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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Esos diez libros del año

Último día del año. Recapitulo y selecciono mis diez libros del 2014. Muchos no son novedades editoriales, pero sí fueron nuevos para mí. Una frase para cada título, aunque de algunos diría mucho más.


1. Alan Sillitoe
Sábado por la noche y domingo por la mañana

Desolador, pero reconfortante por su belleza en retratar los instantes más nimios de la vida de la gente corriente.










2. L. Sprague de Camp
Lovecraft. Una biografía

Para fanáticos de Lovecraft. Todas las rarezas  y excentricidades del escritor de Nueva Inglaterra.











3. Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York

Deliciosa recopilación de los mejores poemas de autores españoles contemporáneos sobre la ciudad que nunca duerme. Revelador.










4. Enric González
Historias de Nueva York

No es una novedad, no descubro nada nuevo. Un clásico español sobre Nueva York que me deslumbró.










5. Nathaniel Hawthorne
Libro de maravillas

Descubrimiento bellísimo de la obra menor de un autor encumbrado. Para los que gustan de los mitos y los cuentos de hadas.










6. José C. Vales
El pensionado de Neuwelke

Historia decimonónica de fantasmas narrada por un autor español aunque parezca que lo haya escrito un dickensiano romántico.










7. E. B. White
Esto es Nueva York

La brevísima reflexión del autor norteamericano sobre la ciudad de Nueva York en el caluroso verano de 1948.









8. Elena Poniatowska
Leonora

Profundamente conmovedor, poético, humano. Una prosa vertiginosa que te deja trastornado un tiempo.










9. Haruki Murakami
Los años de peregrinación del chico sin color

Una novela absorbente que hace, como en los mejores títulos de Murakami, que lo más descabellado parezca posible.











10. Philip Roth
Némesis

Novela melancólica que narra la llegada de la polio al barrio judío de Nueva Jersey en el verano del 44.



lunes, 8 de septiembre de 2014

Hablo y leo... como puedo


El viaje a Nueva York ha sido una lectura. De la ciudad, de sus carteles, de los paneles de los museos, de las líneas de metro, de los menús, de las cuentas en los bares, de mí misma. Una lectura de cómo  es uno cuando viaja, si se convierte en un libro entretenido o por el contrario es una de esas lecturas tediosas que nadie quiere leer y que te obligan a leer a fondo en el colegio. Yo soy una lectura amena un poco previsible a ratos pero bien escrita.

Leer en Nueva York es fácil, es preciso. Cada nuevo aviso en una línea de metro que ha sido modificada te hace estar pendiente de la palabra escrita. La gente lee. Doris Lessing, veo hoy mismo que lleva un chico, Faulkner, Steinbeck y los best seller de este verano que desconozco, o los misterios que contiene el libro electrónico que no logro desentrañar. 

Las librerías se encuentran con bastante frecuencia, quizá no tanto como en París o Londres, pero se sienten. La biblioteca pública está llena y hay un respeto latente por los libros y por esos lugares en los que se encuentran, da igual, biblioteca o librería. En Strand hay un enorme mostrador de madera al fondo donde la gente vende sus libros no deseados. Hay bastante gente el día que lo descubro y me da un poco de pena por aquellos que abandonan. Creo que el americano es práctico y que valora enormemente tener una educación. En los espacios públicos se guarda silencio e intentas no rozar al que va a tu lado en el metro o al que se sienta a tu lado, estés donde estés. 

Las lecturas en un idioma que no es el propio se convierten en lecturas de instituto en las que aún no éramos capaces de apreciar el estilo y solo queríamos terminar el libro en cuestión. Me defiendo, sin embargo, en inglés, y a diferencia de en otros países europeos, aquí da igual como lo hables, si tienes o no una buena pronunciación. Me dice Carla, "¿Pero no ves que aquí hay mil acentos?  No hay una única manera de hablarlo. Todos nos entendemos, no hay un único idioma" Y es verdad. La mezcla de culturas es enorme y las variantes del inglés son muchas. Y a diferencia de en Europa, no es el neoyorquino elitista en este sentido, no te miran mal ni te dan de lado por no hablarlo con el acento correcto. ¿Cuál es el acento correcto, por cierto? "Lo hablas perfectamente", me han dicho en un par de ocasiones en el viaje. Bueno, es un alivio. Uno va con la vergüenza de sentirse tarado de algún modo, por no hablarlo con la fluidez que le gustaría pero hay que lanzarse a hablar, a leer, a ser uno mismo en otra lengua, a reírse de todo empezando por nosotros mismos. Qué placer en ello, qué libertad.



