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jueves, 13 de agosto de 2015

David Nobbs: el auge del humor que nunca muere


Llevaba unos días dándole vueltas a un artículo sobre una compleja y apasionante autora británica a la que quería dedicar un espacio merecido, pero interrumpe mi discurrir la noticia de la caída, tras el auge, de uno de los novelistas británicos que mejor representa el humor inglés y el sarcasmo típico que veíamos por la tele en la infancia en muchas de las series deliciosas que nos ofrecía la televisión española. 

David Nobbs nos abandonó a nuestra suerte tras haber creado uno de los personajes más hilarantes de la literatura, un mediocre ejecutivo con ganas de empezar de cero planeando su propio suicidio. Ese es el protagonista de Caída y auge de Reginald Perrin y de la continuación en El regreso de Reginald Perrin, novelas con las que David Nobbs logró crear uno de esos mitos que sólo un autor con auténtica devoción por la escritura y pasión por los personajes que iba creando sin resuello (o al menos es la impresión que me produce cuando lo leo) podía lograr.


 Tuvo tanto éxito la aventura de este ser de ficción nacido para padecer y sufrir y hacernos gozar a sus fieles descubridores, que la televisión inglesa lo inmortalizó en una serie de esas que hacen historia en un país. Reginald Perrin sería impensable en otro ámbito que no fuera el inglés y sin embargo lo entendemos desde países como España. Porque el humor, el del bueno, es comprensible allá donde vaya aunque los avatares de un personaje y las situaciones desternillantes sean producto de una sociedad concreta y de un momento histórico. Con la serie y con el personaje conocimos el peso de la realidad y de la alienación burguesa de la clase media y nos sumergimos en algo más que el mundo personal de un escritor alucinado con muchas ganas de reírse de todo, incluyéndose a sí mismo. Nacido en el condado de Kent, en Orpington, nos ha abandonado no sólo el creador de un personaje, sino todo un artista del humor, que escribió algunos programas humorísticos para la BBC durante muchos años.

Sólo nos queda la espera de un tercer volumen de nuevas aventuras de Perrin, The Better World of Reginald Perrin, que la editorial Impedimenta, que publicó los dos primeros, editará en 2016. Con estas pequeñas alegrías de poder volver a leer las nuevas desgracias y situaciones absurdas que va a vivir el personaje, casi de la familia, nos despedimos de David Nobbs.

Y aquí os dejo el primer capítulo de Caída y auge de Reginald Perrin, para los que no lo hayáis leído aún.

http://cort.as/VqRY

lunes, 8 de septiembre de 2014

Hablo y leo... como puedo


El viaje a Nueva York ha sido una lectura. De la ciudad, de sus carteles, de los paneles de los museos, de las líneas de metro, de los menús, de las cuentas en los bares, de mí misma. Una lectura de cómo  es uno cuando viaja, si se convierte en un libro entretenido o por el contrario es una de esas lecturas tediosas que nadie quiere leer y que te obligan a leer a fondo en el colegio. Yo soy una lectura amena un poco previsible a ratos pero bien escrita.

Leer en Nueva York es fácil, es preciso. Cada nuevo aviso en una línea de metro que ha sido modificada te hace estar pendiente de la palabra escrita. La gente lee. Doris Lessing, veo hoy mismo que lleva un chico, Faulkner, Steinbeck y los best seller de este verano que desconozco, o los misterios que contiene el libro electrónico que no logro desentrañar. 

Las librerías se encuentran con bastante frecuencia, quizá no tanto como en París o Londres, pero se sienten. La biblioteca pública está llena y hay un respeto latente por los libros y por esos lugares en los que se encuentran, da igual, biblioteca o librería. En Strand hay un enorme mostrador de madera al fondo donde la gente vende sus libros no deseados. Hay bastante gente el día que lo descubro y me da un poco de pena por aquellos que abandonan. Creo que el americano es práctico y que valora enormemente tener una educación. En los espacios públicos se guarda silencio e intentas no rozar al que va a tu lado en el metro o al que se sienta a tu lado, estés donde estés. 

