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martes, 10 de mayo de 2016

Huellas galdosianas

Galdós irrumpió en mi vida como un vendaval y me dejó la sensación de que nunca podría expresar como me gustaría lo que representaba para mí. Fue mi madre la que se encargó de inculcarme a los realistas, y además de Galdós me sumergí en Baroja, Clarín o Valera como el que se mete en lecturas contemporáneas. No sé si era raro que a una niña de doce o trece años le gustara tanto aquello, especialmente Galdós. Pero el caso es que ocurría y no podía evitarlo.

En la facultad llegan las lecturas más profundas, las que nos obligaban a analizar cada párrafo, una época, y «situar» al autor en un contexto. Yo a Galdós lo ubicaba en casa, de toda la vida. Como un habitante más del piso en el que vivía, se paseaba entre nosotros trayéndonos las calles luminosas y empedradas del Madrid decimonónico que, si salías a la calle, podías patear exactamente como lo leías. Con mi madre iba yo a la Plaza Mayor y desde allí avistábamos la casa de Fortunata. Y por Pontejos y Carmen nos cruzábamos con doña Perfecta y la de Bringas.


De todas las lecturas galdosianas sacaba la conclusión de que algo tenían que ver con la vida en la calle y con lo que me rodeaba. La realidad era eso, esa frescura y viveza de los personajes a los que acabas queriendo como familia lejana que un día partió a otras tierras pero a la que todavía recuerdas. Galdós era, para mí, como el padre que cuenta historias de la infancia y te dice cómo eras y como era el mundo cuando naciste. Porque la historia sin Galdós no sería historia. Y la historia la hacen los de abajo, como diría Azuela. La historia en Galdós es como un capítulo de telenovela, accesible a todos, contada en ese lenguaje llano, a través de personajes que podríamos ser cualquiera de nosotros. Humanizó a reyes y políticos y acercó al pueblo la inteligencia y a las mujeres la decisión.

Las mujeres de Galdós piensan y actúan y son en sus novelas las dueñas de su destino. En Fortunata y Jacinta, la gran novela de Galdós, a mi parecer, la mujer del pueblo, la más pobre y pequeña de las mujeres, es la que monologa entre las callejuelas de Madrid. Víctima del sistema acaba perdiendo, sí, pero se hace grande en sus pensamientos, algo que muy pocos autores de la época se habían atrevido a mostrar. Fortunata está a la altura de Mendizábal, que da título a uno de sus «Episodios Nacionales». A la par en importancia y fuerza. Y además Galdós le otorgó el privilegio de protagonizar un monólogo interior que en aquellos años y en la novela realista era completamente rompedor.

Hoy Galdós sigue siendo de relectura y visita anual. Mis preferidas, sin duda la mencionada Fortunata y Jacinta, pero también Misericordia, La de Bringas, Tristana y Tormento. Todas mujeres. De otra época, pero tan posibles a la vuelta de cualquier esquina madrileña.

lunes, 2 de mayo de 2016

Nostalgia de Cărtărescu

Haces a un escritor en tu interior, lo fabricas y lo moldeas como te gustaría que fuese, y en la mejor de tus fantasías imaginas que cuando lo oigas hablar será mágico, pero desgraciadamente casi nunca sucede. El pasado jueves, sin embargo, lectores y amantes de la obra de Mircea Cărtărescu acudimos a escucharlo en su visita a Madrid. Y ocurre que Cărtărescu es un excelente comunicador, un cuentista que narra oralmente como escribe, un hipnotizador verbal en una lengua que suena a hechizo y magia. Se mete dentro de ti y sabe encontrar lo que te va a doler porque escribe sobre el dolor universal. Cuando acaba, te has quedado roto y exhausto esperando más, con nostalgia por lo perdido.

Antes de que empiece a hablar ves solo a un hombre normal, sin nada físicamente llamativo que te anuncie lo que va a ocurrir cuando arranque a contar. Tono de voz pausado, muy expresivo. Enreda enseguida. Dice una frase. Para. La traductora habla. Él espera, paciente. Continúa. Y así se va creando una danza verbal con ritmo que no cesa y que nos tiene a los que le escuchamos inclinados hacia adelante, atraídos por la voz y la presencia del hombre que se ha transformado ante nuestros ojos. La mirada es más brillante ahora que habla y en ella hay recuerdos que se asoman. La voz anestésica ha conseguido apaciguarnos para que él pudiera tirar bien, sin temor, de lo que tenía que sacarnos de dentro, lo más recóndito que no sabíamos que estaba o habíamos  olvidado. Cărtărescu es mi particular magdalena proustiana que abre compuertas.

El amor por las ruinas, por lo defectuoso, le atrae porque es un escritor que escribe precisamente desde la ruina, desde el acabamiento, y siempre tiene que reconstruir para seguir avanzando, nos cuenta en la presentación en Madrid de El ojo castaño de nuestro amor, su último volumen de relatos publicado por la editorial Impedimenta. «El pueblo rumano está destinado a construir desde cero, es su destino», añade. Como escribe en el relato del libro, titulado «Ada-Kaleh, Ada-Kaleh...»«¡Qué extraño destino me tocó en suerte! He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas. A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas.» Y claro, la poesía está también ahí, incluso en donde parecería imposible: «en el cadaver putrefacto descrito por Baudelaire, en la ruina y la destrucción. Ser poeta, en Rumanía y en otras partes, significa ser capaz de ver la belleza allí donde nadie más la ve». 

Bucarest es su isla grande, ya él después irá construyendo las propias en su interior para esconderse, aislarse y escribir. Tiene que buscar la belleza donde sea, incluso en «aquellos bloques como cajas de cerillas». «Yo he proyectado Bucarest, por la que paseo en mis noches de insomnio», nos cuenta en la presentación. Lo mismo hará el personaje de su novela Solenoid en sus viajes nocturnos imaginarios en un tranvía que no avanza y permanece inmóvil en las cocheras. Pero el paseo existe porque podemos soñarlo. Cărtărescu es el escritor que sueña y evoca realidades con ensoñaciones, y lo mejor es que no importa porque con él todo lo que sucede es posible. Qué más da que sea o no cierto. «¿Durrel tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto», escribe en el relato «Mi Bucarest».