Volveré a Nueva York. Ya lo sé, ya lo tengo claro, y espero que mis lecturas y mi lenguaje sean otros, quizá mejores, quizá simplemente diferentes. Esta ciudad es una sorpresa maravillosa, así que espero

casi cualquier cosa.


jueves, 7 de agosto de 2014

El secreto

Me detengo en las páginas de una novela que leo estos días, una más de mis lecturas neoyorquinas, Un árbol crece en Brooklyn. Me detengo y leo de nuevo las páginas en las que una madre explica cómo fomentar el hábito de la lectura en sus hijos y hacerlos un poco más listos que ella. Leyendo una página por noche, una de la Biblia protestante y otra de las obras completas de Shakespeare, cree que conseguirá alejarlos de la pobreza y acercarlos a un fututo mejor.

La novela está ambientada en los años veinte del siglo pasado en Nueva York y se desarrolla en Brooklyn. El analfabetismo está a solo una generación de esa madre de origen austriaco.  Cuando nacen sus hijos, su madre austriaca, analfabeta, recomienda la lectura de las dos páginas por noche a los niños, como si con ello pudiera exorcizar el demonio de la ignorancia, del catetismo.

Los inmigrantes que llegaban a Nueva York en aquellos años se establecían y eran explotados. Pronto los sindicatos comenzaron a amparar a los trabajadores. Estos pagaban una cantidad y con ello tenían asegurado un salario y la obligación del pago una vez hecho el trabajo. La educación a partir de los seis años era obligatoria. Parece que estuviéramos hablando de otro país y de otros tiempos, pero no es así. La novela cuenta deliciosamente estos hechos y nos enfrenta a la miseria, al hambre, a un barrio neoyorquino que probablemente cuando vaya a Nueva York no reconozca por lo que haya leído en esta novela pero que me ayudará a comprender. Siempre quedan cosas del pasado en las ciudades, y si algo queda, es posible descubrirlo gracias a que leo, a que tengo la suerte de pertenecer a la estirpe de los que aprendimos a leer. Pienso en generaciones de mujeres pobres y hambrientas sin tener siquiera la imaginación de la que la lectura nos dota para sobrellevar el dolor de la realidad.

Pienso en la niña protagonista de esta novela en Brooklyn, Francie, (que a mí me apetece leer con “che”, Franchi, porque me recuerda a una amiga querida), en cómo la lectura la va introduciendo de un modo muy diferente en el aprendizaje de las cosas más cotidianas, en la obligación del trabajo, en cómo ahorrar unos centavos que mete en una hucha de lata -de una lata de leche condensada clavada al suelo del armario-, en cómo sobrevivir en unas condiciones miserables, sí, pero manteniendo el orgullo, la dignidad.


La Biblia protestante procede de un hotel en el que su tía Sissy mantiene relaciones incestuosas con un hombre. El ejemplar de las obras de Shakespeare, de la biblioteca pública, tan roto y gastado que se lo venden por unos pocos centavos. Todo es prestado, feo, gastado, precario, dudoso en esta novela. No hay nada limpio y nuevo excepto el estado de ánimo de la pequeña cada mañana, antes de ir al colegio, en el que aprenderá por fin a depender de su conocimiento, el arma más valiosa.

Cada día coge un libro de la biblioteca, pero el mejor día es el sábado, en el que se sube a la escalera de incendios de la casa con una almohada y se sitúa por encima de los árboles, protegida y observándolo todo mientras va avanzando en la lectura de su nuevo libro. Lee por orden alfabético cada uno de los ejemplares de la biblioteca, así que lo abarcará todo, desde tratados incomprensibles hasta las delicias de May Alcott.


La lectura como arma salvadora, como llave de conocimiento y libertad, es en esta novela un personaje más, silencioso, en el que se refugian los que sienten ante el mundo más que rabia y conformismo y buscan darle un sentido para quizá algún día llegar a ser alguien en la tierra de las oportunidades. No he terminado de leer la novela pero me gusta porque mantiene la esperanza. La lectura, y con ella la educación, nos hace libres, siempre.

–Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella?
–El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto.
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn.



viernes, 25 de julio de 2014

Otro ensayo neoyorquino

E. B. White  es de esas figuras de la primera mitad del siglo XX criado entre periódicos y revistas. Periodista, escritor y publicista de profesión, se graduó en Artes y desempeñó diferentes trabajos hasta llegar a ser lo que siempre sería ya, un excelente reportero, por utilizar la palabra de entonces. En los años veinte publicó numerosos ensayos en The New Yorker, una de las revistas literarias más influyentes del momento. Años después, su primer libro infantil, Stuart Little, aunque en la actualidad es muy conocido su ensayo Esto es Nueva York, otra de mis lecturas americanas de este verano.

