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jueves, 13 de agosto de 2015

David Nobbs: el auge del humor que nunca muere


Llevaba unos días dándole vueltas a un artículo sobre una compleja y apasionante autora británica a la que quería dedicar un espacio merecido, pero interrumpe mi discurrir la noticia de la caída, tras el auge, de uno de los novelistas británicos que mejor representa el humor inglés y el sarcasmo típico que veíamos por la tele en la infancia en muchas de las series deliciosas que nos ofrecía la televisión española. 

David Nobbs nos abandonó a nuestra suerte tras haber creado uno de los personajes más hilarantes de la literatura, un mediocre ejecutivo con ganas de empezar de cero planeando su propio suicidio. Ese es el protagonista de Caída y auge de Reginald Perrin y de la continuación en El regreso de Reginald Perrin, novelas con las que David Nobbs logró crear uno de esos mitos que sólo un autor con auténtica devoción por la escritura y pasión por los personajes que iba creando sin resuello (o al menos es la impresión que me produce cuando lo leo) podía lograr.


 Tuvo tanto éxito la aventura de este ser de ficción nacido para padecer y sufrir y hacernos gozar a sus fieles descubridores, que la televisión inglesa lo inmortalizó en una serie de esas que hacen historia en un país. Reginald Perrin sería impensable en otro ámbito que no fuera el inglés y sin embargo lo entendemos desde países como España. Porque el humor, el del bueno, es comprensible allá donde vaya aunque los avatares de un personaje y las situaciones desternillantes sean producto de una sociedad concreta y de un momento histórico. Con la serie y con el personaje conocimos el peso de la realidad y de la alienación burguesa de la clase media y nos sumergimos en algo más que el mundo personal de un escritor alucinado con muchas ganas de reírse de todo, incluyéndose a sí mismo. Nacido en el condado de Kent, en Orpington, nos ha abandonado no sólo el creador de un personaje, sino todo un artista del humor, que escribió algunos programas humorísticos para la BBC durante muchos años.

Sólo nos queda la espera de un tercer volumen de nuevas aventuras de Perrin, The Better World of Reginald Perrin, que la editorial Impedimenta, que publicó los dos primeros, editará en 2016. Con estas pequeñas alegrías de poder volver a leer las nuevas desgracias y situaciones absurdas que va a vivir el personaje, casi de la familia, nos despedimos de David Nobbs.

Y aquí os dejo el primer capítulo de Caída y auge de Reginald Perrin, para los que no lo hayáis leído aún.

http://cort.as/VqRY

viernes, 19 de diciembre de 2014

En la Alberti una noche de invierno

Como en la mejor página del diario de Shackleton, anoche nos juntamos un grupo de lectores y amigos en la Librería Rafael Alberti para escuchar, al fuego del hogar, historias maravillosas de viajes a través del hielo para llegar a la Antártida. La presentación del precioso libro El viaje de Shackleton, de William Grill, que acaba de publicar la editorial Impedimenta, en este invierno cargado de libros ilustrados en la nieve y las tierras inhóspitas y misteriosas, reunió al editor, a los libreros y a los lectores. 

Hay presentaciones sosas. Las hay divertidas pero cortas, y después no hay mucha charla, pero esta lo tuvo todo. Las palabras del editor, admirador de la literatura de aventuras de grandes exploradores, abrieron la tarde. A partir de ahí nos dejamos llevar por las hipnóticas narraciones de Jerónimo López, geólogo y explorador, que nos deleitó con mil anécdotas y una charla afable que despertó nuestro afán de lectores, de escuchar, de saber más. Atendíamos sin parpadear a cada una de las explicaciones sobre esos viajes extraordinarios de otro tiempo, y en concreto a los de Shackleton de principios del siglo pasado. Si abrimos el libro de Impedimenta por cualquier página y observamos las ilustraciones diminutas en fondo blanco podemos empezar a sentirnos pequeños frente al mundo de hielo y nieve de esos exploradores rememorados que nos han hecho soñar y vivir con sus narraciones y reflexiones posteriores.