«Es nuestra mente la que escribe», confiesa. Con ella viaja Cărtărescu a los territorios de su intimidad sin importarle más que él mismo, sin pensar en nada más que en su mapa interno por el que va siguiendo los pasos de los recuerdos. Cărtărescu se va entendiendo a sí mismo, se asimila a través de la escritura: «Siempre he apreciado a los autores solitarios. Kafka es el arquetipo del escritor. Escribía solo para él mismo y para entender su situación». Aprecia tanto la soledad durante el acto creativo que lo que más desea es cerrar esa puerta a la realidad y aislarse, volver al vientre materno para escribir, para entrar en lo que él llama un proceso «autohipnótico».

La «trinidad» que formaron su madre, él y su hermano es el tema del relato «El ojo castaño de nuestro amor», que da título al volumen. Es imposible no emocionarse al leerlo. De nuevo la pérdida, el volver a empezar tras un hecho traumático del que el autor apenas habla y que bordea cuando se le pregunta. Da la impresión de que la nostalgia moviera el mundo, no el amor. Desde el amor hay mucho en toda su obra y en este último volumen de relatos se reconstruye diariamente, pero desde la nostalgia es capaz de avanzar, porque cuando aparece se produce el recuerdo, y en consecuencia el movimiento. La nostalgia es historia en Cărtărescu . Historia pasada y futura. 

Pero Cărtărescu es ante todo un autor con las mismas influencias literarias europeas que el resto de escritores que no son del «este», denominación con la que no se siente identificado. En el relato del libro titulado «...Escu», escribe: «Yo no he leído a Musil viendo en él a un rumiante de Kakania, sino a un príncipe del espíritu europeo. No me interesa en qué país vivió y escribió André Breton. No sé situar en el mapa el Kiev de Bulgakov. Yo no he leído a Catulo ni a Rabelais ni a Cantemir ni a Virginia Woolf en un mapa, sino en una biblioteca, donde los libros están colocados unos junto a otros».

Yo no creo que nunca pueda colocar los libros de Cărtărescu junto a los de ningún otro autor porque merece estantería aparte, aunque lo que me transmita me remita a lecturas clásicas que están también en casa, y que podrían perfectamente acompañarlo. Mi particular lectura de Cărtărescu me confirma una nostalgia como actitud que es la que hace que reconozcamos en un hecho el sentido de la existencia. Muerdo la magdalena y rememoro.


miércoles, 24 de febrero de 2016

'Las efímeras' o el cuento en el bosque

Los cuentos de hadas que leíamos cuando éramos niños provocaban la necesidad de tener que dejar pasar un tiempo hasta que nos atrevíamos a volver a pensar en la lectura y en la posibilidad de una segunda visita al texto. La relectura, tan necesaria en la infancia y ya más complicada en la edad adulta, es en algunas novelas una vuelta de página, una lectura de la frase o el párrafo que nos llamó la atención, y que en el caso de la novela Las efímeras requiere de constantes idas y venidas a lo largo del tiempo que dura la lectura.

Me había dicho a mí misma, más por costumbre que por obligación, que en cuanto acabara de leer la novela empezaría a escribir sobre ella, pero han tenido que pasar semanas para que me atreviera a abordar impresiones porque implicaba mirarme atentamente por dentro, escarbar y sacar un algo triste, desangelado, que se queda tras la lectura. Al terminar, da la sensación de que nos han abandonado y de que una parte de nosotros permanecerá ya para siempre en otro lado. Quizá en el bosque.

Los personajes de Las efímeras tienen que encontrar su lugar en una comunidad rural en la que la naturaleza los sostiene, pero los somete como el peor tirano. La atmósfera llega a ser irrespirable, asfixiante como un encierro a cielo abierto. La cita de Hawthorne, hacia el final del libro, revela un deseo plural que ninguno de los seres que habitan la comunidad puede cumplir, el de encontrar su espacio:

«Quiero mi sitio, mi propio sitio,
mi verdadero sitio en el mundo,
mi verdadero ámbito,
aquello con lo que la Naturaleza pretende que cumpla...
y que he estado buscando en vano durante toda mi vida».

La Ruche, como una fantápolis rural, futurista, engañosamente real  —también dentro de la ficción— se desvela a través del misterio y de la dureza que posee y que la dota de malignidad y una fuerza desmesurada frente a la que los habitantes no pueden más que bajar la cabeza y seguir sus destinos, los que esa tirana marque.

Dora y Violeta son dos seres vegetales y húmedos que viven en el bosque y que al comienzo de la novela, en ese génesis en el que nombran los árboles y los objetos, son seres primigenios cargados de simbolismo. Anita es la diosa, la creadora, que junto a Tom lo observa todo. Este, el hombre, bufón y espía poco avezado, se comporta con torpeza a pesar de su formación y sus palabras, en ocasiones acertadas y sabias. Anita maneja y reprende, pero en el momento en que empieza la novela, ya hace tiempo que decidió dejar sueltos a los «hijos» y no implicarse demasiado en sus discusiones y desacuerdos. 

Los seres «verdes» con olor a madera y musgo que parecieron Dora y Violeta en las primeras páginas se van animalizando y convirtiendo en bestias. Pero todo es naturaleza al fin y al cabo. Dora pudo estar siempre dormida. Un enorme árbol fuerte que un día despertó y cobró vida para moverse. Poderosa, sus pasos por el bosque son los de un gigante que persigue criaturas, el ogro con las botas de las siete leguas.

El libro es mágico en este aspecto, un horrendo cuento de hadas, espeluznante, una pesadilla infantil en el mundo adulto, soñada por adultos, tan bien narrada que es capaz de hacernos creer que realmente un árbol cobró vida y es Dora. Y el mundo vegetal, sus olores y su fuerza, la de la Naturaleza opresora, nos invade para poseernos hasta el final del libro. Ningún lector puede resistirse a algo así, pero al mismo tiempo ninguno puede dejar de sentir que algo se encoge cuando lee y lee sin remedio.

Exhaustos, terminamos el libro, y durante días seguirá persiguiéndonos el mundo creado por Pilar Adón en Las efímeras, esos bichitos pequeños que nos sobrevivirán cuando hayamos muerto, como los personajes de la novela después de la lectura, que nos seguirán mientras vivamos. El bosque no duerme ni descansa, y la vida que tiene dentro, tampoco. Belleza y pesadilla. 

jueves, 14 de enero de 2016

Escribir para olvidar y sobrevivir: el buen hijo de Pascal Bruckner

Si leer Un buen hijo es una experiencia que derrumba hasta el alma del lector más fuerte, incluso al acostumbrado a emociones intensas, suponemos que escribirlo tuvo que ser un acto liberador para Pascal Bruckner. La contradicción de sentimientos y emociones, el odio al padre pero su dependencia durante toda la vida marcaron a Bruckner hasta el punto de llevarle a escribir este testimonio, lleno de referencias culturales y literarias, que agradecemos como lectores y nos incitan a la lectura, aunque lo realmente importante del libro sea la catarsis: hablar del padre para vencerlo, enterrarlo y olvidar.

