro padecimiento.

Anoche asistí al teatro dispuesta a entregarme a un momento de escucha de la lectura de uno de mis clásicos favoritos, la gran novela española La Regenta, de Clarín, el Leopoldo Alas que humildemente se dirigía en misiva a Galdós para ponerle al tanto de su iniciativa de hacerse novelista y para contarle que tenía escrita esta magnífica obra que en su momento no fue apreciada como debiera.

Independientemente de las injusticias de la crítica a lo largo de la historia, de esa pérdida momentánea del sentido por parte de los contemporáneos de un autor para saber ver la genialidad (sí la vio Galdós, por cierto), lo que me llamó la atención ayer fue estar ante un actor escuchando únicamente. Cerré los ojos en muchos momentos y no por sueño sino por intentar captar el placer de la niñez entre las sábanas mientras escuchaba leer una de mis obras favoritas. Los textos de niña no pasaron de unos pocos cuentos de Andersen o Grimm. Pero oír de boca de Emilio Gutiérrez Caba el texto de Clarín fue más de lo que podía esperar.

Delicioso, acertado, nada exagerado, comedido en el tono, en el énfasis en los momentos más interesantes del texto, nos llevó de la mano a la Vetusta que duerme la siesta provinciana eterna y que acaba condenando a Ana Ozores por su adulterio. La Vetusta de anoche, que se me pintó aún más oscura y desabrida que como recordaba.

Me enamoraron de nuevo las palabras del gran novelista, esas frases armoniosas, demoledoras a veces en las detalladas descripciones de la ciudad y de sus hipócritas habitantes producto de una época pacata y hostil.

Volver a la escucha de la lectura de otros a través de La Regenta te hace comenzar la semana con mejor ánimo. Pocos momentos artísticos tan deliciosos he vivido en la capital. Creo que la iniciativa de la RAE de sacar a la calle las grandes obras de la literatura española leídas por grandes actores ha sido un acierto de lo más placentero.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Las bibliotecas de los otros

Las bibliotecas de los otros son apetitosas como un plato que sabemos sabroso y que no hemos hecho nosotros. Es el tesoro guardado con celo que alguien ha recaudado para goce propio y de las visitas y nos lo dice todo sobre el propietario.

Durante las fechas navideñas ocurre que se hace tarde y las noches invernales son frías y poco dadas a los traslados de una casa a otra, así que cabe la posibilidad de que nos quedemos a dormir en casas donde antes no lo habíamos hecho. En algunos casos, la cama de invitados se encuentra en la biblioteca, como me ha sucedido a mí estas fiestas, y el placer de dormir en casa ajena, en sí mismo ya una aventura maravillosa, casi como estar de visita en una nueva ciudad o hacer turismo de fin de semana, se duplica con el acceso ilimitado en tiempo y en número a las obras literarias del dueño de la casa, a sus textos favoritos, a los volúmenes caprichosos que por azar o con verdadero interés encontró en esta u otra ciudad, en aquella librería perdida… Quizá incluso lo haya anotado en la primera página y no solo descubramos gustos literarios sino relaciones de mil años atrás.


Me encanta husmear en las estanterías de las casas, sí, me chifla. Me gusta dar un vistazo general y después detenerme en títulos concretos, en ediciones que nunca tuve y me asombran. Mi biblioteca, ordenada por géneros, hace que me sorprenda el orden libresco de los otros.

La Nochebuena, al término de una cena tranquila y familiar, me encontré husmeando al calorcillo de la casa dormida que me acogía esa noche, con la iluminación tenue de una lamparita pequeña, una excelente biblioteca ordenada por los países de origen de los autores.

Vagué de un lado a otro, abrí, olí, me detuve en contracubiertas, me paré en algunas frases excelentes y me quedé en El leopardo de la medianoche, la obra de un autor y periodista británico, James McClure, publicado por Funambulista, una novela negra narrada con una sintaxis cuidada, en la que cada palabra escogida con mimo, cada frase, cada gesto descrito son fundamentales para crear un ritmo loco en la narración. Me gustó.

Al día siguiente, después de un cariñoso y dulce desayuno con la familia, me llevé el libro a casa y ahí terminaré de disfrutarlo, porque si algo tienen las bibliotecas de los otros es el sabor del descubrimiento, de lo nuevo que siempre nos sorprende y que no concebimos cómo no leímos antes, cómo no cayó en nuestras manos otra noche de invierno.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Lecturas de Navidad

Las lecturas de Navidad son las lecturas junto al fuego, calentitos bajo una manta y dispuestos a dejarnos convencer hasta con la historia más disparatada.

