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lunes, 15 de diciembre de 2014

El olor y las vidas

Como sabéis, huelo los libros.
Aquellos que me conocen saben que incluso he bromeado con hacer una cata de editoriales por el olor de sus páginas nuevecitas, y es que creo que parte del placer de la lectura consiste en olisquear al azar las páginas de los libros nuevos, nunca de los viejos, es distinto. Los libros viejos se huelen para rememorar y sentir la importancia de la literatura en la historia. El olor de los libros nuevos es un momento similar al de probar un nuevo chocolate si este te gusta o echarte unas gotas de perfume en la muñeca si te agrada probar los olores de los perfumes.

Hay libros, además, que tratan de olores. Sí, ya sé el primero que os viene a la cabeza, El perfume. Ese delicioso libro que huele bien y mal y da grima pero que uno no puede dejar de leer con cierta náusea placentera.

Libros como Aromas, menos conocidos, dicen mucho de sí mismos y de la delicadeza de sus autores, incluso de su olfato. Claudel es un autor que me fascinó en La hija del señor Linh por la frescura narrativa que posee y parece decirlo todo en pocas palabras. No se trata de una novela larga y ante su lectura parecemos muertos de hambre, tal es nuestra ansia de avanzar y no acabar nunca.


Aromas reúne la historia de distintos olores que para el autor han sido importantes porque le cambiaron o le hacen rememorar el pasado, quizá le trasladan a la infancia o a un momento de su vida que preferiría olvidar. Pero el encanto verdadero reside en la sutileza para describir un aroma, que descubre al gran narrador y poeta que es Claudel.

La lectura nos hace pensar en cuáles serían los olores que describiríamos nosotros si tuviéramos que hacerlo y en cuáles coincidimos con el autor. Maravillosa la frase que define el olor de la col como el "carnet de identidad de la miseria" o, algo menos evidente y hermosísimo, el olor del "despertar" como el de "el calor de la vida en hibernación". Se trata de definiciones del olor más que de una descripción del mismo, porque qué otra manera de describir un olor habría que la de compararlo con otro olor, con el de otro objeto o espacio.

Leed, oled y disfrutad de estas deliciosas descripciones, que a modo de cuentos cortos nos deleitan con imágenes propias de la vida, de la existencia común a todos.


lunes, 1 de diciembre de 2014

El sol de los Scorta

Hay libros que llegan a nosotros del modo más casual, otros son un regalo que al desenvolver nos llena de dicha. Y los hay que son regalo sin envoltorio, esos que acaban en nuestras manos cuando acompañábamos al novio, la amiga, la madre y nos dijo, "toma, te lo regalo". Y con el ejemplar en las manos se acercó a la caja y lo pagó y a veces hizo la broma de pedir que lo envolvieran y aun sin haber salido de la librería nos lo dio para que lo tuviéramos ya, que ya era nuestro.

Hace unos días vivo justo esto con mi hermana. Elige ella un par de títulos, me dice que me regala uno, que elija yo el que quiera, como hace años hacía mi hermano pequeño y me llenaba de dicha pero también de angustia por el eterno dilema: qué me llevo. Le digo a mi hermana esta vez que elija ella. Tiene buen gusto y qué mejor que el otro escoja por nosotros cuando nos fiamos de sus lecturas. Coge El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, pide que lo envuelvan y me lo da antes de salir de la librería. He visto en sus ojos una luz cuando lo ha elegido y me estremezco de gusto pensando en qué ocultará el libro que lo hace tan especial. 


Estos días lo leo. Con la luz de noviembre, que está en Madrid más cerca de la primavera que del otoño, avanzo entre las páginas que casi he terminado y me han conmovido y entiendo ya el porqué de la recomendación, de la elección del libro. La historia trata de la vida y de lo que legamos, de cómo se transmite de generación a generación lo aprendido y lo vivido, que es lo que nos diferencia de los animales, comenta un personaje en la obra. Hay un viaje a Nueva York, a la isla de Ellis, en realidad, así que doy por supuesto en parte el regalo, el porqué de tan grata lectura elegida para mí, que acabo de visitar la ciudad, cuyo Museo de la Inmigración, en la isla de Ellis, me ha impactado especialmente.