Es un ensayo brevísimo en el que el autor vuelve a Nueva York un verano, el de 1948, en el que desde el hotel en el que se aloja percibe los sonidos y las imágenes de un Nueva York que sin conocer me imagino. El calor aplastante, el crecimiento imparable de los barrios, la desaparición de unos lugares y la apertura de otros. Pero sobre todo White toma el pulso al tipo de habitante y al porqué de la elección de Nueva York como lugar de residencia. Claro, hablamos de los años cincuenta, de un país que estaba empezando a recuperarse y a cobrar de nuevo el humor tras la guerra mundial. El interés de ciertas editoriales por los libros de viajes en los que consagrados escritores podían expresar sus de nuevo reanudadas escapadas a lo largo del mundo, produjo este texto, que le fue encargado a White.



Estremecedora la alusión, por premonitoria, de la fragilidad de la ciudad, que en cualquier momento, por ser centro de muchas culturas, puede ser atacada por aviones que quieran estrellarse contra los altos edificios. Parece una broma, pero es cierto, lo escribe. Pero me quedo sobre todo con el ritmo de la ciudad, con esa velocidad que ciega y a la que uno se sube si quiere, si no, puede permanecer en la tranquilidad de un solo barrio, con un solo tendero, como en el pueblo desde el que llegó para tener más emociones y vivir la vida con intensidad de espíritu. Siempre es así. Los que adoramos las grandes ciudades lo hacemos no porque estemos constantemente inmersos en todas sus actividades, sino por la posibilidad de acceder a ellas cuando queramos.


Es bonito ver cómo las ciudades son en esencia lo mismo cuando se habla de ellas. Lees a Galdós y ves Madrid. No el Madrid de ahora en cuanto a barrios, habitantes y forma de comportarse en general, pero sí en esencia. La de Nueva York está en este brevísimo ensayo de White que aumenta las ganas de viajar a la ciudad a la que uno puede ir a recuperar su identidad, si es que la ha perdido, y que quizá encuentre en el Village o en Ellis Island, junto a las almas de los muchos que llegaron allí desde tierra extraña, quién sabe.


sábado, 19 de julio de 2014

Lecturas americanas

Leo estos días dos ensayos -a simple vista son eso únicamente-, en los que hay algo de autobiografía por parte de sus autores ya que se trata de hechos que les sucedieron en un viaje, en un periodo de tiempo viviendo en un país y una ciudad asombrosos que les provocó escribir y contar al resto.

Son muy diferentes entre sí a pesar de que el tema que tratan es el mismo. El de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, tiene más de recopilación de artículos del intelectual español que se ha ido a vivir fuera que de obra meditada y estructurada algo ficticia. A veces habla como el español de provincias que llega a Nueva York y al que todo le sorprende y es entonces cuando el tono y el exceso de humildad se nos hace cargante. Al igual que cuando termina algunos de los artículos con cierto tono poético, muy recurrente para este tipo de reflexiones en un ensayo. Quizá los que nos dedicamos a escribir somos más conscientes de estas licencias estilísticas y por ello no nos gustan tanto, pero funcionan. Cuando no quiere ponerse tierno me gusta más Muñoz Molina. Anoto sus reflexiones sobre artistas, museos y disfruto de sus comentarios sobre Nueva York, sobre todo sombre los silencios y los sonidos y los cambios de estación.



El libro de Enric González, el segundo que he leído estos días, titulado Historias de Nueva York, me ha dejado pensando, me ha hecho llorar, apenas pude contener un sollozo cuando lo terminé de vuelta a casa de la piscina, en el autobús. La obrita podría pertenecer al género de ensayo autobiográfico o algo parecido. Es delicioso cómo en la misma página es capaz de conmovernos y enseguida distanciarnos, cómo se ríe y se enorgullece de esa ciudad incomprensible a ratos. Su aventura, además, es la aventura de otros que se acaban marchando, desapareciendo de su vida. No es ni bueno ni malo, es la vida. Es consciente de que está de paso y una vez pensó en quedarse para siempre. Sus últimas reflexiones en el librito son desde Roma, y es desde allí desde donde confiesa que volvió a pesar de que pensó que no lo haría.

En ambos libros hay pasión. No he leído ningún comentario sobre Nueva York que no estuviera cargado de pasión. Supongo que es lo que provoca la ciudad, emociones fuertes. Se acerca mi viaje y yo aquí, con las lecturas americanas de dos excelentes narradores. Qué gustó leerlos estos días.