Todo es posible en Navidad. La fantasía más extrema, los monstruos más espeluznantes, la más rocambolesca de las tramas. En Navidad queremos creer y volvemos a tener la ilusión –si queremos– de cuando éramos niños. A mí me dormía mi hermano Nacho la noche de Reyes para que no escuchara la “puesta” de regalos en el salón. Con la nieve, el frío y las luces se crea una belleza inusitada, la ciudad se vuelve más hermosa y todo es más llevadero estéticamente hablando, aunque poco o nada te interese la Navidad.

Para estas fiestas tengo pensado zamparme un menú realista y otro más fantasmagórico, plagado de fantasía. Quiero leer Las chicas de campo, que por fin me regalaron y que está a a la espera de ser leído en mi mesita de “las lecturas por hacer”, releer un cuento de Navidad escrito por Tolkien a sus hijos, los cuentos de Navidad de Dickens y una novedad de Impedimenta titulada La casa y el cerebro, que lleva como subtítulo Un relato victoriano de fantasmas. Dicen que se trata de la mejor historia de casas encantadas escrita jamás. Únicamente he leído las treinta primeras páginas en el PDF descargable que adjunta la editorial en su página web de novedades. Y la verdad es que promete.

A Edgar Wallace lo he leído antes de empezar las fiestas porque me quemaba entre las manos. El misterio de la vela doblada fue el título elegido, y ya estoy deseando leer más obras del autor, desconocido hasta el momento para mí. Dicen que fue el primer escritor británico de novela negra que utilizó policías como protagonistas en vez de simples aficionados ingeniosos. Es un tipo de lectura perfecta para la Navidad.


 


Los cuentos de Andersen y Grimm son siempre una apuesta segura para mis tardes de invierno o antes de irme a dormir. Con ellos, Lovecraft, Poe o los poetas románticos ingleses me mecen en la estación que está a punto de llegar. Mi imaginación se dispara y poco falta para que me encuentre en el pasillo oscuro con el fantasma de las Navidades futuras, que era el que más miedo me daba cuando me ponía en el lugar de Mister Scrooge.

No me importaría leer de nuevo Fortunata y Jacinta, puede que Frankenstein, e incluso Drácula sería perfecto para terminar el año.

Los días cortos de invierno con tan pocas horas de luz me llevan a querer sumirme aún más en la oscuridad de lo que la propia estación impone inevitablemente. Qué mejor que un volumen de relatos sobre las rodillas mientras en la calle solo los borrachos y los adolescentes se atreven a ocupar las aceras con gritos y blasfemias.

La lectura es, en Navidad, de los que amamos los libros, que abrimos y olemos con más parsimonia si cabe en estas fechas. Regalar un libro en Navidad me parece una tarea obligada porque no hay mejor que empezar el año con un nuevo autor descubierto gracias al regalo de otro o a la búsqueda que haga uno mismo entre las estanterías de una librería o biblioteca. Regalaos la paciencia para encontrar. La impaciencia y los descubrimientos son incompatibles.
 ¡Buena lectura navideña! 

martes, 1 de octubre de 2013

Otoños con bosques


La llegada del otoño de verdad, ese de las hojas marrones y colores ocres con lluvia, sol y fresco que altera el ánimo, me invadió el fin de semana en Segovia.

A los buenos amigos se unieron un par de conferencias y una insólita lectura en los Jardines del Romeral, propiedad de un particular que en esta ocasión se abrió a l público para dejarnos escuchar la lectura de dos escritoras entre los recovecos de árboles y caminitos llenos de piedras. Un gato siamés nos fue siguiendo, silencioso, mientras avanzábamos con las autoras y sus lecturas. A una de ellas, la que más me atrajo por actitud  y género -novela negra-, la empecé a leer anoche. Asesinatos en un bosque cerca de Pamplona, adolescentes entre las hojas húmedas, muertas, con las palmas de las manos hacia arriba, como si estuvieran cumpliendo la postura de un ritual.

Algo macabro quizá para algunos pero fascinante, en mi opinión, para comenzar esta estación temida en la que los cambios de temperatura y los desórdenes me desordenan. El fin de semana en una ciudad más pequeña que Madrid y transformada por el otoño me ha dejado en paz, con esa especie de parálisis relajada de la vuelta a un clima más húmedo y frío que invita a quedarse en casa, a pensar sin prisa, a mirar al techo, a adormecerse al caer la tarde.