Tras la presentación, unas ginebras con hielo picado y alegre charla. Sugerencia de títulos sobre las exploraciones a la Antártida y sobre Shackleton. Me llevo tres libros finalmente. Uno me lo disputo con el editor, que opta por un cuarto muy apetecible. Estamos sumergidos en lo que yo llamo trance del lector que vivimos los que amamos los libros cuando visitamos los templos que son las librerías. El marco era anoche una librería única, acogedora, donde de un vistazo se siente uno en el paraíso, con libreros cultos y afables, recomendadores natos, cuyos ojos se iluminan hablándote de este o aquel título. La charla, los viajes, la aventura, los extremos a los que puede llevar una pasión. Queremos libros y los tenemos. Nos los pasamos de mano en mano, nos detenemos en una foto, en los comienzos de un párrafo que nos hace reír a todos, en comunión con el tema, el momento en la librería.

Y es que hay veces en que uno no quiere otra cosa que un buen libro adquirido en el lugar adecuado, porque cuánto del momento y lugar de la compra habrá cuando lo estemos disfrutando. Abriré, como esta tarde de invierno, el libro comprado ayer, y me sorprenderé recordando frases, el sabor de la ginebra entre los libros y un espacio generoso con soñadores, exploradores y viajeros.

lunes, 15 de diciembre de 2014

El olor y las vidas

Como sabéis, huelo los libros.
Aquellos que me conocen saben que incluso he bromeado con hacer una cata de editoriales por el olor de sus páginas nuevecitas, y es que creo que parte del placer de la lectura consiste en olisquear al azar las páginas de los libros nuevos, nunca de los viejos, es distinto. Los libros viejos se huelen para rememorar y sentir la importancia de la literatura en la historia. El olor de los libros nuevos es un momento similar al de probar un nuevo chocolate si este te gusta o echarte unas gotas de perfume en la muñeca si te agrada probar los olores de los perfumes.

Hay libros, además, que tratan de olores. Sí, ya sé el primero que os viene a la cabeza, El perfume. Ese delicioso libro que huele bien y mal y da grima pero que uno no puede dejar de leer con cierta náusea placentera.

Libros como Aromas, menos conocidos, dicen mucho de sí mismos y de la delicadeza de sus autores, incluso de su olfato. Claudel es un autor que me fascinó en La hija del señor Linh por la frescura narrativa que posee y parece decirlo todo en pocas palabras. No se trata de una novela larga y ante su lectura parecemos muertos de hambre, tal es nuestra ansia de avanzar y no acabar nunca.


Aromas reúne la historia de distintos olores que para el autor han sido importantes porque le cambiaron o le hacen rememorar el pasado, quizá le trasladan a la infancia o a un momento de su vida que preferiría olvidar. Pero el encanto verdadero reside en la sutileza para describir un aroma, que descubre al gran narrador y poeta que es Claudel.

La lectura nos hace pensar en cuáles serían los olores que describiríamos nosotros si tuviéramos que hacerlo y en cuáles coincidimos con el autor. Maravillosa la frase que define el olor de la col como el "carnet de identidad de la miseria" o, algo menos evidente y hermosísimo, el olor del "despertar" como el de "el calor de la vida en hibernación". Se trata de definiciones del olor más que de una descripción del mismo, porque qué otra manera de describir un olor habría que la de compararlo con otro olor, con el de otro objeto o espacio.

Leed, oled y disfrutad de estas deliciosas descripciones, que a modo de cuentos cortos nos deleitan con imágenes propias de la vida, de la existencia común a todos.


lunes, 1 de diciembre de 2014

El sol de los Scorta

Hay libros que llegan a nosotros del modo más casual, otros son un regalo que al desenvolver nos llena de dicha. Y los hay que son regalo sin envoltorio, esos que acaban en nuestras manos cuando acompañábamos al novio, la amiga, la madre y nos dijo, "toma, te lo regalo". Y con el ejemplar en las manos se acercó a la caja y lo pagó y a veces hizo la broma de pedir que lo envolvieran y aun sin haber salido de la librería nos lo dio para que lo tuviéramos ya, que ya era nuestro.

Hace unos días vivo justo esto con mi hermana. Elige ella un par de títulos, me dice que me regala uno, que elija yo el que quiera, como hace años hacía mi hermano pequeño y me llenaba de dicha pero también de angustia por el eterno dilema: qué me llevo. Le digo a mi hermana esta vez que elija ella. Tiene buen gusto y qué mejor que el otro escoja por nosotros cuando nos fiamos de sus lecturas. Coge El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, pide que lo envuelvan y me lo da antes de salir de la librería. He visto en sus ojos una luz cuando lo ha elegido y me estremezco de gusto pensando en qué ocultará el libro que lo hace tan especial. 