La familia italiana de la que se habla en la novela tiene una parte de su pasado en Nueva York, pero no hay que irse tan lejos, podemos quedarnos en la Apulia, donde se desarrolla la novela en Italia, para que surjan los secretos de familia bien guardados, las infidelidades, los errores, los deseos. La vida, en definitiva. Hay un momento espléndido en la novela en el que uno de los personajes pide a sus amados hermanos, reunidos en un precioso día de verano, que transmitan lo aprendido, por poco que sea, a sus hijos, ya que él ha vivido poco:

Es probable que me muera en Montepuccio sin haber visto otra cosa del mundo que las resecas colinas de nuestra tierra. Pero ahí estáis vosotros. Sabéis muchas más cosas que yo. Prometedme que les hablaréis de ellas a mis hijos. Que les contaréis lo que habéis visto. Que lo que aprendisteis durante vuestro viaje a Nueva York no desaparezca con vosotros. Prometedme que cada uno contará una cosa a mis hijos. Una cosa que haya aprendido. Un recuerdo. Una vivencia. Hagámoslo los unos por los otros. De tíos a sobrinos. De tías a sobrinas. Un secreto que mantengáis guardado y que no contaréis a nadie más.


La novela es luminosa y está cargada de tragedia y de historia familiar, lo que me lleva a recordar El Gatopardo. Podemos sentir el sol, el calor del sur de Italia en nosotros aunque estemos en noviembre. Tiene este don el autor y el de hacer verosímiles a unos personajes que no son únicamente pintorescos seres del sur de Italia sino personas que pudimos conocer y que, como yo, pisaron Ellis antes de entrar en Manhattan. Es mi novela ahora, ya la he hecho mía. Y es que si algo tiene la literatura, la buena prosa, es hacernos creer que lo escrito se creó únicamente para nosotros.


jueves, 7 de agosto de 2014

El secreto

Me detengo en las páginas de una novela que leo estos días, una más de mis lecturas neoyorquinas, Un árbol crece en Brooklyn. Me detengo y leo de nuevo las páginas en las que una madre explica cómo fomentar el hábito de la lectura en sus hijos y hacerlos un poco más listos que ella. Leyendo una página por noche, una de la Biblia protestante y otra de las obras completas de Shakespeare, cree que conseguirá alejarlos de la pobreza y acercarlos a un fututo mejor.

La novela está ambientada en los años veinte del siglo pasado en Nueva York y se desarrolla en Brooklyn. El analfabetismo está a solo una generación de esa madre de origen austriaco.  Cuando nacen sus hijos, su madre austriaca, analfabeta, recomienda la lectura de las dos páginas por noche a los niños, como si con ello pudiera exorcizar el demonio de la ignorancia, del catetismo.

Los inmigrantes que llegaban a Nueva York en aquellos años se establecían y eran explotados. Pronto los sindicatos comenzaron a amparar a los trabajadores. Estos pagaban una cantidad y con ello tenían asegurado un salario y la obligación del pago una vez hecho el trabajo. La educación a partir de los seis años era obligatoria. Parece que estuviéramos hablando de otro país y de otros tiempos, pero no es así. La novela cuenta deliciosamente estos hechos y nos enfrenta a la miseria, al hambre, a un barrio neoyorquino que probablemente cuando vaya a Nueva York no reconozca por lo que haya leído en esta novela pero que me ayudará a comprender. Siempre quedan cosas del pasado en las ciudades, y si algo queda, es posible descubrirlo gracias a que leo, a que tengo la suerte de pertenecer a la estirpe de los que aprendimos a leer. Pienso en generaciones de mujeres pobres y hambrientas sin tener siquiera la imaginación de la que la lectura nos dota para sobrellevar el dolor de la realidad.