Bruckner, famoso por el ensayo El nuevo desorden amoroso (1977), la oscura novela Lunas de hiel (1981) —llevada al cine por Roman Polanski en 1992— y la novela por la que es reconocido con un Premio Renadout, Los ladrones de la belleza (1997), es un escritor formado en la cultura francesa al que su padre intentó inculcar fallidamente su pasión por lo germánico. Pascal Bruckner llegó a ser tomado por judío quizá por su interés en determinados intelectuales, por sus lecturas y, sobre todo, por compañías como las de los «nouveaux philosophes», algo que no le molestó en absoluto, pero que al padre antisemita y pronazi le parecía una infamia.

Las memorias de Pascal Bruckner nos muestran a un padre espantoso que aprovecha su mejor momento, el de la juventud, cargado de fuerza y energía, para ensañarse con su mujer y su hijo Pascal, a los que acaba sumergiendo en una espiral de violencia física y psicológica de la que da la impresión de que el escritor no se recuperó nunca. El humor, a pesar de la crudeza de lo narrado, no deja de aparecer en la obra para equilibrar lo dramático de la historia y ahuyentar el victimismo en el que podría haber caído el escritor. Se cuela principalmente en las apreciaciones del hijo sobre la violencia del padre —quizá como distanciamiento para normalizar y evitar el dolor que tuvo que suponer enfrentarse a contar una historia personal así, con ese grado de espanto—y también en los títulos de algunos de los capítulos del libro. El «Prólogo» se subtitula «Oración de la noche», y se trata de uno de los comienzos de obra más estremecedores que hayamos leído: 


Es la hora de acostarse. Arrodillado al pie de la cama, con la cabeza inclinada, las manos juntas, murmuro mi oración en voz baja. Tengo diez años. Después de un breve repaso a las faltas del día, elevo una petición a Dios Nuestro Creador Todopoderoso. Él sabe que nunca falto a misa, que siempre comulgo, que Lo amo por encima de todo. Le pido simplemente, Le suplico, que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche. Un freno que falla en una cuesta, una placa de hielo, un árbol, lo que Le parezca mejor.
«Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate.»

Podríamos pensar que se trata de una broma, un comienzo impactante que oculta solo el recuerdo de un deseo infantil obsesivo, incomprensible si no se es un niño fastidiado por algo, quizá por algún dulce que no recibió, por un azote en público, o solo por una breve disputa o desacuerdo con el padre. Pero el horror llega enseguida, en las siguientes páginas, y nos estremece cierto sentimiento de culpa que aflora a pesar de la denuncia del maltrato que su padre les infligía a él y a su madre, a la que humillaba verbal y físicamente casi a diario. Pero entonces entramos en el mundo luminoso, en los días en los que la bestia no es así y que a Pascal le hacen sentir esa dualidad de sentimientos:

De aquella infancia en la que lo abominable y lo prodigioso se daban la mano, durante mucho tiempo solo me quedó el lado bueno. Para sobrevivir hay que olvidar, apartar los recuerdos que impiden progresar. Pronto me construí un santuario inviolable, una especie de ciudadela psíquica para escapar de los gritos y las violencias de los adultos.

«Caricias conyugales», el título del segundo capítulo, incluye la descripción de una de las terribles peleas de sus padres —"rituales", los define— en la que tiene que llegar a intervenir para que su madre no muera. Ese constante temor a que a su madre le suceda algo termina cuando ella muere, y empieza entonces el auténtico declive del padre, del monstruo nazi que cambia y llega a votar a la izquierda en unas elecciones. Se hace menos agresivo... aparentemente. Es solo un cambio puntual. Pronto algo lo vuelve loco y regresan la agresividad y la violencia. El hijo no quiere herirlo, pero no puede evitar el grito y el insulto hacia el progenitor. Al fin y al cabo es entre lo que se ha criado. El deseo de que el padre muera se ha ido suavizando a lo largo de los años, aunque hay momentos en los que desearía para él una muerte instantánea o la autoinfligida. Llega a animar al padre al suicidio, poniéndole el ejemplo de Stefan Zweig. «Se quedó horrorizado. Pero si hubiese aceptado, el horrorizado habría sido yo.» El capítulo en el que narra esta escena se titula «Deberías hacer un Stefan Zweig». De nuevo ese humor en Bruckner y, a través de él, el distanciamiento necesario para poder seguir escribiendo sin caer en el drama.

La maldad del padre lo persigue hasta el final de su vida. Una maldad sin límites que, al llegar la vejez, se muestra en el maltrato psicológico a través de la palabra, en frases como esta, dirigida a su hijo Pascal: «Ya puedes odiarme, no me importa, mi venganza es que te pareces a mí». Y sí, Bruckner tuvo que asumir ese parecido y la herencia genética, pero se hizo otro, justo lo que el padre nunca hubiera querido ser, y de este modo contrarrestó la maldad. Después, llegó este texto, testimonio de por qué no pudo amar al padre de la manera en que hubiera querido hacerlo. 

Obra de expiación, de justificación, la historia de uno mismo, del que no puede ser sin sus padres, como si los ancestros, aun desde la tumba, lo vigilaran todo. Historia también de la cultura francesa y europea del siglo XX, aunque Un buen hijo es, sobre todo, la narración de una vida incompleta emocionalmente debido a la educación violenta de un padre al borde de la locura producto, quizá, del periodo tras la II Guerra Mundial.

El magnífico estilo, entre sutil y explícito, de Bruckner, hace que terminemos la lectura sobrecogidos aún por los golpes, pero con la certeza de que no había otro modo de que sucediese. Tenía que contarlo. La cita de Ingmar Bergman al comienzo de la obra no puede ser más adecuada: «Las fuerzas creativas acuden cuando el alma está amenazada».

jueves, 13 de agosto de 2015

David Nobbs: el auge del humor que nunca muere


Llevaba unos días dándole vueltas a un artículo sobre una compleja y apasionante autora británica a la que quería dedicar un espacio merecido, pero interrumpe mi discurrir la noticia de la caída, tras el auge, de uno de los novelistas británicos que mejor representa el humor inglés y el sarcasmo típico que veíamos por la tele en la infancia en muchas de las series deliciosas que nos ofrecía la televisión española. 