Estos días lo leo. Con la luz de noviembre, que está en Madrid más cerca de la primavera que del otoño, avanzo entre las páginas que casi he terminado y me han conmovido y entiendo ya el porqué de la recomendación, de la elección del libro. La historia trata de la vida y de lo que legamos, de cómo se transmite de generación a generación lo aprendido y lo vivido, que es lo que nos diferencia de los animales, comenta un personaje en la obra. Hay un viaje a Nueva York, a la isla de Ellis, en realidad, así que doy por supuesto en parte el regalo, el porqué de tan grata lectura elegida para mí, que acabo de visitar la ciudad, cuyo Museo de la Inmigración, en la isla de Ellis, me ha impactado especialmente.

La familia italiana de la que se habla en la novela tiene una parte de su pasado en Nueva York, pero no hay que irse tan lejos, podemos quedarnos en la Apulia, donde se desarrolla la novela en Italia, para que surjan los secretos de familia bien guardados, las infidelidades, los errores, los deseos. La vida, en definitiva. Hay un momento espléndido en la novela en el que uno de los personajes pide a sus amados hermanos, reunidos en un precioso día de verano, que transmitan lo aprendido, por poco que sea, a sus hijos, ya que él ha vivido poco:

Es probable que me muera en Montepuccio sin haber visto otra cosa del mundo que las resecas colinas de nuestra tierra. Pero ahí estáis vosotros. Sabéis muchas más cosas que yo. Prometedme que les hablaréis de ellas a mis hijos. Que les contaréis lo que habéis visto. Que lo que aprendisteis durante vuestro viaje a Nueva York no desaparezca con vosotros. Prometedme que cada uno contará una cosa a mis hijos. Una cosa que haya aprendido. Un recuerdo. Una vivencia. Hagámoslo los unos por los otros. De tíos a sobrinos. De tías a sobrinas. Un secreto que mantengáis guardado y que no contaréis a nadie más.


La novela es luminosa y está cargada de tragedia y de historia familiar, lo que me lleva a recordar El Gatopardo. Podemos sentir el sol, el calor del sur de Italia en nosotros aunque estemos en noviembre. Tiene este don el autor y el de hacer verosímiles a unos personajes que no son únicamente pintorescos seres del sur de Italia sino personas que pudimos conocer y que, como yo, pisaron Ellis antes de entrar en Manhattan. Es mi novela ahora, ya la he hecho mía. Y es que si algo tiene la literatura, la buena prosa, es hacernos creer que lo escrito se creó únicamente para nosotros.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Armada de palabra

Hay momentos en los que no se puede leer aunque se quiera. Las palabras acaban cayendo en un vacío que no es únicamente el olvido de la memoria provisional que no almacena lo que los ojos leen, sino un olvido de la parte inconsciente de uno mismo, la conexión entre memoria y disfrute sin tapujos. 

Cuando una preocupación nos atenaza y nos oprime por dentro como si quisiera matarnos, la parte consciente permanece imperturbable y presente sin dejar que la imaginación y la conciencia se relajen un segundo en lo inconsciente, y es entonces muy difícil dejarse llevar por la lectura, ese modo de abandono tan apasionante cuando llega que nos aleja del mundo real y nos lleva a donde queramos, dependiendo del libro que hayamos elegido para ese momento.

En periodos secos como este que vivo, tengo la escritura al menos, desde la que las ideas escondidas pueden aparecer y colarse en mi conciencia -ojalá- para insuflarme esa irrealidad que necesito, esa fantasía de la que nacen siempre las buenas ideas, los mejores ánimos y la aplicación a la realidad que es la vida y que tan duramente nos atormenta a veces. 

Leyendo y no leyendo estos días a Sillitoe y sus memorias, La vida sin armadura, que ha publicado Impedimenta este otoño, me sorprende ese mundo europeo tras la Segunda Guerra Mundial entre la clase humilde en Inglaterra. De Nottingham huyó el autor para ver mundo y en Malasia contrajo tuberculosis. De la enfermedad al reposo y más tarde al descubrimiento progresivo de los autores de la literatura universal y de ahí ya definitivamente a ser consciente de que sin la literatura no podría vivir, porque escribir era lo único que sabía hacer. No sabe cómo, explica, pero con eso se ganará la vida. 