Pienso en la niña protagonista de esta novela en Brooklyn, Francie, (que a mí me apetece leer con “che”, Franchi, porque me recuerda a una amiga querida), en cómo la lectura la va introduciendo de un modo muy diferente en el aprendizaje de las cosas más cotidianas, en la obligación del trabajo, en cómo ahorrar unos centavos que mete en una hucha de lata -de una lata de leche condensada clavada al suelo del armario-, en cómo sobrevivir en unas condiciones miserables, sí, pero manteniendo el orgullo, la dignidad.


La Biblia protestante procede de un hotel en el que su tía Sissy mantiene relaciones incestuosas con un hombre. El ejemplar de las obras de Shakespeare, de la biblioteca pública, tan roto y gastado que se lo venden por unos pocos centavos. Todo es prestado, feo, gastado, precario, dudoso en esta novela. No hay nada limpio y nuevo excepto el estado de ánimo de la pequeña cada mañana, antes de ir al colegio, en el que aprenderá por fin a depender de su conocimiento, el arma más valiosa.

Cada día coge un libro de la biblioteca, pero el mejor día es el sábado, en el que se sube a la escalera de incendios de la casa con una almohada y se sitúa por encima de los árboles, protegida y observándolo todo mientras va avanzando en la lectura de su nuevo libro. Lee por orden alfabético cada uno de los ejemplares de la biblioteca, así que lo abarcará todo, desde tratados incomprensibles hasta las delicias de May Alcott.


La lectura como arma salvadora, como llave de conocimiento y libertad, es en esta novela un personaje más, silencioso, en el que se refugian los que sienten ante el mundo más que rabia y conformismo y buscan darle un sentido para quizá algún día llegar a ser alguien en la tierra de las oportunidades. No he terminado de leer la novela pero me gusta porque mantiene la esperanza. La lectura, y con ella la educación, nos hace libres, siempre.

–Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella?
–El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto.
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn.



viernes, 1 de agosto de 2014

El Dios vengativo de Roth

De Philip Roth ya he hablado en ocasiones. Mi gran descubrimiento hace unos años fue  una novela única que hay que leer en algún momento de la vida, Pastoral americana. Ahora leo Némesis con la emoción que me produce siempre la prosa de este autor, que parece querer entender las cosas y explicarlas hasta el final, hasta que no haya ya nada más en donde meter el dedo, ninguna llaga. De ahí la precisión del lenguaje, la sintaxis de frases infinitas perfectamente construidas  en las que se deleita con la subordinación.

Hay mucho dolor, muchísimo, en esta novela, sin embargo luminosa, que llega en verano y es en verano, en un verano norteamericano en Newark, en Nueva Jersey, donde un joven profesor de educación física judío enseña a sus alumnos a jugar al softball y otros deportes en una escuela de verano. La polio entra en escena una tarde de junio y lo estropea todo. Esa felicidad de la estación, del pasar el día en la calle de un barrio judío, se esfuma para dar paso al dolor y a la muerte. Incluso la guerra en Europa contra Alemania queda en un segundo plano.


Estamos en 1944 y el ambiente que se respira es el de una América, la de Roosevelt (afectado también por la polio), en la que las tradiciones y el orden son fundamentales para el mantenimiento moral del país. (Me pregunto si América no sigue siendo así en el fondo.) El joven Cantor, el protagonista, es el encargado de desenmascarar a un Dios justiciero y terrorífico que es capaz de llevarse a los niños de todo un país a través de una enfermedad mortal. Resultan estremecedoras las descripciones de cómo la polio va apoderándose de la salud de los chavales pero no lo es menos el sentimiento de culpa que va creciendo en Cantor a medida que los hechos van sucediéndose y agravándose. Educado en una férrea familia judía con un gran sentido del deber, el sentimiento de culpa que la religión impone se traslada a la vida privada del profesor y acaba minando su moral, impidiéndole disfrutar de la vida. Exento de ir a la guerra debido a su miopía, intenta compensarlo con su dedicación a los niños ese verano del 44.