David Nobbs nos abandonó a nuestra suerte tras haber creado uno de los personajes más hilarantes de la literatura, un mediocre ejecutivo con ganas de empezar de cero planeando su propio suicidio. Ese es el protagonista de Caída y auge de Reginald Perrin y de la continuación en El regreso de Reginald Perrin, novelas con las que David Nobbs logró crear uno de esos mitos que sólo un autor con auténtica devoción por la escritura y pasión por los personajes que iba creando sin resuello (o al menos es la impresión que me produce cuando lo leo) podía lograr.


 Tuvo tanto éxito la aventura de este ser de ficción nacido para padecer y sufrir y hacernos gozar a sus fieles descubridores, que la televisión inglesa lo inmortalizó en una serie de esas que hacen historia en un país. Reginald Perrin sería impensable en otro ámbito que no fuera el inglés y sin embargo lo entendemos desde países como España. Porque el humor, el del bueno, es comprensible allá donde vaya aunque los avatares de un personaje y las situaciones desternillantes sean producto de una sociedad concreta y de un momento histórico. Con la serie y con el personaje conocimos el peso de la realidad y de la alienación burguesa de la clase media y nos sumergimos en algo más que el mundo personal de un escritor alucinado con muchas ganas de reírse de todo, incluyéndose a sí mismo. Nacido en el condado de Kent, en Orpington, nos ha abandonado no sólo el creador de un personaje, sino todo un artista del humor, que escribió algunos programas humorísticos para la BBC durante muchos años.

Sólo nos queda la espera de un tercer volumen de nuevas aventuras de Perrin, The Better World of Reginald Perrin, que la editorial Impedimenta, que publicó los dos primeros, editará en 2016. Con estas pequeñas alegrías de poder volver a leer las nuevas desgracias y situaciones absurdas que va a vivir el personaje, casi de la familia, nos despedimos de David Nobbs.

Y aquí os dejo el primer capítulo de Caída y auge de Reginald Perrin, para los que no lo hayáis leído aún.

http://cort.as/VqRY

domingo, 2 de agosto de 2015

Oso

Escribo bajo los árboles y un mosquito se aplasta bajo mi dedo impulsado por un deseo suicida. Encuentro la naturaleza de la ciudad en este parque, que no es, en realidad, más que un jardincillo sin mucho interés para los que de verdad aman los espacios naturales.

En este mismo lugar donde estoy sentada ahora terminé hace unos días un libro sobre la nostalgia que puede provocar la naturaleza en un urbanita. Me pregunto si lo natural puede conmovernos en su simpleza de tal modo que nos muestre como seres frágiles y estúpidos a los que les importa demasiado lo que ocurre en sus ciudades prefabricadas con problemas civilizados.

Desde la naturaleza podemos descubrir no sólo nuestra vulnerabilidad, sino también nuestra fuerza, pero sobre todo la certeza de que somos animales urbanos a pesar de los esfuerzos por salir de la rectitud de las normas sociales imperantes en las ciudades y querer pasar a la aparente libertad de lo natural.

Lou, la protagonista de Oso, intenta cambiar una rígida rutina por la libertad que le da una casa en el campo en la que tendrá  que pescar para comer, en la que no habrá lavabos ni urinarios y en la que disfrutará de no tener que cumplir unas normas de convivencia y decoro dado su sexo y y su situación vital. Empleada en una biblioteca de Toronto, Lou es enviada a echar un vistazo al legado de un millonario excéntrico en una isla alejada de la civilización con la intención de catalogar los papeles y los libros y demás posesiones dejadas tras la muerte del anciano, y valorar la posibilidad de crear una especie de museo.
Hay notas que caen constantemente de los libros y de las estanterías y que hacen referencia a hermosas citas del folclore sobre los osos y sus costumbres, hábitos y tendencias. El poder como dioses. La fuerza como animales. Y acompañada por la lectura se encuentra el oso, el verdadero, propiedad también del millonario y habitante, como Lou, de la casa de la isla.


Criticada por algunos por ser una novela feminista que excluye al macho humano (¿civilizado?) y lo relega a un segundo plano frente a un oso, la novela no ha dejado de causar polémica desde que se publicará en el año 1976. Me pregunto cuál es el temor de esos hombres ante la plenitud de las mujeres sin ellos. Quizá el miedo a ser relegados a un segundo plano, y en lo que se creían únicos verse dados de lado. Castrados, vuelven sus cabezas iracundas a la mujer que no necesita su pene y los observa, feliz y plena, desde la sabiduría del descubrimiento. 

El oso no deja de ser una metáfora de lo más puro que hay en nosotros, y a través de él se expresa el deseo de emoción sexual sin ataduras ni exigencias pero sincero. El animal bastardo que lo hace con Lou en su despacho civilizadamente y la degrada es un hombre universitario, formado. 

La belleza del libro Oso radica en la búsqueda de la protagonista de la libertad en soledad sin que ello implique el deseo cursi ideado por hombres grises y mujeres mojigatas de conseguirlo sola, sin aspiraciones físicas ni deseos no reprimidos. La protagonista rompe sus lazos con la civilización y se vuelve hacia ella misma sorprendida, descubriendo a una nueva mujer más serena que por fin sabe lo que quiere y está segura de lo que no va a volver a soportar.

lunes, 2 de marzo de 2015

Relecturas de invierno

Leí este mes de febrero,a  raíz de un posible encargo editorial, la novela Drácula, de Bram Stoker, por segunda vez. Y por segunda vez (la primera fue cuando solo tenía veinte años) me estremezco ante el despliegue de imaginación, de talento para la creación de un personaje tan complejo, amado y odiado a partes iguales por posteriores generaciones a las del gran escritor irlandes. Me pregunto si el haber pasado los siete primeros años de su vida postrado, leyendo y escuchando historias de fantasmas, no sería motivo de inspiración para Stoker. Al igual que Lovecraft, la enfermedad a edad tan temprana, el encierro en el hogar, puede llevar a ver mosntruos, esos —me viene a la memoria— como los que pintó Goya en sus Caprichos de brujas. A diferencia del escritor norteamericano, Stoker se recuperó físicamente y llegó a ser un gran atleta en el Trinity College y un ser social cuya parte más oscura quedó destinada a la literatura, a las espeluznantes historias que harían nuestras delicias años después.