Tras las buenas charlas y comidas con los amigos regreso a Madrid dispuesta a comenzar el octubre que siempre me desordena sin que consiga saber cómo soy capaz, un año más, de acostumbrarme a esta ciudad que me ciega y me arremolina por dentro, como si me cogiera y me elevara hasta marearme, pero a la que no dejo de querer. Siempre he sido fiel a mis sentimientos, supongo que será eso. Para este otoño, sin embargo, tengo ya un nuevo escenario, un bosque navarro que me sobrecoge en cada línea, en el que aguarda un asesino que aún no tiene rostro. Ya os contaré.

(Es Dolores Redondo la escritora, El guardián invisible su novela).

miércoles, 24 de julio de 2013

Las lecturas con sentido (en verano)

Hay veranos que recordaremos porque conocimos a alguien especial, otros porque viajamos a Egipto -por fin- después de llevar años queriendo ir. Y hay otros veranos, más sencillos, que recordaremos por lo que leímos, por el libro que descubrimos sin querer.

Hace cinco años -veranos- me operaron de apendicitis, y en la convalecencia obligatoria en casa cayó en mis manos Los hombres que no amaban a las mujeres, y la segunda y la tercera parte, después, cuyo fin me dejó vacía en septiembre, sin ánimo para leer ni para nada. Solo quería un poco más, como la yonqui que ya era, necesitada de las palabras de Larsson, de las de algún otro que supiera mantener mi atención, mis ganas y no permitirme más que pensar en los personajes como seres vivos que me podría encontrar a cada paso y que me gustaban u odiaba. Estaban vivos y yo con ellos. Me sentía partícipe de una aventura emocionante, como cuando leía a Julio Verne o a Conan Doyle.

Este verano, en otra de esas azarosas casualidades, ha caído en mis manos La verdad sobre el caso Harry Quebert de un tal Joël Sicker, al que no conocía de nada. Me dejé llevar por esa cantidad de premios otorgados y por la crítica de algunas de las más prestigiosas revistas de crítica literaria, y empecé a leerlo.

Lo primero que me llamó la atención fue el tono sarcástico, rozando la impertinencia y el absurdo a ratos, que manejaba el autor, así que empecé a entrar en el juego sin querer, sin saber muy bien si debía creerme el drama o la broma, ambos en constante movimiento apareciendo y desapareciendo en la narración. No hubo ni un asomo de duda, de descanso placentero. Me despertaba deseando continuar, me acostaba agotada del mundo visitado aquella noche.

Una ciudad americana con vecinos aparentemente sencillos y normales se ven implicados poco a poco en un crimen del pasado que vuelve loco a un escritor en pleno periodo de sequía literaria.

No cuento más. Leedlo, devoradlo, dejaos llevar por la prosa, la metaliteratura a cada paso, la sensibilidad para narrar el mundo que nos rodea de la manera más simple pero sin obviedades.
Lectura veraniega, perfecta para los que tengáis muchos días por delante en los que el tiempo fluye sin prisa, como el estío.







sábado, 13 de julio de 2013

El fuego de Yourcenar

Hay fuegos difíciles de apagar. Llamas y amores que se inflaman con el despecho e incluso, quién lo diría, con el tiempo, que es mentira que lo cura todo, más bien al revés, incendia almas y aviva recuerdos porque es humano idealizar lo ya vivido y reconciliarse con los hechos pasados dolorosos para poder seguir viviendo.

No hay amor sin fuego, sin arrebato, sin lágrimas. Sin dolor, en algún momento de su existencia. Escribe Marguerite Yourcenar en lo que podría considerarse un ensayo poético sobre el amor y el desamor, y quizá su mejor obra, Fuegos, lo siguiente: "No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo horrible".

La crisis vital que le produce la pasión no correspondida por su editor, la llevan a escribir en prosa, pero de manera profundamente poética, y tomando como punto de partida algunos de los mitos griegos más apasionados, narraciones incendiadas en las que hay mucho de la historia contemporánea que la rodeaba. Nueve deliciosas piezas salpicadas en los intermedios por pensamientos y reflexiones más breves sobre el sentimiento amoroso y el desgarro producido por el desamor.


Anoche, en Mérida, tuve la oportunidad de escuchar a Yourcenar mientras contemplaba las estrellas y los hermosos restos del pasado se recortaban en un cielo azul oscuro. Una brisa suave, cálida, llegaba para estremecerme en cada frase, con cada grito. Espléndidas actrices, lejanas y solo vislumbradas desde donde las observaba, pero con voces claras que me permitían no perderme ni una palabra, iban dejando el texto en el escenario. 
Las palabras de Yourcenar se me colaron en el alma sin remedio: "Uno solo muere cuando está solo". 