Las lecturas en un idioma que no es el propio se convierten en lecturas de instituto en las que aún no éramos capaces de apreciar el estilo y solo queríamos terminar el libro en cuestión. Me defiendo, sin embargo, en inglés, y a diferencia de en otros países europeos, aquí da igual como lo hables, si tienes o no una buena pronunciación. Me dice Carla, "¿Pero no ves que aquí hay mil acentos?  No hay una única manera de hablarlo. Todos nos entendemos, no hay un único idioma" Y es verdad. La mezcla de culturas es enorme y las variantes del inglés son muchas. Y a diferencia de en Europa, no es el neoyorquino elitista en este sentido, no te miran mal ni te dan de lado por no hablarlo con el acento correcto. ¿Cuál es el acento correcto, por cierto? "Lo hablas perfectamente", me han dicho en un par de ocasiones en el viaje. Bueno, es un alivio. Uno va con la vergüenza de sentirse tarado de algún modo, por no hablarlo con la fluidez que le gustaría pero hay que lanzarse a hablar, a leer, a ser uno mismo en otra lengua, a reírse de todo empezando por nosotros mismos. Qué placer en ello, qué libertad.



Volveré a Nueva York. Ya lo sé, ya lo tengo claro, y espero que mis lecturas y mi lenguaje sean otros, quizá mejores, quizá simplemente diferentes. Esta ciudad es una sorpresa maravillosa, así que espero

casi cualquier cosa.


jueves, 7 de agosto de 2014

El secreto

Me detengo en las páginas de una novela que leo estos días, una más de mis lecturas neoyorquinas, Un árbol crece en Brooklyn. Me detengo y leo de nuevo las páginas en las que una madre explica cómo fomentar el hábito de la lectura en sus hijos y hacerlos un poco más listos que ella. Leyendo una página por noche, una de la Biblia protestante y otra de las obras completas de Shakespeare, cree que conseguirá alejarlos de la pobreza y acercarlos a un fututo mejor.

La novela está ambientada en los años veinte del siglo pasado en Nueva York y se desarrolla en Brooklyn. El analfabetismo está a solo una generación de esa madre de origen austriaco.  Cuando nacen sus hijos, su madre austriaca, analfabeta, recomienda la lectura de las dos páginas por noche a los niños, como si con ello pudiera exorcizar el demonio de la ignorancia, del catetismo.

Los inmigrantes que llegaban a Nueva York en aquellos años se establecían y eran explotados. Pronto los sindicatos comenzaron a amparar a los trabajadores. Estos pagaban una cantidad y con ello tenían asegurado un salario y la obligación del pago una vez hecho el trabajo. La educación a partir de los seis años era obligatoria. Parece que estuviéramos hablando de otro país y de otros tiempos, pero no es así. La novela cuenta deliciosamente estos hechos y nos enfrenta a la miseria, al hambre, a un barrio neoyorquino que probablemente cuando vaya a Nueva York no reconozca por lo que haya leído en esta novela pero que me ayudará a comprender. Siempre quedan cosas del pasado en las ciudades, y si algo queda, es posible descubrirlo gracias a que leo, a que tengo la suerte de pertenecer a la estirpe de los que aprendimos a leer. Pienso en generaciones de mujeres pobres y hambrientas sin tener siquiera la imaginación de la que la lectura nos dota para sobrellevar el dolor de la realidad.

Pienso en la niña protagonista de esta novela en Brooklyn, Francie, (que a mí me apetece leer con “che”, Franchi, porque me recuerda a una amiga querida), en cómo la lectura la va introduciendo de un modo muy diferente en el aprendizaje de las cosas más cotidianas, en la obligación del trabajo, en cómo ahorrar unos centavos que mete en una hucha de lata -de una lata de leche condensada clavada al suelo del armario-, en cómo sobrevivir en unas condiciones miserables, sí, pero manteniendo el orgullo, la dignidad.