La reflexión que al final de la novela hace el narrador -ex alumno de Cantor- es que no hay preguntas a los porqués del profesor. Las cosas suceden sin más y sin motivo, no son respuesta los hechos, a nada dicho o imaginado. De nuevo la moral cristiana, el deber de encontrar un sentido a todo, y al no tener respuesta atribuirlo a Dios.

Es Némesis una novela donde se tiene calor, donde da miedo pasar cada página porque el azar puede cargárselo todo y destrozar la felicidad de los personajes. Una novela que sorprende y que, como en otras novelas de Roth, se demuestra que de una pequeña una anécdota histórica se puede hacer una gran novela que trata de todo lo importante. Leer a Roth es como leer un poco el mundo. Y entenderlo.



martes, 29 de julio de 2014

Las ganas

Las ganas de escribir entran cuando lees, como las de comer cuando cocinas. Es muy frecuente que me pase, lo de querer escribir después de leer a un autor que me enriquece y que en cada nueva obra me hace sentir como si fuera aún esa niña soñadora que durante las tardes de verano se sentaba en el jardín a leer después de unas horas de piscina. El pelo todavía mojado, los ojos cegados por el sol, que aún picaban durante la lectura. Entonces todavía no llevaba las gafas de las que me deshice, por cierto, hace ya más de diez años cuando me operé de miopía, una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Los veranos con gafas son terribles. El sudor, el calor, el no ver mientras buceas o nadas, el no encontrar la sombrilla cuando sales del mar.

Pero a lo que voy, que no quiero desviarme demasiado. Esta tarde evocadora, evoco esas otras tardes infantiles porque mi última lectura me recuerda al gusto que por aquellos años empezaba a crecer en mí de la novela realista con cierto drama y romanticismo centrada en la descripción psicológica de los personajes. No estoy hablando de Galdós, aunque podría ser, sino de Henry James, que tanto en su faceta terrorífica (en mi favorita Otra vuelta de tuerca) como en la realista, de autor " personaje", me apasiona. Esta vez es Washington Square la elegida, una novela breve, perfecta para mis tardes de piscina y para la penumbra del sofá tras la siesta.


La poco agraciada protagonista de este drama, una futura heredera que se ve conquistada por un joven cazafortunas en el Nueva York decimonónico, apenas reconocible en las descripciones, es la mujer que aparece una vez terminamos la lectura en nuestra imaginación, pues es tan real, tan posible en su expresión del amor y de la soltería, del ansia de ser amada, que sentimos que la habremos de conocer si la vemos, que aparecerá en cualquier momento en nuestras vidas.

El talento de Henry James para mantenernos enganchados a las buenas tramas que construye, unido a su peculiar forma de narrar, como si todo lo sucedido fuera inevitable y él, narrador y escritor, no tuviera más remedio que contarlo, hacen que siempre me recuerde a esas tardes de lectura absrorbente de la infancia en las que a pesar del picor en los ojos, del calor y del cloro, no podía dejar de leer.



miércoles, 25 de junio de 2014

Mi querida Ana María

Pensar en Ana María Matute es para mí como pensar en la amada madre de la infancia, la mujer de pelo cano que mi madre verdadera adoraba y cuyos libros me regalaba, incluso algunos tan poco infantiles como Los niños tontos, que llegó a mis manos como un extraño que se atrevía a ahuyentar  a los de mi especie con su solo título.  Esos niños que, es verdad, una vez leído el libro, eran estúpidos y se encontraban perdidos en aldeas de posguerra y hambre y entregados a una naturaleza despiadada y al desafecto del analfabetismo que nos aleja de la humanidad más básica.

Llegaron El polizón del Ulises y Solo un pie descalzo, que me conmovieron hasta el extremo, que me hicieron viajar por el libro y oler sus páginas de la edición de Lumen hasta aún muy mayor. Siempre eran sus historias algo más que cuentos infantiles, dejaban un poso trágico para que ya de pequeños supiéramos que la vida no siempre era perfecta, aunque fuéramos niños. 