Siempre he sentido eso mismo. Era imposible que gustándome esto y haciéndolo bien, casi lo único que hago bien de verdad, no pudiera dedicarme a ello. Y así ha sido hasta ahora. Lectura, escritura y corrección, acostarte con la palabra, levantarte con ella, estar lleno de ella hasta llorar de felicidad por ser tan afortunada de poder dedicarme a lo que más amaba y para lo que estudié. Ahora no sé muy bien si seguiré por aquí, si los hados y la suerte, la puñetera suerte, más el esfuerzo, van a hacer que continúe el camino de letras, mi particular camino de baldosas amarillas, si los acontecimientos me seguirán llevando por lo que elegí. Confío en que sí y espero que en cuanto me relaje un poco y me adapte al medio, este noviembre extraño que parece un septiembre de un verano reciente, me permita abrir un libro y leer, abandonarme en los momentos de descanso en la búsqueda de mi espacio en el mundo. En el de la palabra, que es el que conozco y me acepta.

domingo, 12 de octubre de 2014

De la Leonora de Poniatowska no había escuchado solo elogios, así que afronté su lectura con cautela. No sabía de la pintora demasiado, apenas su parte más escandalosa o pintoresca: que había estado en un manicomio, con esa especie de morbo en la noticia de que un genio padeció la locura y por ello era genio, y más morbosa aún tratándose de una mujer guapa que se codeó con los surrealistas y que finalmente se adhirió de algún modo al movimiento pictórico. Pero lo que he descubierto gracias al libro de Poniatowska es todo lo demás, que resulta fascinante. Y lo es, por un lado, por todo lo que la vida de la pintora mexicana tiene de interesante, y por otro, debido a la prosa de la escritora que es Poniatowska.

Supongo, conociendo a la autora, que le tuvo que atraer hasta lo indecible la figura de la pintora una vez leyó y supo. Una mujer compleja y sumamente inteligente que se enfrenta a la rigidez de la sociedad inglesa y a una clase social excluyente que mira con desprecio al artista y para la que la mujer solo ha de hacer un buen matrimonio y vivir dependiente del hombre. Pero Leonora, artista, pensadora, escritora, veía el mundo de manera muy diferente, y tras múltiples desventuras decide, en un momento crucial de su vida, tras un traumático internamiento en un manicomio, cruzar el charco y plantarse en México, donde descubre ese surrealismo del que venía ya pero que en México era tan notorio que espantaba. La imagino con Max Ernst en esas preciosas descripciones de sus días soleados en Francia, enamorados, haciendo vino juntos, hasta que la guerra borra el sueño de ambos. La imagino internada, en las habitaciones de la clínica, derrumbada por la droga que le introducen para paliar su dudoso -así lo deja entrever Poniatowska- problema mental. La veo en México y en Nueva York, rodeada de sus hijos, de sus amistades, de todos los grandes hombres y mujeres que conoció y cuyos encuentros Elena Poniatowska nos narra con el placer del narrador que parece haber asistido a esa vida que se nos muestra, a veces tan profundamente que sonroja, observadores somos los que la miramos sin afeites y tan real entre las cortinas, apenas escondidos. Y ella se muestra alocada, fumadora compulsiva, genio de pinturas de animales con cabezas de hombres, el caballo, la yegua, el dolor.

Todo eso fue o al menos así lo parece tras leer la biografía de Poniatowska, tan delicadamente escrita que da la sensación a veces de que la que habla es la propia Leonora. Olvidamos a la autora mexicana, nos quedamos solos con la pintora. Resulta apabullante y a veces opresiva la prosa, el acercamiento milimétrico al pensamiento, a lo que sentía en cada instante. Su visión del mundo no creo que trastornado, más bien plagado de grandes ideas y poco tiempo para realizarlas, esa sensación propia del artista de querer siempre más, de no estar nunca conforme. De todo ello trata Elena Poniatowska en esta excelente biografía que recomiendo leer de una sentada siempre que estemos advertidos de que el poso de la narración, el estilo, hará que lo narrado nos perturbe durante días. Hermosísimo libro.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Un hombre

Hay estaciones, especialmente el verano, marcadas y recordadas, en consecuencia, por los libros que leíamos. La verdad sobre el caso Harry Quebert fue el del año pasado. Este me llegó un libro que me ha acompañado durante bastantes noches largas, calurosas, mientras me invadía el sueño y antes de mi viaje a Nueva York. Un hombre es un libro de Oriana Fallaci que relata la vida de Alekos Panagoulis de un modo detallado y con un estilo desenvuelto y realista muy particular. Narra las torturas y los padecimientos del poeta griego y activista político de un modo que hace que estemos allí con él, en una celda diminuta, solo soportable gracias a la fortaleza mental del poeta.