La Biblia protestante procede de un hotel en el que su tía Sissy mantiene relaciones incestuosas con un hombre. El ejemplar de las obras de Shakespeare, de la biblioteca pública, tan roto y gastado que se lo venden por unos pocos centavos. Todo es prestado, feo, gastado, precario, dudoso en esta novela. No hay nada limpio y nuevo excepto el estado de ánimo de la pequeña cada mañana, antes de ir al colegio, en el que aprenderá por fin a depender de su conocimiento, el arma más valiosa.

Cada día coge un libro de la biblioteca, pero el mejor día es el sábado, en el que se sube a la escalera de incendios de la casa con una almohada y se sitúa por encima de los árboles, protegida y observándolo todo mientras va avanzando en la lectura de su nuevo libro. Lee por orden alfabético cada uno de los ejemplares de la biblioteca, así que lo abarcará todo, desde tratados incomprensibles hasta las delicias de May Alcott.


La lectura como arma salvadora, como llave de conocimiento y libertad, es en esta novela un personaje más, silencioso, en el que se refugian los que sienten ante el mundo más que rabia y conformismo y buscan darle un sentido para quizá algún día llegar a ser alguien en la tierra de las oportunidades. No he terminado de leer la novela pero me gusta porque mantiene la esperanza. La lectura, y con ella la educación, nos hace libres, siempre.

–Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella?
–El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto.
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn.



viernes, 1 de agosto de 2014

El Dios vengativo de Roth

De Philip Roth ya he hablado en ocasiones. Mi gran descubrimiento hace unos años fue  una novela única que hay que leer en algún momento de la vida, Pastoral americana. Ahora leo Némesis con la emoción que me produce siempre la prosa de este autor, que parece querer entender las cosas y explicarlas hasta el final, hasta que no haya ya nada más en donde meter el dedo, ninguna llaga. De ahí la precisión del lenguaje, la sintaxis de frases infinitas perfectamente construidas  en las que se deleita con la subordinación.

Hay mucho dolor, muchísimo, en esta novela, sin embargo luminosa, que llega en verano y es en verano, en un verano norteamericano en Newark, en Nueva Jersey, donde un joven profesor de educación física judío enseña a sus alumnos a jugar al softball y otros deportes en una escuela de verano. La polio entra en escena una tarde de junio y lo estropea todo. Esa felicidad de la estación, del pasar el día en la calle de un barrio judío, se esfuma para dar paso al dolor y a la muerte. Incluso la guerra en Europa contra Alemania queda en un segundo plano.


Estamos en 1944 y el ambiente que se respira es el de una América, la de Roosevelt (afectado también por la polio), en la que las tradiciones y el orden son fundamentales para el mantenimiento moral del país. (Me pregunto si América no sigue siendo así en el fondo.) El joven Cantor, el protagonista, es el encargado de desenmascarar a un Dios justiciero y terrorífico que es capaz de llevarse a los niños de todo un país a través de una enfermedad mortal. Resultan estremecedoras las descripciones de cómo la polio va apoderándose de la salud de los chavales pero no lo es menos el sentimiento de culpa que va creciendo en Cantor a medida que los hechos van sucediéndose y agravándose. Educado en una férrea familia judía con un gran sentido del deber, el sentimiento de culpa que la religión impone se traslada a la vida privada del profesor y acaba minando su moral, impidiéndole disfrutar de la vida. Exento de ir a la guerra debido a su miopía, intenta compensarlo con su dedicación a los niños ese verano del 44.


La reflexión que al final de la novela hace el narrador -ex alumno de Cantor- es que no hay preguntas a los porqués del profesor. Las cosas suceden sin más y sin motivo, no son respuesta los hechos, a nada dicho o imaginado. De nuevo la moral cristiana, el deber de encontrar un sentido a todo, y al no tener respuesta atribuirlo a Dios.