La conocí finalmente hace unos pocos meses, en la entrega del Premio Primavera de Novela. Me cogió fuerte de la mano mientras yo le expresaba mi admiración. Era frágil y pequeñita y tenía ojos dulces de agua, como si acabara de ver algo maravilloso que le hubiera dejado la nostalgia de perderlo en la mirada. Me susurró varios gracias, me escuchó y se alejó despacito de la mano de la persona que había de ayudarla a caminar.

Escribo esta triste mañana de miércoles estas letras fuera de casa, pero cuando llegue a mi refugio, ya tarde, iré a la estantería a ojear los libros de Ana María, como hago cada vez que uno de estos amados escritores míos muere. No hace muchos días lo hice con Gabo. Son esos momentos de condolencia en los que me acerco a sus obras, las cojo y las observo pensando quizá que con ello pueda dejarlos ir sin desconsuelo, o no tanto, deseándoles un buen viaje allá donde vayan.


martes, 17 de junio de 2014

La ingenuidad de Shield

Lovecraft la definió como la mejor novela de ciencia ficción y en mi opinión, junto con La máquina del tiempo y El hombre invisible es de las mejores novelas “ingenuas” de principios de siglo XX que me han hecho soñar. Se publicó por entregas en 1901 y se nota en algunos capítulos ciertamente repetitivos.


Entras en sus páginas con esa sensación de estar embarcándote en la aventura del protagonista y enseguida te absorbe. La edición de Marías en su editorial Reino de Redonda de La nube púrpura de M P Shiel me daba ya casi al cien por cien garantías de que me iba a gustar. Y así ha sido. Es esta novela una de las adquisiciones de este año en la Feria del Libro de Madrid. La segunda ya la desvelaré en otra ocasión.


Adam Jeffson, el protagonista de la novela, se embarca en una peligrosa misión al Polo Norte de la que será el único superviviente. Cuando quiere regresar a Inglaterra, de donde partió, se da cuenta de que una nube púrpura ha aniquilado a la raza humana y él es el único ser humano vivo. ¿O no?


Esta es la atractiva trama de una novela que comienza con una prosa ligera, divertida, que empieza a hacerse algo pesada a la mitad de la novela pero que vuelve a recuperarse después. Y es que las vicisitudes del protagonista comienzan asombrándonos para después desesperarnos y desear que los hechos avancen más deprisa. A pesar de los altibajos merece la pena leerla. Es audaz y valiente. Una historia disparatada de tal modo contada que tiene asomos de posible. Perfecta para la playa.




viernes, 23 de mayo de 2014

El chico con color

Escribe Murakami una novela colorista cargada de optimismo a la que sin embargo se le podría achacar cierta jovialidad simple. De acuerdo. Pero funciona. Devoro el libro con la sensación de frescor de esta primavera cargada de sobresaltos climatológicos y cambios de humor.

Hay lecturas que nos vienen bien para un momento de nuestras vidas. Otras no encajan. He tenido grandes fracasos lectores en momentos en los que un texto no me ha funcionado, y cuando he vuelto a repetir la lectura en otra ocasión de mi vida, sí ha encajado.

Con Murakami casi siempre hay exceso de ligereza en el estilo, pero ahora me lo encuentro también en la trama. Los años de de peregrinación del chico sin color es una novela que cuenta una historia sencilla que funciona en este momento de mi vida, no puedo explicarlo de otro modo.


Tsukuro Tazaki, el protagonista, tras unos años queriendo morirse, se propone olvidar un momento de su juventud doloroso y acaba viajando a la otra parte del mundo para encontrar explicación a su dolor. Una falsa violación, una muerte irreparable y una vida construyendo estaciones de ferrocarril son elementos clave en el texto, que no contiene, a pesar de lo que pueda parecer, una especial intriga ni excesiva emoción al uso de la novela policiaca. No hay un caso que nos mantenga atentos a su resolución, lo que sucede en la novela es la vida misma y al final todo resplandece y toma color, incluido el chico sin color pintado por Murakami.

Perfecto para el fin de semana.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Los que dejan de escribir

Es de los pocos autores de los que únicamente he leído dos obras, y no las dos me importaron. Ahora, ha decidido dejar de escribir y esto me lleva a reflexionar sobre esa, de las novelas que escribió, que me dejó huella.