Anoche, y aun acompañada, estaba sola. Esa soledad única en la que la belleza de un momento es tu única compañera. Hay lugares en los que uno no se siente solo aunque nunca antes hubiera estado ahí, con la sensación de conocer el espacio desde hace siglos, el lugar perfecto para tenernos retenidos un tiempo, el que dure la visita, la experiencia. Desde lo más alto del anfiteatro imaginaba a hombres y mujeres de otra época escuchando las palabras, el verbo, de actores cubiertos de maquillaje y máscaras. Cuando te unes de este modo a un lugar, los pequeños problemas cotidianos, e incluso el amor o el desamor doliente que ayer tanto te hirieron, pasan a un segundo plano.

"Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. Tengo miedo de no saber cómo arreglármelas con mi dolor". Una actriz recita así a Yourcenar, y la frase me arranca lágrimas. Es como una oración para aliviar el desconsuelo. Así la siento y la interiorizo. Aún conmocionada, tengo la certeza de que a veces uno va a encontrar las respuestas que le devolverán la paz en los lugares más insospechados. 

Mérida me reconcilia conmigo misma esta noche franco-romana y atemporal.


lunes, 10 de junio de 2013

Los descubrimientos inesperados: Etgar Keret, "De repente llaman a la puerta"


Una mañana lluviosa de esta primavera entré con mi hermana en una librería del centro de la ciudad donde solemos ojear entre las mesas de novedades y oler los libros apetecibles.

Cada editorial tiene un olor, y últimamente es Siruela la que más me gusta por la textura de sus papeles, sus efluvios de tinta y sus preciosas portadas. Por este último motivo me detuve, precisamente, aquella mañana ante un ejemplar muy colorido con la cara de un hombre en primer plano, la mitad del rostro cubierto por unas enormes gafas de buceo en las que se ha quedado atrapada una buena cantidad de agua y unos pececillos rojos, que se pasean ante sus ojos y su rostro de resignación.

Abro el libro De repente llaman  a la puerta, que así se titula, por una página al azar, y lo huelo para familiarizarme. Ya esto me hipnotiza. Después, empiezo a leer. Son la mayoría cuentos cortos y disparatados con elementos de verdad, cotidianos, lo que hace más absurda su transgresión. Como dijo Borges de los cuentos de Cortázar, “El prodigio requiere esos pormenores”.

De Cortázar, precisamente, tiene mucho Keret. Como en el mundo del primero, la realidad cotidiana se ve alterada por azares absurdos aunque posibles en una pesadilla surrealista. Las historias podrían ocurrir, en parte, en cualquier lugar del mundo, pero no siempre. Y es que algunas de ellas solo son posibles en Israel, de donde es el autor recién descubierto en un maravilloso momento inesperado, una mañana de husmeo en librería.


La irrupción de lo absurdo en una escena aparentemente trivial es muy propio de los cuentos de Cortázar. No concebimos que algo loco pueda ocurrir en la “normalidad” que respira la escena descrita que dará pie al resto de la historia. Y así sucede también en los cuentos de Keret. Érase una vez, por ejemplo, un hombre que tenía una almorrana, y del mismo modo que otros escuchan a su conciencia, él escucha a su almorrana para tomar decisiones importantes, casi siempre caracterizadas por la tiranía y el maltrato, que es el espíritu de la almorrana. Al final, la almorrana crece y crece. Tanto, que la historia da un giro completo y érase entonces una almorrana de la que colgaba un hombre que, después de todo, le daba buenos consejos para la toma de decisiones.

Es así cómo Keret se queda con nosotros. Delicioso, sencillo en apariencia, los relatos se suceden con el fondo violento, a veces únicamente complejo, del país al que pertenece. En ellos las contradicciones morales y vitales están siempre empañadas por la emoción. 

Es un autor sincero, irónico y triste a veces, con esa especie de desolación que solo alcanza a los que se paran a pensar en lo que les rodea, hasta el último detalle, como la mayoría de los buenos artistas judíos. Al leerlo nos encontramos pensando en nuestros propios descubrimientos cotidianos y los imaginamos materia de cuento y cómo serían si estuvieran contados por el autor hebreo. Acabamos pensando keretianamente y viendo el mundo desde los ojos fascinantes de este entusiasta de la vida que adora a su madre por ser una superviviente. En la calleja por la que ella cruzaba para escapar de los nazis en el gueto de Varsovia, un arquitecto admirador de sus cuentos le ha construido y dedicado a Keret la casa más estrecha del mundo como símbolo de la brevedad de sus relatos. 