La historia cuenta el antes y el después. Oriana Fallaci, periodista comprometida con todos los represaliados de las dictaduras, no conoce a fondo a Alekos hasta que este es liberado. Es entonces cuando logra entrevistarlo y el amor surge de un modo natural entre dos personas fuertes, luchadoras, unidos sin saberlo por un bien común, el de que todos los hombres sean libres de expresarse y vivir del modo que deseen. No se separarán hasta la muerte de él antes de lo que ambos hubieran podido imaginar.

Lo interesante de la obra es que la tortura y las represalias descritas se asemejan a las de cualquier país del mundo, tan similares entre sí, tan horrendamente idénticas. Y lo que sí es diferenciador y asombroso es el caso de este hombre en concreto y cómo es posible que pueda sobrellevar los padecimientos y enfrentarlos con una fortaleza mental casi imposible de creer en un ser humano. Es un libro duro pero amable a un tiempo dotado de clase, frescura, cariño y toda la objetividad de la que es capaz la autora. Raro quizá por lo personal que resulta, que provoca que nos sintamos algo voyeurs al estar asistiendo a una descripción muy íntima, propia de las experiencias de los amantes, en la que nos hemos colado sin saber cómo.

jueves, 7 de agosto de 2014

El secreto

Me detengo en las páginas de una novela que leo estos días, una más de mis lecturas neoyorquinas, Un árbol crece en Brooklyn. Me detengo y leo de nuevo las páginas en las que una madre explica cómo fomentar el hábito de la lectura en sus hijos y hacerlos un poco más listos que ella. Leyendo una página por noche, una de la Biblia protestante y otra de las obras completas de Shakespeare, cree que conseguirá alejarlos de la pobreza y acercarlos a un fututo mejor.

La novela está ambientada en los años veinte del siglo pasado en Nueva York y se desarrolla en Brooklyn. El analfabetismo está a solo una generación de esa madre de origen austriaco.  Cuando nacen sus hijos, su madre austriaca, analfabeta, recomienda la lectura de las dos páginas por noche a los niños, como si con ello pudiera exorcizar el demonio de la ignorancia, del catetismo.

Los inmigrantes que llegaban a Nueva York en aquellos años se establecían y eran explotados. Pronto los sindicatos comenzaron a amparar a los trabajadores. Estos pagaban una cantidad y con ello tenían asegurado un salario y la obligación del pago una vez hecho el trabajo. La educación a partir de los seis años era obligatoria. Parece que estuviéramos hablando de otro país y de otros tiempos, pero no es así. La novela cuenta deliciosamente estos hechos y nos enfrenta a la miseria, al hambre, a un barrio neoyorquino que probablemente cuando vaya a Nueva York no reconozca por lo que haya leído en esta novela pero que me ayudará a comprender. Siempre quedan cosas del pasado en las ciudades, y si algo queda, es posible descubrirlo gracias a que leo, a que tengo la suerte de pertenecer a la estirpe de los que aprendimos a leer. Pienso en generaciones de mujeres pobres y hambrientas sin tener siquiera la imaginación de la que la lectura nos dota para sobrellevar el dolor de la realidad.

Pienso en la niña protagonista de esta novela en Brooklyn, Francie, (que a mí me apetece leer con “che”, Franchi, porque me recuerda a una amiga querida), en cómo la lectura la va introduciendo de un modo muy diferente en el aprendizaje de las cosas más cotidianas, en la obligación del trabajo, en cómo ahorrar unos centavos que mete en una hucha de lata -de una lata de leche condensada clavada al suelo del armario-, en cómo sobrevivir en unas condiciones miserables, sí, pero manteniendo el orgullo, la dignidad.


La Biblia protestante procede de un hotel en el que su tía Sissy mantiene relaciones incestuosas con un hombre. El ejemplar de las obras de Shakespeare, de la biblioteca pública, tan roto y gastado que se lo venden por unos pocos centavos. Todo es prestado, feo, gastado, precario, dudoso en esta novela. No hay nada limpio y nuevo excepto el estado de ánimo de la pequeña cada mañana, antes de ir al colegio, en el que aprenderá por fin a depender de su conocimiento, el arma más valiosa.