Con la Pastoral americana de Philip Roth me derrumbé y me entregué ya plenamente a la narrativa norteamericana, que me había venido rondando desde El periodista deportivo y El Día de la Independencia de Ford y Corre, Conejo de Updike. Con ellos y los relatos siempre imprevisibles de Carver y de Cheever, con quien me volví loca por la vida americana de los 50 que no nos habían contado, ya sí decidí que había de leerlo todo sobre este grupo de escritores que yo misma había creado sin querer, hacia los que tenía una serie de prejuicios por ser, simplemente, norteamericanos.

La lectura de Pastoral americana me pilló en uno de esos momentos en los que la percepción nos hace leer lo que cae en nuestra manos de un modo peculiar, como si pudiéramos vernos a nosotros mismos dentro de la obra que hemos elegido. Para que esto ocurra, además, ha de darse otro hecho, y es que la obra sea de gran calidad literaria.


La novela de Roth me invadió de emoción por la prosa y lo narrado, una de esas tramas inolvidables de la que no quiero decir casi nada por no desvelar la emoción que contiene y que el autor crea de un modo ejemplar.

La estructura de la novela sorprende por lo insólita, pero enseguida nos acostumbramos y entendemos no solo la forma de plantear la historia sino también el ritmo que a ratos queremos acelerar para llegar al final antes de tiempo. A pesar de su extensión, la novela se lee deprisa. La recomiendo para una de esas semanas de jornada intensiva -que a algunos nos otorga la llegada del verano- después de una buena siesta. 

No podréis dejar de querer saber cuál es el dolor de este padre americano cuya hija pertenece a una generación confundida, desecha antes de empezar a ser adulta. Es, como todas las grandes novelas, una reflexión sobre el mundo: amor, dolor, la existencia del ser entre estos dos polos, la vida…


martes, 29 de abril de 2014

¿Querido Diego?

Cuando Elena Poniatowska escribió Querido Diego, te abraza Quiela, en el año 1978, las feministas se le echaron encima porque consideraban ofensiva la sumisión al macho del personaje femenino que retrataba la novela, pura ficción sin embargo. Resulta muy llamativo cómo esa mezcla de realidad y ficción, esa confusión, se ha dado en la literatura desde hace años. Como si fuéramos locos quijotes sin freno nos escandalizamos ante una obra que nace de la imaginación del autor por mucho que este se base en hechos y personas reales para crear su propia historia.

El libro remueve, no cabe ninguna duda, y especialmente a las mujeres, pues se trata del relato de una relación entre el pintor mexicano Diego Rivera y su primera esposa, Angelina Beloff, una exiliada rusa en París, a la que apodaba él cariñosamente Quiela.

Poniatowska nos ofrece, en un texto dotado de gran carga poética y párrafos bellísimos, el retrato de una mujer atormentada por la ausencia de su esposo, que prácticamente ha huido de ella al poco de haber perdido al hijo de ambos con tan solo unos meses de vida. Quiela añora a Diego y le escribe, humillándose hasta límites insospechados con palabras que se nos clavan en el corazón.

La novela es epistolar y reúne las cartas que Quiela le escribe a Diego tras haber huido este a México, y a pesar de haberle prometido mandarle dinero para que ella pueda reunirse pronto con él, no lo hace. Las cartas están escritas en un periodo de nueve meses, lo que dura una gestación. Es el tiempo que tarda Quiela en superar su amor u obsesión por Diego Rivera, lo que tarda en pasar página y olvidarlo.

Si bien las primeras cartas son ficticias, la última es real, la escribió Quiela, y cierra una relación espeluznante plagada de infidelidades del macho mexicano, misógino, destructivo, violento, despiadado con Quiela y para colmo despreciable físicamente, quizá por ello más sorprendente su éxito con las mujeres, fascinadas quizá por su fama y su exotismo.