Si aún no habéis leído Drácula, debéis hacerlo. No tiene nada que ver con ninguna adaptación cinematográfica que hayáis visto (quizá con la que más con la de Coppola). Es una novela llena de referencias culturales interesantes y muestra una etapa histórica-literaria en la que la ciencia y la razón pugnaban por imponerse al folclore, a los cuentos de viejas, a las historias de fantasmas. Y es en eso precisamente en lo que radica el interés de la obra para hacer aún más impactante el descubrimiento de los no muertos. Un placer de lectura fácil de estructura epistolar que nos va mostrando los puntos de vista de unos personajes más vivos que nosotros mismos, incluso el propio vampiro.

jueves, 1 de enero de 2015

Las doce tribus de Hattie

Mi primera lectura este nuevo año es un libro escrito por una afroamericana que relata la historia de una mujer negra y abarca varias generaciones. Desde el año 1925 hasta 1980, Ayana Mathis nos cuenta las vicisitudes de los negros en Estados Unidos y los contrastes entre el norte y el sur, el primero representado por Filadelfia y el segundo por Georgia. Pero no es solo esta novela la historia de una raza en un país, es la historia de una familia cargada de seres, hijos arracimados de Hattie, la madre, que parecen salir de la nada y crecer donde ya no parecía posible que así fuera. Doce historias de doce seres nacidos de la misma madre, pero muy distintos, con el denominador común de ser seres criados sin amor, débiles, cargados de traumas y dolor. Es la historia de un dolor ancestral que parece remontarse al dolor del mundo. Las raíces de las plantas, la humedad, los bosques, llenan algunos de los momentos más memorables del texto y le dan una vida y una pureza que parece que sintamos el olor del verano, el silencio de las noches en el porche escuchando la nada.

El texto está cargado de poesía y de vida y cada personaje se encarga de quedar grabado en nuestra memoria después de acabar la novela, como sólo los grandes autores saben hacerlo. Es la primera obra de una autora heredera de Toni Morrison, Faulkner y la novela realista americana de los cincuenta. Deja una huella memorable y un regusto fatídico, como el de los textos bíblicos del Antiguo Testamento en los que el castigo es ejemplar. El primer capítulo es de los textos más bellos y crudos del libro. No hay que perdérselo.


martes, 30 de diciembre de 2014

"Cómo aprendí a leer" o la búsqueda del lugar desde el que miramos

Este libro me llega a las manos casi acabando el año. Lo veía en la librería, lo cogía, lo hojeaba, volvía a dejarlo, y finalmente fue mi regalo el día de Navidad.

A pesar del título, que no es falso, pero hay que explicar mínimamente, la autora, escritora y traductora que se gana la vida así, escribiendo y traduciendo, explica de un modo perfecto, mágico, cómo va pasando las distintas etapas de la vida, niñez, adolescencia y madurez, en relación a la lectura, a los libros y, en consecuencia, a la escritura y a la traducción, que es a lo que finalmente acaba dedicándose.

El viaje es hermoso porque se trata de una lucha interior contra el pasado, la herencia familiar y finalmente la rendición a la evidencia, la asunción de unos orígenes de mujeres sumisas e inmigrantes en la Francia elitista de los 70. Es la historia de un país, de una mujer en un país, de una mujer en un país donde es mejor leer esto que esto otro, donde la magdalena de Proust se le atraganta hasta la juventud, muy cerca ya de la madurez.

Una segunda parte del libro relaciona lectura y escritura. Una vez instalada en la pasión, sin que haya atisbos de recaída o abandono del mejor descubrimiento de su vida, una vez que ya es lectora, se da cuenta de que esos conocimientos literarios, esos que le hacen saber si una obra es buena o no, la llevan a hablar con sus palabras sobre las de otros y entra en la traducción, un lugar que la autora adora aunque le haga sufrir porque le permite aislarse de sí misma, olvidarse de su yo para meterse en una tarea extraña de conceptos e imaginación en el que saber leer bien es fundamental. Sin la lectura no están ni la escritura ni la traducción. Así nos lo cuenta  Agnès Desarthe en esta delicia que es Cómo aprendí a leer, desgranando cada emoción y convirtiéndose ante nuestros ojos en la mujer que quería ser, libre de prejuicios y por fin entregada a su pasión.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Atrapados en el hielo

Soy nueva en esto de los libros de viajes. Había leído obras con trasfondo viajero, pero puramente literarias. Este libro que acabo de terminar me ha llevado al Polo Sur y a atravesar con Shackleton mares de hielo con un barquito en el que viajan nada menos que veintiocho hombres. Exploradores ingleses, irlandeses, escoceses, australianos. Seres únicos, hechos de piel y huesos, como nosotros, pero con una fortaleza mental y física fuera de lo común.

Los tripulantes del Endurance, que partió de Inglaterra en 1914, atraviesan durante más de dos años un mundo de hielo, vendavales, penurias, miedo, frío, horror junto al valiente Shackleton, que consigue tras mucho esfuerzo los fondos para la increíble aventura que su compatriota, Scott, y él mismo, había realizado previamente con otros resultados. La aventura de Shackleton quería ir más allá y lo logró, fundamentalmente por el modo en que llegaron al Polo Sur, por las aventuras y los desastres que tuvieron que soportar y lo que como seres humanos demostraron. Las asombrosas fotos de Hurley, uno de los exploradores y de los personajes más curiosos que habitaron el barco, acompañan este texto que resume en pocas palabras la larguísima travesía desde Inglaterra hasta el sur de América, y desde allí a las islas en las que fueron parando hasta regresar sanos y salvos -más a salvo que sanos, pues físicamente muchos de los tripulantes quedaron tocados-  a Inglaterra. 

El libro ejerce una atracción morbosa. A medida que avanzamos vemos aumentar el sufrimiento de estos héroes, pero también somos conscientes de la enorme aventura humana que supuso, el reto, la inteligencia, pues ante cada problema el prodigioso Shackleton encontraba soluciones e iba alentando a los hombres ofreciéndoles más alimentos y mantas, quitándoselas él mismo. Su aliento hizo que no se desfalleciera, que no se desmoronaran en mitad del hielo, alejados de la civilización, donde podían haber muerto en más de cien ocasiones. 

Es un viaje de superación de obstáculos y un ejemplo de cómo la inteligencia humana puede desarrollar la fuerza para el dolor más indescriptible. Y eso es lo más interesante del libro, lo que se destaca por encima de todo y lo que diferencia esta aventura de las que los noruegos y Scott vivieron antes que Shackleton: el hombre que estaba al mando, sin el cual el viaje hubiera sido otro. 


martes, 16 de diciembre de 2014

La Enciclopedia de la Tierra Temprana

Con la época navideña llegan esos placeres que recuerdan a la infancia, cuando terminaban las clases y sabías que hasta después de Reyes (qué lejano parecía aún el día en diciembre) no tocaba volver a la rutina. Horas y horas de tedio y tiempo libre se presentaban nuevecitas para que las llenáramos como quisiéramos, y claro, tocaba entonces acurrucarse bajo la manta y empezar a leer uno de esos libros que te absorbían con su fantasía y te revelaban tu propia imaginación.