Cada día coge un libro de la biblioteca, pero el mejor día es el sábado, en el que se sube a la escalera de incendios de la casa con una almohada y se sitúa por encima de los árboles, protegida y observándolo todo mientras va avanzando en la lectura de su nuevo libro. Lee por orden alfabético cada uno de los ejemplares de la biblioteca, así que lo abarcará todo, desde tratados incomprensibles hasta las delicias de May Alcott.


La lectura como arma salvadora, como llave de conocimiento y libertad, es en esta novela un personaje más, silencioso, en el que se refugian los que sienten ante el mundo más que rabia y conformismo y buscan darle un sentido para quizá algún día llegar a ser alguien en la tierra de las oportunidades. No he terminado de leer la novela pero me gusta porque mantiene la esperanza. La lectura, y con ella la educación, nos hace libres, siempre.

–Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella?
–El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto.
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn.



viernes, 1 de agosto de 2014

El Dios vengativo de Roth

De Philip Roth ya he hablado en ocasiones. Mi gran descubrimiento hace unos años fue  una novela única que hay que leer en algún momento de la vida, Pastoral americana. Ahora leo Némesis con la emoción que me produce siempre la prosa de este autor, que parece querer entender las cosas y explicarlas hasta el final, hasta que no haya ya nada más en donde meter el dedo, ninguna llaga. De ahí la precisión del lenguaje, la sintaxis de frases infinitas perfectamente construidas  en las que se deleita con la subordinación.

Hay mucho dolor, muchísimo, en esta novela, sin embargo luminosa, que llega en verano y es en verano, en un verano norteamericano en Newark, en Nueva Jersey, donde un joven profesor de educación física judío enseña a sus alumnos a jugar al softball y otros deportes en una escuela de verano. La polio entra en escena una tarde de junio y lo estropea todo. Esa felicidad de la estación, del pasar el día en la calle de un barrio judío, se esfuma para dar paso al dolor y a la muerte. Incluso la guerra en Europa contra Alemania queda en un segundo plano.


Estamos en 1944 y el ambiente que se respira es el de una América, la de Roosevelt (afectado también por la polio), en la que las tradiciones y el orden son fundamentales para el mantenimiento moral del país. (Me pregunto si América no sigue siendo así en el fondo.) El joven Cantor, el protagonista, es el encargado de desenmascarar a un Dios justiciero y terrorífico que es capaz de llevarse a los niños de todo un país a través de una enfermedad mortal. Resultan estremecedoras las descripciones de cómo la polio va apoderándose de la salud de los chavales pero no lo es menos el sentimiento de culpa que va creciendo en Cantor a medida que los hechos van sucediéndose y agravándose. Educado en una férrea familia judía con un gran sentido del deber, el sentimiento de culpa que la religión impone se traslada a la vida privada del profesor y acaba minando su moral, impidiéndole disfrutar de la vida. Exento de ir a la guerra debido a su miopía, intenta compensarlo con su dedicación a los niños ese verano del 44.


La reflexión que al final de la novela hace el narrador -ex alumno de Cantor- es que no hay preguntas a los porqués del profesor. Las cosas suceden sin más y sin motivo, no son respuesta los hechos, a nada dicho o imaginado. De nuevo la moral cristiana, el deber de encontrar un sentido a todo, y al no tener respuesta atribuirlo a Dios.

Es Némesis una novela donde se tiene calor, donde da miedo pasar cada página porque el azar puede cargárselo todo y destrozar la felicidad de los personajes. Una novela que sorprende y que, como en otras novelas de Roth, se demuestra que de una pequeña una anécdota histórica se puede hacer una gran novela que trata de todo lo importante. Leer a Roth es como leer un poco el mundo. Y entenderlo.



martes, 29 de julio de 2014

Las ganas

Las ganas de escribir entran cuando lees, como las de comer cuando cocinas. Es muy frecuente que me pase, lo de querer escribir después de leer a un autor que me enriquece y que en cada nueva obra me hace sentir como si fuera aún esa niña soñadora que durante las tardes de verano se sentaba en el jardín a leer después de unas horas de piscina. El pelo todavía mojado, los ojos cegados por el sol, que aún picaban durante la lectura. Entonces todavía no llevaba las gafas de las que me deshice, por cierto, hace ya más de diez años cuando me operé de miopía, una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Los veranos con gafas son terribles. El sudor, el calor, el no ver mientras buceas o nadas, el no encontrar la sombrilla cuando sales del mar.