Es Némesis una novela donde se tiene calor, donde da miedo pasar cada página porque el azar puede cargárselo todo y destrozar la felicidad de los personajes. Una novela que sorprende y que, como en otras novelas de Roth, se demuestra que de una pequeña una anécdota histórica se puede hacer una gran novela que trata de todo lo importante. Leer a Roth es como leer un poco el mundo. Y entenderlo.



martes, 29 de julio de 2014

Las ganas

Las ganas de escribir entran cuando lees, como las de comer cuando cocinas. Es muy frecuente que me pase, lo de querer escribir después de leer a un autor que me enriquece y que en cada nueva obra me hace sentir como si fuera aún esa niña soñadora que durante las tardes de verano se sentaba en el jardín a leer después de unas horas de piscina. El pelo todavía mojado, los ojos cegados por el sol, que aún picaban durante la lectura. Entonces todavía no llevaba las gafas de las que me deshice, por cierto, hace ya más de diez años cuando me operé de miopía, una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Los veranos con gafas son terribles. El sudor, el calor, el no ver mientras buceas o nadas, el no encontrar la sombrilla cuando sales del mar.

Pero a lo que voy, que no quiero desviarme demasiado. Esta tarde evocadora, evoco esas otras tardes infantiles porque mi última lectura me recuerda al gusto que por aquellos años empezaba a crecer en mí de la novela realista con cierto drama y romanticismo centrada en la descripción psicológica de los personajes. No estoy hablando de Galdós, aunque podría ser, sino de Henry James, que tanto en su faceta terrorífica (en mi favorita Otra vuelta de tuerca) como en la realista, de autor " personaje", me apasiona. Esta vez es Washington Square la elegida, una novela breve, perfecta para mis tardes de piscina y para la penumbra del sofá tras la siesta.


La poco agraciada protagonista de este drama, una futura heredera que se ve conquistada por un joven cazafortunas en el Nueva York decimonónico, apenas reconocible en las descripciones, es la mujer que aparece una vez terminamos la lectura en nuestra imaginación, pues es tan real, tan posible en su expresión del amor y de la soltería, del ansia de ser amada, que sentimos que la habremos de conocer si la vemos, que aparecerá en cualquier momento en nuestras vidas.

El talento de Henry James para mantenernos enganchados a las buenas tramas que construye, unido a su peculiar forma de narrar, como si todo lo sucedido fuera inevitable y él, narrador y escritor, no tuviera más remedio que contarlo, hacen que siempre me recuerde a esas tardes de lectura absrorbente de la infancia en las que a pesar del picor en los ojos, del calor y del cloro, no podía dejar de leer.



sábado, 19 de julio de 2014

Lecturas americanas

Leo estos días dos ensayos -a simple vista son eso únicamente-, en los que hay algo de autobiografía por parte de sus autores ya que se trata de hechos que les sucedieron en un viaje, en un periodo de tiempo viviendo en un país y una ciudad asombrosos que les provocó escribir y contar al resto.

Son muy diferentes entre sí a pesar de que el tema que tratan es el mismo. El de Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, tiene más de recopilación de artículos del intelectual español que se ha ido a vivir fuera que de obra meditada y estructurada algo ficticia. A veces habla como el español de provincias que llega a Nueva York y al que todo le sorprende y es entonces cuando el tono y el exceso de humildad se nos hace cargante. Al igual que cuando termina algunos de los artículos con cierto tono poético, muy recurrente para este tipo de reflexiones en un ensayo. Quizá los que nos dedicamos a escribir somos más conscientes de estas licencias estilísticas y por ello no nos gustan tanto, pero funcionan. Cuando no quiere ponerse tierno me gusta más Muñoz Molina. Anoto sus reflexiones sobre artistas, museos y disfruto de sus comentarios sobre Nueva York, sobre todo sombre los silencios y los sonidos y los cambios de estación.