Escritor de cuentos cortos y de guiones, director de cine... declara, sin embargo, que hace menos de lo que podría aunque con sus historias sienta que se aproxima, de algún modo, a algo que no sabe qué es pero que es grande, como lo sería “comprender a los peces antes de morir”.  


viernes, 7 de junio de 2013

La lectura de los comienzos sin fin


Érase una vez que los finales de los libros desaparecieron, y con ellos esos momentos especiales en los que se acababan las vidas de personajes y seres inventados que te habían acompañado a diario durante el tiempo que duró la lectura.

Eran gozosos los finales de los libros que aburrían, especialmente para aquellas personas incapaces de abandonar una lectura aunque no les esté gustando. Si el libro había conseguido engancharte, sin embargo, no deseabas que acabara nunca. Qué mayor tristeza y vacío que el del momento de terminar la lectura que ha estado con nosotros días, semanas o meses. La arruga que luce en la portada del libro por leerlo en la playa y quedarte dormido sobre él permanecerá para siempre como recuerdo. La mancha de café en la página dieciséis no será borrada. Y aunque pronto olvidaremos el final, sea el que sea, porque lo más importante fue todo lo anterior –el proceso, la lectura, las noches en vela, el momento en el que descubriste que él si la amaba y que la aventura que había tenido no significaba nada para él, que ella era en realidad la única y siempre lo había sido aunque por desgracia ella no lo supiera y tú quisieras avisarla, advertirle de que debía darle otra oportunidad, pero te dieras cuenta de que ellos eran solo personajes dentro de un libro con los que no podías comunicarte–,  es necesario que exista para sentir que ha sido productivo el tiempo invertido, para dar por finalizada la tarea de tantas horas.



En aquellos tiempos sin finales, las historias se comenzaban, entusiasmaban, y en cuanto estabas a punto de saber qué pasaba y cómo iba a terminar aquello, las últimas páginas se habían evaporado.  Esto provocó las llamadas lecturas de los comienzos sin fin, que no era que se comenzara a leer todo el rato sin parar, sino que los libros se interrumpían demasiado pronto. En cuanto la cosa se ponía interesante, el lector se quedaba con cara de tonto ante las páginas vacías. Cogía entonces con cierta furia y arrebato otro comienzo y lo leía hasta quedarse, de nuevo, en un punto muerto de la historia y ante un final inesperado.

A pesar de todo, los buenos libros seguían siéndolo y no necesitaban grandes finales para sustentarse, así que, en algunos casos, donde las páginas desaparecían resultaba ser un buen momento para que la historia acabara. Algo abruptamente, quizá, pero por ello mismo atractivo. La literatura comenzó a disfrutarse como la vida, a la que, dicen, tanto se asemeja, y como aquella, no se sabía cuál iba ser el final de cada historia, sus derroteros, las últimas palabras. La vida termina de repente casi siempre, a veces en el mejor momento. Es difícil acostumbrarse a las muertes inesperadas, como al fin de un instante placentero.

Conocí a alguien que lloraba cuando terminaba de leer un libro, daba igual el tema, el autor, la época. Lloraba. También supe de un hombre que no temía a la muerte y que antes de terminar un libro lo abandonaba porque no quería asistir al fin. Murió sin darse cuenta –dicen–, de la manera más inesperada.

martes, 23 de abril de 2013

Hoy, relato


Las señales


Yo marcaba las páginas. Hacía una señal porque nunca me gustaron los marcadores, me parecían aparatosos, y el hecho de doblar las páginas hacía que las señales, pasado el tiempo, hicieran estar vivo el libro. Un libro sin marcas es como un libro no leído ni escrito, como si nadie lo hubiera abierto nunca, como si nunca hubiera sido.

En los libros yo lloraba a veces, sí, leía y lloraba, y dejaba que las lágrimas cayeran en el papel porque me parecía precioso ver cómo se humedecía. Pero los tiempos han cambiado y resulta que en mi aparatito nuevo, que tanto se parece al libro, lloro pero solo he de secarlo con un pañuelo para que no quede ni rastro. 

Son mis libros sin señales, a los que me voy acostumbrando. La última redada se llevó a los que me quedaban de papel. Los guardianes me dejaron solo unos cuantos moratones en la espalda para que escarmentara. Me advirtieron: “No queremos volver a verte con un libro de verdad en la casa”.

Y sigo leyendo sin saber al acabar si lo que leí existió, si existió ese momento de lectura, porque no puedo dejar marcas de esquinas dobladas y agua salada, y si me llevo el artilugio a la playa y se llena de arenas puede estropearse, cuando antes me encantaba abrir un libro pasado el verano y ver caer en la alfombra la arenilla de los días estivales. Entonces me entra nostalgia y me miro las señales de los golpes en la espalda, y veo que son reales y me siento más tranquila, porque en verdad yo sí existo.

Elsa Veiga