Pues bien, tengo la misma sensación estos días tras leer la última delicia publicada por la editorial Impedimenta, la novela gráfica La Enciclopedia de la Tierra Temprana, de Isabel Greenberg, una escritora e ilustradora con una imaginación increíble que es capaz de transportarnos a nuestra propia elaboración personal de los mitos y de los cuentos ancestrales. Al igual que muchos grandes narradores o poetas son capaces de decir aquello que siempre habíamos querido decir y no sabíamos cómo, la autora inglesa, cuya obra acaba de ser galardonada con el Premio a la Mejor Novela Gráfica del Año por la British Book Design and Production Association, nos permite visualizar aquello que había permanecido dentro de nosotros desde la infancia más remota bajo las mantas de esos días de vacaciones de diciembre. El Hombre medicina, la Torre de Migdal Bavel, el Hombre-Pájaro, los gigantes y un narrador tan excepcional contando historias que un malvado rey lo secuestra para él solo escuchar las más fascinantes historias del origen del mundo. 

Historia tras historia, hecho a hecho, las imágenes van entrelazándose como en la mejor novela de caballerías, como en un Quijote en el que el arte de narrar nos lleva de un personaje que cuenta una historia a otra en la que a su vez alguien cuenta otra historia y otra más. El libro tiene lo que siempre ha fascinado de los buenos relatos de aventura y magia, que hace volar nuestra imaginación hasta lugares que habíamos olvidado o que no habían sido imaginados, pero han nacido gracias a la narración. Un placer invernal que no hay que perderse.

Harriet o el terror basado en hechos reales

Mi sorpresa tras la lectura de Harriet vino no tanto por lo espeluznante de la obra en sí como por haberse basado en hechos reales y haber afectado estos de tal modo a la autora de la novela, Elizabeth Jenkins, que se vio obligada a no descansar hasta no terminar su narración de los hechos acaecidos en Inglaterra en 1877, a los que se denominó en la prensa como "el misterio de Penge".

Habitual en el grupo de Bloomsbury, aunque tratada con condescendencia por la propia Virginia Woolf, Elizabeth Jenkins, como la mayoría de los mejores y grandes autores, poseía, al parecer, una fuerte inseguridad ante su trabajo literario. Cuando en 1934 se publica Harriet, esta se convierte en una novela de éxito rápidamente, debido, probablemente, a que es una de las primeras, si no la primera novela basada en hechos reales. Es con ella con la que la autora gana el prestigioso "Prix Femina Vie-Heureuse", compitiendo incluso con Evelyn Waugh.

La novela narra la historia de Harriet Staunton, una modesta heredera con cierto grado de discapacidad mental apenas perceptible, a la que seduce un joven que no tiene dónde caerse muerto pero con el que se acaba casando.

La codicia, al principio, como narra la autora, y la pura y simple maldad después, llevan al marido, a su hermano, a la mujer de este y a su amante a torturar a Harriet, una vez celebrada la boda, para quedarse con todo su dinero.

Al principio no sentimos que sea tan terrible lo que está sucediendo y tenemos cierta lástima por Harriet, aunque también un cierto desprecio por su vanidad y su discapacidad, que la muestra, gracias al talento de la autora, estupidizada, molesta y algo odiosa, un incordio en la normalidad de los que la rodean. Pero a medida que los personajes se van mostrando como lo inhumanos y simples que son, empezamos a temblar junto con Harriet y todo lo que imaginemos entonces es superado páginas después con creces.

No os cuento mucho más de la novela para que podáis disfrutarla (no sé si es el mejor verbo) de una sentada. Es de esos textos que no admiten pausa y que indignan a medida que aumenta la tensión dramática y la tragedia se palpa. El terror está en que todo sucede en un entorno familiar en el que incluso hay niños deshumanizados, como los propios padres, que corretean por el escenario de la tortura de Harriet.


El retrato de la discapacidad de la víctima, el de sus torturadores y las últimas páginas de la novela, en las que se describen el juicio y los pensamientos de los culpables, que no entienden por qué se les juzga, si son ciudadanos normales, esa ausencia de discernimiento entre el bien y el mal, propio de los peores asesinos de la historia, constituyen las mejores partes de una novela con estilo y tono decimonónicos pero cargada de la modernidad de obras como A sangre fría.

Leedla, no tiene desperdicio. Se agradece esta nueva colección, Rara avis, de Alba Editorial, a través de la que están sacando a la luz estas joyas literarias desconocidas para la mayoría de los lectores.



lunes, 15 de diciembre de 2014

El olor y las vidas

Como sabéis, huelo los libros.
Aquellos que me conocen saben que incluso he bromeado con hacer una cata de editoriales por el olor de sus páginas nuevecitas, y es que creo que parte del placer de la lectura consiste en olisquear al azar las páginas de los libros nuevos, nunca de los viejos, es distinto. Los libros viejos se huelen para rememorar y sentir la importancia de la literatura en la historia. El olor de los libros nuevos es un momento similar al de probar un nuevo chocolate si este te gusta o echarte unas gotas de perfume en la muñeca si te agrada probar los olores de los perfumes.

Hay libros, además, que tratan de olores. Sí, ya sé el primero que os viene a la cabeza, El perfume. Ese delicioso libro que huele bien y mal y da grima pero que uno no puede dejar de leer con cierta náusea placentera.

Libros como Aromas, menos conocidos, dicen mucho de sí mismos y de la delicadeza de sus autores, incluso de su olfato. Claudel es un autor que me fascinó en La hija del señor Linh por la frescura narrativa que posee y parece decirlo todo en pocas palabras. No se trata de una novela larga y ante su lectura parecemos muertos de hambre, tal es nuestra ansia de avanzar y no acabar nunca.


Aromas reúne la historia de distintos olores que para el autor han sido importantes porque le cambiaron o le hacen rememorar el pasado, quizá le trasladan a la infancia o a un momento de su vida que preferiría olvidar. Pero el encanto verdadero reside en la sutileza para describir un aroma, que descubre al gran narrador y poeta que es Claudel.