El libro de Enric González, el segundo que he leído estos días, titulado Historias de Nueva York, me ha dejado pensando, me ha hecho llorar, apenas pude contener un sollozo cuando lo terminé de vuelta a casa de la piscina, en el autobús. La obrita podría pertenecer al género de ensayo autobiográfico o algo parecido. Es delicioso cómo en la misma página es capaz de conmovernos y enseguida distanciarnos, cómo se ríe y se enorgullece de esa ciudad incomprensible a ratos. Su aventura, además, es la aventura de otros que se acaban marchando, desapareciendo de su vida. No es ni bueno ni malo, es la vida. Es consciente de que está de paso y una vez pensó en quedarse para siempre. Sus últimas reflexiones en el librito son desde Roma, y es desde allí desde donde confiesa que volvió a pesar de que pensó que no lo haría.

En ambos libros hay pasión. No he leído ningún comentario sobre Nueva York que no estuviera cargado de pasión. Supongo que es lo que provoca la ciudad, emociones fuertes. Se acerca mi viaje y yo aquí, con las lecturas americanas de dos excelentes narradores. Qué gustó leerlos estos días.


miércoles, 9 de julio de 2014

Todos cometemos errores


A poco que lea, una línea, dos, tres, una página suelta hacia la mitad del libro, otra del final, las encuentro. No son ya, como antes, únicamente, las erratas típicas de un editor descuidado. Desde que comencé el curso de corrección de estilo para reforzar y renovar saberes, me asaltan los gerundios mal empleados, los verbos que no existen o que no significan lo que creíamos por mal uso y costumbre.

Este julio en el que yo esperaba disfrutar a pierna suelta de mis lecturas, me asaltan, incluso entre mis autores más venerados, los errores en la expresión de las ideas, que es mucho peor que cuando me asaltaba un error ortotipográfico. Este es más previsible, lo veo venir, y no interrumpe demasiado mi concentración en la lectura. Pero el error de estilo ­–mal llamado de estilo, cuando el estilo no se toca, pero así lo llamaron y así se quedó– es ladino y se hace pasar por quien no es, se introduce entre mis textos para ver si me doy cuenta de que está, y estos días, que estoy muy sensible a la aparición de uno de ellos, los veo por todas partes, no se me escapa ni uno, y ellos sí hacen mi lectura más lenta y la llenan de interrupciones que me entretienen durante unos minutos, mientras leo y releo una frase para confirmar el error y, en consecuencia, su posible corrección para hacer más claro el texto.

Soy muy afortunada por mis lecturas y por mis libros, somos afortunados de que alguien haya escrito para nosotros, pero aún lo somos más por los que se encargaron de revisar, de corregir esos libros para nosotros, por los que eligieron –elegimos­­– este oficio, que sigue sin estar bien pagado a pesar de la obligada preparación y formación necesarias, y de la concentración extrema que requiere. Y así, van pasando las horas, las erratas y los días, y el oficio, de momento, continúa. Soy muy feliz leyendo. Soy muy feliz corrigiendo para que leáis mejor.


miércoles, 25 de junio de 2014

Mi querida Ana María

Pensar en Ana María Matute es para mí como pensar en la amada madre de la infancia, la mujer de pelo cano que mi madre verdadera adoraba y cuyos libros me regalaba, incluso algunos tan poco infantiles como Los niños tontos, que llegó a mis manos como un extraño que se atrevía a ahuyentar  a los de mi especie con su solo título.  Esos niños que, es verdad, una vez leído el libro, eran estúpidos y se encontraban perdidos en aldeas de posguerra y hambre y entregados a una naturaleza despiadada y al desafecto del analfabetismo que nos aleja de la humanidad más básica.

Llegaron El polizón del Ulises y Solo un pie descalzo, que me conmovieron hasta el extremo, que me hicieron viajar por el libro y oler sus páginas de la edición de Lumen hasta aún muy mayor. Siempre eran sus historias algo más que cuentos infantiles, dejaban un poso trágico para que ya de pequeños supiéramos que la vida no siempre era perfecta, aunque fuéramos niños. 