Difícil le ha resultado a los lectores separar la ficción de la realidad. Haced la prueba vosotros mismos, a ver qué os provoca libro, si os impresiona u os conmueve o simplemente os deja fríos, tal vez tristes. La actitud sumisa y obsesiva de Quiela, heredera del amor romántico, provoca rechazo en muchos lectores pero a mí me ha parecido conmovedora esa mujer dañada que trata de olvidar diciéndose a sí misma que ha de hacerlo en las cartas a Diego, donde habla consigo misma.

Quizá lo más horrible que he escuchado sobre el libro, dicho, cómo no, por un hombre aparentemente normal e inofensivo (y bastante joven) es que hay mujeres a las que les gusta que les den caña y eligen a este tipo de hombres como Diego Rivera conscientes de lo que se van a encontrar. Creo que sobran las palabras. Dejémoslo en desprecio a secas. Leed, leed y opinad vosotros mismos.

jueves, 17 de abril de 2014

La pasión lectora que te debo

No es uno de esos retiro de escritor, no un aislamiento de unos días. Finalmente ha sido D.F. la encargada de acoger el último suspiro de Gabo.

Era cercano desde que tengo uso de razón, como uno más en casa. Mamá no se cansaba de elogiarlo. Gracias a ella aprendí a amarlo. Me costó, porque el primero que me hicieron leer en el instituto fue Crónica de una muerte anunciada y me resultó complejo, extraño para las lecturas decimonónicas tradicionales en las que me había educado y a las que estaba acostumbrada. Leer de pronto aquello no fue fácil. Me olía a sangre y me deslumbraba el sol cuando leí la novela. 

Después vinieron La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba. Fue mucho después cuando apareció Macondo y los Buendía llegaron a mi vida lectora, casi real. Con Cien años de soledad y el realismo mágico me hice mayor y entendí ese amor rabioso que solo ocurre a veces, y el amor más tierno de El amor en los tiempos del cólera.


Mucho que decir, que pensar. Gabo ha estado en cada etapa de mi vida y en cada una ha desempeñado la misma función, la de hacerme una apasionada lectora cada vez más apasionada, la de no entender la literatura más que a través del universo creador y creativo de este hombre que nos robó el corazón y un poco del alma. Cada nuevo libro, incluso los apuntes biográficos como Vivir para contarla o los textos puramente periodísticos, tenían esa fuerza humanizadora, grande, que nos arrastraba hasta que terminábamos la lectura. En épocas de sequía lectora siempre he recomendado su lectura. Los cuentos, prodigiosos, las novelas, más mágicas que realistas por lo posibles, cualquier ensayo... Incluso esos libros sobre el taller de cuentos que él mismo impartió. Supo cómo contarnos el cuento, y la historia que fuera era en sus manos arrolladora y nos dejaba sin aliento, días y días boquiabiertos, hojeando incrédulos las páginas leídas y preguntándonos, "¡pero cómo lo hace!". Yo aún no lo sé. No sé cómo consigue atraparnos, y no me convence ninguno de los ensayos críticos sobre su obra que hablan del estilo, los argumentos, etcétera. Tiene que haber algo más, un don que traspasa los cánones, como los que estos días celebramos que tuvieron Shakespeare y Cervantes. No habrá nuevos títulos que gozar. Gracias a que poseemos la relectura, bendita sea, como consuelo, para suplir la ausencia de todos ellos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Los espectros que nos hablan

Hay libros que poseen el don de emocionar una parte de nosotros que normalmente no queremos descubrir porque es la que marca los momentos de nostalgia y añoranza de lo que fue.

Leo Manazuru -subtitulada Una historia de amor- durante estos días y me encuentro con los fantasmas y las presencias nada tenebrosas que solo los creadores japoneses son capaces de reflejar.

Seres del más allá que caminan junto a nosotros para enseñarnos quiénes somos y quiénes fueron ellos y son ahora. Apariciones que no dan miedo porque parecen formar parte de nuestra vida y nos acompañan y nos dan pistas de qué hacer, hacia dónde dirigirnos.

Pero la novela no es un texto de fantasmas, o no del modo que podría imaginarse. Es una novela de ausencias, de desapariciones e intuiciones, del crecimiento de una niña y de un olvido. Es una historia de amor que termina bruscamente.

Una mujer es abandonada por su esposo. No deja señales, desaparece simplemente un día y no vuelve. 



La novela comienza años después, cuando Kei y su hija adolescente Momo, que era un bebé cuando su padre desapareció, viven más o menos plácidamente en Tokio junto a la abuela de la niña. Las tres componen escenas cotidianas hermosísimas, portadoras como son de tres generaciones. Esta frase describe a las tres mujeres preparando gelatina: Las manos que manipulan la comida, las arrugadas, las lisas y las que empiezan a perder firmeza, se rozan entre sí, se separan y se sobreponen.

Los hombres son la gran ausencia en la vida de las tres mujeres a pesar de la aparición ocasional del amante de la madre, un hombre casado que no quiere comprometerse con ella. De vez en cuando una presencia se cuela en la realidad de la protagonista e incluso de la hija, quizá el padre ausente que vuelve. Otras veces es una mujer la que acompaña a Kei y le enseña cómo ha de ver las cosas para olvidar y enterrar definitivamente al marido desaparecido. 

Manazuru es una especie de pueblo fantasma que actúa como el paisaje irreal donde la mujer acude para encontrar respuestas a su propia vida. Similar a la Comala de Rulfo, en la que los espectros se relacionan con los vivos de un modo casi natural. 

Hiromi Kawakami, de nuevo no pasa desapercibida ante mis ojos. Como en El cielo es azul, la tierra blanca, hay algo indescriptible que despierta los recuerdos del lector y que traza un paisaje, un recorrido, que describe de un modo sencillo, poco florido en estilo pero con fuerza y determinación, sin ambages. 


miércoles, 22 de enero de 2014

Italia galdosiana

Mis recuerdos de Galdós se remontan a mi infancia, cuando leí, a trocitos, los tres primeros Episodios Nacionales encuadernados que mi madre tenía en la estantería del salón. Recuerdo la lectura algo tediosa a ratos, pero como añadían ilustraciones cuadros que representaban el momento histórico del que se hablaba, me animaba a continuar leyendo.

No fue la última de las lecturas de Galdós. De esa pasé a otras más entretenidas y acabé leyéndomelo casi todo y entusiasmándome ante cada nuevo título descubierto. Creo que hay muy poco que no haya leído escrito por el autor.

Hace un par de semanas, en un hallazgo del destino, y de nuevo acompañada por la que en su momento me alentó a hacerme“galdosiana”, mi madre, encontré una nueva obrita que ha editado Gadir en la que se recopilan las experiencias del viaje a Italia de Galdós en el verano de 1888.

Casualmente recién llegada de allá, y habiendo visitado en otra ocasión parte del país, ha resultado maravilloso revivir y recrear las imágenes recopiladas por mí misma y compararlas con las de mi querido autor decimonónico. ¿Cómo era Italia en 1888? ¿Cómo era España? Lógicamente, Galdós no deja de hacer paralelismos entre los dos países de esa manera aguda con la que sabía meter el dedo en la llaga sin ofender, u ofendiendo lo justo y necesario.

Hay en el tono una educación inherente al escritor del XIX, unos modales sintácticos y léxicos que resultan ingenuos y nos hacen sonreír un tanto. Pero aparte de estas diferencias, la expresión de lo que le produjeron muchos de los rincones por mí visitados es muy parecida a la que yo misma podría haber utilizado.


Galdós siempre supo mirar la sociedad que le rodeaba, describir los tipos, las costumbres y relacionarlo todo con el momento histórico. Me encanta descubrirlo en este librito describiendo paisajes, lugares y no gentes, o al menos no tantas como en sus novelas. Me gusta observar en qué se fija, qué es importante a sus ojos y qué ni menciona.

De vuelta de Italia es una lectura deliciosa que nada tiene que envidiar a los libros de viajes decimonónicos de tradición anglosajona. Es hora de descubrir otro Galdós y otra Italia que tan poco ha cambiado, en realidad, desde entonces en belleza y emoción.