La lectura nos hace pensar en cuáles serían los olores que describiríamos nosotros si tuviéramos que hacerlo y en cuáles coincidimos con el autor. Maravillosa la frase que define el olor de la col como el "carnet de identidad de la miseria" o, algo menos evidente y hermosísimo, el olor del "despertar" como el de "el calor de la vida en hibernación". Se trata de definiciones del olor más que de una descripción del mismo, porque qué otra manera de describir un olor habría que la de compararlo con otro olor, con el de otro objeto o espacio.

Leed, oled y disfrutad de estas deliciosas descripciones, que a modo de cuentos cortos nos deleitan con imágenes propias de la vida, de la existencia común a todos.


lunes, 1 de diciembre de 2014

El sol de los Scorta

Hay libros que llegan a nosotros del modo más casual, otros son un regalo que al desenvolver nos llena de dicha. Y los hay que son regalo sin envoltorio, esos que acaban en nuestras manos cuando acompañábamos al novio, la amiga, la madre y nos dijo, "toma, te lo regalo". Y con el ejemplar en las manos se acercó a la caja y lo pagó y a veces hizo la broma de pedir que lo envolvieran y aun sin haber salido de la librería nos lo dio para que lo tuviéramos ya, que ya era nuestro.

Hace unos días vivo justo esto con mi hermana. Elige ella un par de títulos, me dice que me regala uno, que elija yo el que quiera, como hace años hacía mi hermano pequeño y me llenaba de dicha pero también de angustia por el eterno dilema: qué me llevo. Le digo a mi hermana esta vez que elija ella. Tiene buen gusto y qué mejor que el otro escoja por nosotros cuando nos fiamos de sus lecturas. Coge El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, pide que lo envuelvan y me lo da antes de salir de la librería. He visto en sus ojos una luz cuando lo ha elegido y me estremezco de gusto pensando en qué ocultará el libro que lo hace tan especial. 


Estos días lo leo. Con la luz de noviembre, que está en Madrid más cerca de la primavera que del otoño, avanzo entre las páginas que casi he terminado y me han conmovido y entiendo ya el porqué de la recomendación, de la elección del libro. La historia trata de la vida y de lo que legamos, de cómo se transmite de generación a generación lo aprendido y lo vivido, que es lo que nos diferencia de los animales, comenta un personaje en la obra. Hay un viaje a Nueva York, a la isla de Ellis, en realidad, así que doy por supuesto en parte el regalo, el porqué de tan grata lectura elegida para mí, que acabo de visitar la ciudad, cuyo Museo de la Inmigración, en la isla de Ellis, me ha impactado especialmente.

La familia italiana de la que se habla en la novela tiene una parte de su pasado en Nueva York, pero no hay que irse tan lejos, podemos quedarnos en la Apulia, donde se desarrolla la novela en Italia, para que surjan los secretos de familia bien guardados, las infidelidades, los errores, los deseos. La vida, en definitiva. Hay un momento espléndido en la novela en el que uno de los personajes pide a sus amados hermanos, reunidos en un precioso día de verano, que transmitan lo aprendido, por poco que sea, a sus hijos, ya que él ha vivido poco:

Es probable que me muera en Montepuccio sin haber visto otra cosa del mundo que las resecas colinas de nuestra tierra. Pero ahí estáis vosotros. Sabéis muchas más cosas que yo. Prometedme que les hablaréis de ellas a mis hijos. Que les contaréis lo que habéis visto. Que lo que aprendisteis durante vuestro viaje a Nueva York no desaparezca con vosotros. Prometedme que cada uno contará una cosa a mis hijos. Una cosa que haya aprendido. Un recuerdo. Una vivencia. Hagámoslo los unos por los otros. De tíos a sobrinos. De tías a sobrinas. Un secreto que mantengáis guardado y que no contaréis a nadie más.


La novela es luminosa y está cargada de tragedia y de historia familiar, lo que me lleva a recordar El Gatopardo. Podemos sentir el sol, el calor del sur de Italia en nosotros aunque estemos en noviembre. Tiene este don el autor y el de hacer verosímiles a unos personajes que no son únicamente pintorescos seres del sur de Italia sino personas que pudimos conocer y que, como yo, pisaron Ellis antes de entrar en Manhattan. Es mi novela ahora, ya la he hecho mía. Y es que si algo tiene la literatura, la buena prosa, es hacernos creer que lo escrito se creó únicamente para nosotros.


domingo, 12 de octubre de 2014

De la Leonora de Poniatowska no había escuchado solo elogios, así que afronté su lectura con cautela. No sabía de la pintora demasiado, apenas su parte más escandalosa o pintoresca: que había estado en un manicomio, con esa especie de morbo en la noticia de que un genio padeció la locura y por ello era genio, y más morbosa aún tratándose de una mujer guapa que se codeó con los surrealistas y que finalmente se adhirió de algún modo al movimiento pictórico. Pero lo que he descubierto gracias al libro de Poniatowska es todo lo demás, que resulta fascinante. Y lo es, por un lado, por todo lo que la vida de la pintora mexicana tiene de interesante, y por otro, debido a la prosa de la escritora que es Poniatowska.

Supongo, conociendo a la autora, que le tuvo que atraer hasta lo indecible la figura de la pintora una vez leyó y supo. Una mujer compleja y sumamente inteligente que se enfrenta a la rigidez de la sociedad inglesa y a una clase social excluyente que mira con desprecio al artista y para la que la mujer solo ha de hacer un buen matrimonio y vivir dependiente del hombre. Pero Leonora, artista, pensadora, escritora, veía el mundo de manera muy diferente, y tras múltiples desventuras decide, en un momento crucial de su vida, tras un traumático internamiento en un manicomio, cruzar el charco y plantarse en México, donde descubre ese surrealismo del que venía ya pero que en México era tan notorio que espantaba. La imagino con Max Ernst en esas preciosas descripciones de sus días soleados en Francia, enamorados, haciendo vino juntos, hasta que la guerra borra el sueño de ambos. La imagino internada, en las habitaciones de la clínica, derrumbada por la droga que le introducen para paliar su dudoso -así lo deja entrever Poniatowska- problema mental. La veo en México y en Nueva York, rodeada de sus hijos, de sus amistades, de todos los grandes hombres y mujeres que conoció y cuyos encuentros Elena Poniatowska nos narra con el placer del narrador que parece haber asistido a esa vida que se nos muestra, a veces tan profundamente que sonroja, observadores somos los que la miramos sin afeites y tan real entre las cortinas, apenas escondidos. Y ella se muestra alocada, fumadora compulsiva, genio de pinturas de animales con cabezas de hombres, el caballo, la yegua, el dolor.