La conocí finalmente hace unos pocos meses, en la entrega del Premio Primavera de Novela. Me cogió fuerte de la mano mientras yo le expresaba mi admiración. Era frágil y pequeñita y tenía ojos dulces de agua, como si acabara de ver algo maravilloso que le hubiera dejado la nostalgia de perderlo en la mirada. Me susurró varios gracias, me escuchó y se alejó despacito de la mano de la persona que había de ayudarla a caminar.

Escribo esta triste mañana de miércoles estas letras fuera de casa, pero cuando llegue a mi refugio, ya tarde, iré a la estantería a ojear los libros de Ana María, como hago cada vez que uno de estos amados escritores míos muere. No hace muchos días lo hice con Gabo. Son esos momentos de condolencia en los que me acerco a sus obras, las cojo y las observo pensando quizá que con ello pueda dejarlos ir sin desconsuelo, o no tanto, deseándoles un buen viaje allá donde vayan.


martes, 13 de mayo de 2014

A propósito de los libros que nos leían

Mi recuerdo de una lectura en voz alta de otro para entretenerme a mí es solo de los periodos de enfermedad en la niñez. No tengo en mi memoria más que esos extraños momentos en los que nos envolvían las sabanas, la fiebre, o ambas, y una voz amiga, de un familiar o amigo, nos arrullaba hasta caer en el sueño de nuevo, y apaciguaba así nuestro padecimiento.

Anoche asistí al teatro dispuesta a entregarme a un momento de escucha de la lectura de uno de mis clásicos favoritos, la gran novela española La Regenta, de Clarín, el Leopoldo Alas que humildemente se dirigía en misiva a Galdós para ponerle al tanto de su iniciativa de hacerse novelista y para contarle que tenía escrita esta magnífica obra que en su momento no fue apreciada como debiera.

Independientemente de las injusticias de la crítica a lo largo de la historia, de esa pérdida momentánea del sentido por parte de los contemporáneos de un autor para saber ver la genialidad (sí la vio Galdós, por cierto), lo que me llamó la atención ayer fue estar ante un actor escuchando únicamente. Cerré los ojos en muchos momentos y no por sueño sino por intentar captar el placer de la niñez entre las sábanas mientras escuchaba leer una de mis obras favoritas. Los textos de niña no pasaron de unos pocos cuentos de Andersen o Grimm. Pero oír de boca de Emilio Gutiérrez Caba el texto de Clarín fue más de lo que podía esperar.

Delicioso, acertado, nada exagerado, comedido en el tono, en el énfasis en los momentos más interesantes del texto, nos llevó de la mano a la Vetusta que duerme la siesta provinciana eterna y que acaba condenando a Ana Ozores por su adulterio. La Vetusta de anoche, que se me pintó aún más oscura y desabrida que como recordaba.

Me enamoraron de nuevo las palabras del gran novelista, esas frases armoniosas, demoledoras a veces en las detalladas descripciones de la ciudad y de sus hipócritas habitantes producto de una época pacata y hostil.

Volver a la escucha de la lectura de otros a través de La Regenta te hace comenzar la semana con mejor ánimo. Pocos momentos artísticos tan deliciosos he vivido en la capital. Creo que la iniciativa de la RAE de sacar a la calle las grandes obras de la literatura española leídas por grandes actores ha sido un acierto de lo más placentero.


miércoles, 23 de abril de 2014

Días de libros y confesiones

Para mi madre, porque hoy es su cumpleaños.

El Día del Libro ha amanecido bonito en Madrid. En un día como hoy no podía dejar de hacer una reflexión en mi espacio de escritura sobre los que escriben y para los que leen.

Hoy me levanto nerviosa y apasionada, pensando en leer, leer y no dejar de hacerlo. Vivir leyendo, leer para vivir, porque sin la lectura no puedo imaginarme el mundo ni en él.

No he hablado demasiado de poesía a lo largo de mi vida, no he escrito sobre ella todo lo que me gustaría. Ni sobre la de otros ni sobre la mía porque quizá me parece un terreno privado más allá de la literatura que toca casi el alma y nos desnuda frente al resto. No es posible escudarse tras la poesía pero  creo que sí tras la prosa.


Estos días de centenarios, aniversarios, muertes de grandes escritores, celebraciones literarias varias, me pregunto cómo sería el mundo sin poesía. Ella está ahí, a cada paso, y nos ayuda a entender el mundo. Y cuando leemos a algunos de los mejores poetas sentimos que dicen lo que pensábamos del modo más maravilloso.

No puedo concebir estar a la altura de los grandes. Humildemente intento, mientras relleno cuadernos y cuadernos con mis versos, explicarme el mundo a mi manera, con mis palabras. En eso consiste para mí la poesía. Y algunos de los poetas que adoro lo hacían y lo hacen así. Observadores de la realidad, de los sentimientos que nos afectan. En estos versos de García Montero, por ejemplo, quién no se ve:

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.


En este sentido, las palabras de Ángel García en Apuntes para una poética, resumen perfectamente la idea de contar lo vivido, la tarea del poeta: "Partir del mundo, de esto que estás pisando ahora, con el breve, brevísimo equipaje que da la observación y la experiencia. No hablar nunca de oídas. Convéncete del todo: en poesía lírica lo que no es autobiografía es sólo plagio".


Antonio Colinas en Una Poética, lo describe así: "La poesía es para mí una vía de conocimiento. Es decir, un medio para sentir, interpretar y valorar la realidad (…) La poesía es también algo estrechamente unido a la vida, a  la experiencia de ser, al viaje exterior e interior de cada creador. No concibo un mundo sin poesía y no concibo, por ello, que no vaya estrechamente unida a la experiencia cotidiana".

La poesía nos sitúa en un punto de clarividencia de nosotros mismos y del mundo que a veces es insoportable, los sentimientos a flor de piel, y hay que tomarse un descanso, de su lectura y de su escritura. La poesía me produce melancolía y a veces me abre tanto y me motiva hasta tal punto que siento que estoy leyendo filosofía, historia y vida. Tan unidas todas las disciplinas, tan claro de repente el mundo. A algunos poetas me dan ganas de gritarles que les entiendo, a los cuatro vientos y al mundo. No puedo evitar incluir a Luis Alberto de Cuenca, que me perturba, y con esto termino:

Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
"Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno".


Regalad un libro hoy, a quien sea, amigo, amante, desconocido; poesía, prosa, teatro… Todo vale. Un Día del Libro sin libros puede ser muy triste.












martes, 22 de abril de 2014

¿Y qué libro regalo?

Tengo una lista de libros que regalar, de esos especiales que valen para múltiples gustos y lectores. La lista va creciendo, lógicamente, pues la voy llenando con el paso de los años, y en consecuencia de las lecturas. Tiro de ella cuando no sé qué libro le gustará a este amigo o al amigo de un amigo, en cuya celebración de cumpleaños caigo por casualidad.

Uno de los primeros es el Libro del desasosiego. Es para personas que ya hayan leído poesía o reflexiones vitales intensas como las del escritor portugués. Como creo que ya he hablado de él en otra ocasión, no me detengo demasiado, solo decir que es delicioso y que en algún momento encontraréis afinidades con vosotros mismos, como en todas las grandes obras.

Otro de los libros que me encanta regalar es 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, que todo aquel que ame los libros y las librerías sabrá apreciar.

Un libro que me trastornó y me emocionó profundamente fue Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuatro relatos de la Guerra Civil Española que pinta a la perfección, entre la realidad y la magia, un mundo muy peculiar, y refleja el caos y el horror sin estridencias ni mal gusto.

Especial y sencillo, de fácil lectura y trama hábil es Lady L, de Romain Gary, en el que la seducción de una mujer lo hace todo posible. En esta línea, Madame Bovary estaría en la lista y sin embargo no me atrevería a regalarla porque se trata de un clásico tan clásico que o lo tienes de siempre en tu estantería o lo tuviste que leer a la fuerza en el colegio y no te gustó.

De poesía, José Hierro y su Alegría o el Nada grave de Ángel González. Cualquier poemario de Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero o Antonio Colinas. Me dejo muchos, pero hay que elegir.

Son solo algunas ideas, pero qué demonios, este año se celebra el 450 aniversario del nacimiento de Shakespeare y mañana el Día del Libro un año más, que coincide (solo en teoría) con el fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso, aunque como sabéis las fechas no son exactas pues Cervantes murió en realidad el día 22 aunque fue enterrado el 23, y Shakespeare murió el 23, sí, pero del calendario juliano, no del gregoriano. En este último, correspondería al 3 de mayo. Un lío, vamos. Que cuando queremos que coincidan las celebraciones, coinciden, pero traídas un poquito por los pelos.

En fin, que yo también regalaría Hamlet en una buena traducción, El Quijote en la edición de Castalia o la del 4º Centenario que editó la RAE, con las notas de Rico. Y por último, una novela de Dickens, Historia de dos ciudades o Grandes esperanzas.

Los clásicos no fallan jamás y hay que leerlos, hablan de lo de siempre, de lo que todos conocemos y queremos que nos cuenten de ese modo especial que solo algunos son capaces de reflejar.

Felicísimo Día del Libro a todos.


jueves, 17 de abril de 2014

La pasión lectora que te debo

No es uno de esos retiro de escritor, no un aislamiento de unos días. Finalmente ha sido D.F. la encargada de acoger el último suspiro de Gabo.

Era cercano desde que tengo uso de razón, como uno más en casa. Mamá no se cansaba de elogiarlo. Gracias a ella aprendí a amarlo. Me costó, porque el primero que me hicieron leer en el instituto fue Crónica de una muerte anunciada y me resultó complejo, extraño para las lecturas decimonónicas tradicionales en las que me había educado y a las que estaba acostumbrada. Leer de pronto aquello no fue fácil. Me olía a sangre y me deslumbraba el sol cuando leí la novela. 

Después vinieron La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba. Fue mucho después cuando apareció Macondo y los Buendía llegaron a mi vida lectora, casi real. Con Cien años de soledad y el realismo mágico me hice mayor y entendí ese amor rabioso que solo ocurre a veces, y el amor más tierno de El amor en los tiempos del cólera.


Mucho que decir, que pensar. Gabo ha estado en cada etapa de mi vida y en cada una ha desempeñado la misma función, la de hacerme una apasionada lectora cada vez más apasionada, la de no entender la literatura más que a través del universo creador y creativo de este hombre que nos robó el corazón y un poco del alma. Cada nuevo libro, incluso los apuntes biográficos como Vivir para contarla o los textos puramente periodísticos, tenían esa fuerza humanizadora, grande, que nos arrastraba hasta que terminábamos la lectura. En épocas de sequía lectora siempre he recomendado su lectura. Los cuentos, prodigiosos, las novelas, más mágicas que realistas por lo posibles, cualquier ensayo... Incluso esos libros sobre el taller de cuentos que él mismo impartió. Supo cómo contarnos el cuento, y la historia que fuera era en sus manos arrolladora y nos dejaba sin aliento, días y días boquiabiertos, hojeando incrédulos las páginas leídas y preguntándonos, "¡pero cómo lo hace!". Yo aún no lo sé. No sé cómo consigue atraparnos, y no me convence ninguno de los ensayos críticos sobre su obra que hablan del estilo, los argumentos, etcétera. Tiene que haber algo más, un don que traspasa los cánones, como los que estos días celebramos que tuvieron Shakespeare y Cervantes. No habrá nuevos títulos que gozar. Gracias a que poseemos la relectura, bendita sea, como consuelo, para suplir la ausencia de todos ellos.