Pero a lo que voy, que no quiero desviarme demasiado. Esta tarde evocadora, evoco esas otras tardes infantiles porque mi última lectura me recuerda al gusto que por aquellos años empezaba a crecer en mí de la novela realista con cierto drama y romanticismo centrada en la descripción psicológica de los personajes. No estoy hablando de Galdós, aunque podría ser, sino de Henry James, que tanto en su faceta terrorífica (en mi favorita Otra vuelta de tuerca) como en la realista, de autor " personaje", me apasiona. Esta vez es Washington Square la elegida, una novela breve, perfecta para mis tardes de piscina y para la penumbra del sofá tras la siesta.


La poco agraciada protagonista de este drama, una futura heredera que se ve conquistada por un joven cazafortunas en el Nueva York decimonónico, apenas reconocible en las descripciones, es la mujer que aparece una vez terminamos la lectura en nuestra imaginación, pues es tan real, tan posible en su expresión del amor y de la soltería, del ansia de ser amada, que sentimos que la habremos de conocer si la vemos, que aparecerá en cualquier momento en nuestras vidas.

El talento de Henry James para mantenernos enganchados a las buenas tramas que construye, unido a su peculiar forma de narrar, como si todo lo sucedido fuera inevitable y él, narrador y escritor, no tuviera más remedio que contarlo, hacen que siempre me recuerde a esas tardes de lectura absrorbente de la infancia en las que a pesar del picor en los ojos, del calor y del cloro, no podía dejar de leer.



viernes, 25 de julio de 2014

Otro ensayo neoyorquino

E. B. White  es de esas figuras de la primera mitad del siglo XX criado entre periódicos y revistas. Periodista, escritor y publicista de profesión, se graduó en Artes y desempeñó diferentes trabajos hasta llegar a ser lo que siempre sería ya, un excelente reportero, por utilizar la palabra de entonces. En los años veinte publicó numerosos ensayos en The New Yorker, una de las revistas literarias más influyentes del momento. Años después, su primer libro infantil, Stuart Little, aunque en la actualidad es muy conocido su ensayo Esto es Nueva York, otra de mis lecturas americanas de este verano.

Es un ensayo brevísimo en el que el autor vuelve a Nueva York un verano, el de 1948, en el que desde el hotel en el que se aloja percibe los sonidos y las imágenes de un Nueva York que sin conocer me imagino. El calor aplastante, el crecimiento imparable de los barrios, la desaparición de unos lugares y la apertura de otros. Pero sobre todo White toma el pulso al tipo de habitante y al porqué de la elección de Nueva York como lugar de residencia. Claro, hablamos de los años cincuenta, de un país que estaba empezando a recuperarse y a cobrar de nuevo el humor tras la guerra mundial. El interés de ciertas editoriales por los libros de viajes en los que consagrados escritores podían expresar sus de nuevo reanudadas escapadas a lo largo del mundo, produjo este texto, que le fue encargado a White.



Estremecedora la alusión, por premonitoria, de la fragilidad de la ciudad, que en cualquier momento, por ser centro de muchas culturas, puede ser atacada por aviones que quieran estrellarse contra los altos edificios. Parece una broma, pero es cierto, lo escribe. Pero me quedo sobre todo con el ritmo de la ciudad, con esa velocidad que ciega y a la que uno se sube si quiere, si no, puede permanecer en la tranquilidad de un solo barrio, con un solo tendero, como en el pueblo desde el que llegó para tener más emociones y vivir la vida con intensidad de espíritu. Siempre es así. Los que adoramos las grandes ciudades lo hacemos no porque estemos constantemente inmersos en todas sus actividades, sino por la posibilidad de acceder a ellas cuando queramos.


Es bonito ver cómo las ciudades son en esencia lo mismo cuando se habla de ellas. Lees a Galdós y ves Madrid. No el Madrid de ahora en cuanto a barrios, habitantes y forma de comportarse en general, pero sí en esencia. La de Nueva York está en este brevísimo ensayo de White que aumenta las ganas de viajar a la ciudad a la que uno puede ir a recuperar su identidad, si es que la ha perdido, y que quizá encuentre en el Village o en Ellis Island, junto a las almas de los muchos que llegaron allí desde tierra extraña, quién sabe.