Todo eso fue o al menos así lo parece tras leer la biografía de Poniatowska, tan delicadamente escrita que da la sensación a veces de que la que habla es la propia Leonora. Olvidamos a la autora mexicana, nos quedamos solos con la pintora. Resulta apabullante y a veces opresiva la prosa, el acercamiento milimétrico al pensamiento, a lo que sentía en cada instante. Su visión del mundo no creo que trastornado, más bien plagado de grandes ideas y poco tiempo para realizarlas, esa sensación propia del artista de querer siempre más, de no estar nunca conforme. De todo ello trata Elena Poniatowska en esta excelente biografía que recomiendo leer de una sentada siempre que estemos advertidos de que el poso de la narración, el estilo, hará que lo narrado nos perturbe durante días. Hermosísimo libro.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Un hombre

Hay estaciones, especialmente el verano, marcadas y recordadas, en consecuencia, por los libros que leíamos. La verdad sobre el caso Harry Quebert fue el del año pasado. Este me llegó un libro que me ha acompañado durante bastantes noches largas, calurosas, mientras me invadía el sueño y antes de mi viaje a Nueva York. Un hombre es un libro de Oriana Fallaci que relata la vida de Alekos Panagoulis de un modo detallado y con un estilo desenvuelto y realista muy particular. Narra las torturas y los padecimientos del poeta griego y activista político de un modo que hace que estemos allí con él, en una celda diminuta, solo soportable gracias a la fortaleza mental del poeta.

La historia cuenta el antes y el después. Oriana Fallaci, periodista comprometida con todos los represaliados de las dictaduras, no conoce a fondo a Alekos hasta que este es liberado. Es entonces cuando logra entrevistarlo y el amor surge de un modo natural entre dos personas fuertes, luchadoras, unidos sin saberlo por un bien común, el de que todos los hombres sean libres de expresarse y vivir del modo que deseen. No se separarán hasta la muerte de él antes de lo que ambos hubieran podido imaginar.

Lo interesante de la obra es que la tortura y las represalias descritas se asemejan a las de cualquier país del mundo, tan similares entre sí, tan horrendamente idénticas. Y lo que sí es diferenciador y asombroso es el caso de este hombre en concreto y cómo es posible que pueda sobrellevar los padecimientos y enfrentarlos con una fortaleza mental casi imposible de creer en un ser humano. Es un libro duro pero amable a un tiempo dotado de clase, frescura, cariño y toda la objetividad de la que es capaz la autora. Raro quizá por lo personal que resulta, que provoca que nos sintamos algo voyeurs al estar asistiendo a una descripción muy íntima, propia de las experiencias de los amantes, en la que nos hemos colado sin saber cómo.

jueves, 7 de agosto de 2014

El secreto

Me detengo en las páginas de una novela que leo estos días, una más de mis lecturas neoyorquinas, Un árbol crece en Brooklyn. Me detengo y leo de nuevo las páginas en las que una madre explica cómo fomentar el hábito de la lectura en sus hijos y hacerlos un poco más listos que ella. Leyendo una página por noche, una de la Biblia protestante y otra de las obras completas de Shakespeare, cree que conseguirá alejarlos de la pobreza y acercarlos a un fututo mejor.

La novela está ambientada en los años veinte del siglo pasado en Nueva York y se desarrolla en Brooklyn. El analfabetismo está a solo una generación de esa madre de origen austriaco.  Cuando nacen sus hijos, su madre austriaca, analfabeta, recomienda la lectura de las dos páginas por noche a los niños, como si con ello pudiera exorcizar el demonio de la ignorancia, del catetismo.

Los inmigrantes que llegaban a Nueva York en aquellos años se establecían y eran explotados. Pronto los sindicatos comenzaron a amparar a los trabajadores. Estos pagaban una cantidad y con ello tenían asegurado un salario y la obligación del pago una vez hecho el trabajo. La educación a partir de los seis años era obligatoria. Parece que estuviéramos hablando de otro país y de otros tiempos, pero no es así. La novela cuenta deliciosamente estos hechos y nos enfrenta a la miseria, al hambre, a un barrio neoyorquino que probablemente cuando vaya a Nueva York no reconozca por lo que haya leído en esta novela pero que me ayudará a comprender. Siempre quedan cosas del pasado en las ciudades, y si algo queda, es posible descubrirlo gracias a que leo, a que tengo la suerte de pertenecer a la estirpe de los que aprendimos a leer. Pienso en generaciones de mujeres pobres y hambrientas sin tener siquiera la imaginación de la que la lectura nos dota para sobrellevar el dolor de la realidad.

Pienso en la niña protagonista de esta novela en Brooklyn, Francie, (que a mí me apetece leer con “che”, Franchi, porque me recuerda a una amiga querida), en cómo la lectura la va introduciendo de un modo muy diferente en el aprendizaje de las cosas más cotidianas, en la obligación del trabajo, en cómo ahorrar unos centavos que mete en una hucha de lata -de una lata de leche condensada clavada al suelo del armario-, en cómo sobrevivir en unas condiciones miserables, sí, pero manteniendo el orgullo, la dignidad.


La Biblia protestante procede de un hotel en el que su tía Sissy mantiene relaciones incestuosas con un hombre. El ejemplar de las obras de Shakespeare, de la biblioteca pública, tan roto y gastado que se lo venden por unos pocos centavos. Todo es prestado, feo, gastado, precario, dudoso en esta novela. No hay nada limpio y nuevo excepto el estado de ánimo de la pequeña cada mañana, antes de ir al colegio, en el que aprenderá por fin a depender de su conocimiento, el arma más valiosa.

Cada día coge un libro de la biblioteca, pero el mejor día es el sábado, en el que se sube a la escalera de incendios de la casa con una almohada y se sitúa por encima de los árboles, protegida y observándolo todo mientras va avanzando en la lectura de su nuevo libro. Lee por orden alfabético cada uno de los ejemplares de la biblioteca, así que lo abarcará todo, desde tratados incomprensibles hasta las delicias de May Alcott.


La lectura como arma salvadora, como llave de conocimiento y libertad, es en esta novela un personaje más, silencioso, en el que se refugian los que sienten ante el mundo más que rabia y conformismo y buscan darle un sentido para quizá algún día llegar a ser alguien en la tierra de las oportunidades. No he terminado de leer la novela pero me gusta porque mantiene la esperanza. La lectura, y con ella la educación, nos hace libres, siempre.

–Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella?
–El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ese es el secreto.
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn.