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miércoles, 22 de mayo de 2013

PINCELADAS: Otra vuelta de tuerca

Una historia larga o novela corta de Henry James.

Es la historia de terror que esperabas sin saberlo. Una vez la leas y entre en ti, te dejará mudo, la piel de gallina hasta en la cara y en las manos.


Durante unos días te parecerá ver figuras a lo lejos que te observan. Sentirás presencias, formas, que finalmente resultarán ser solo sombras inocentes y no fantasmas, como te gustaría, en el fondo, que hubieran sido. –Quién no ha deseado en lo más íntimo encontrarse frente a frente con uno de ellos, con ese aparecido que te trastorne el seso y te acelere el corazón.

Léelo si quieres pasar miedo, un miedo clásico y antiguo, similar al de cuando eras niño y te tapabas con las sábanas a pesar del sudor, porque era más fuerte el pavor a los ruidos nocturnos y al armario que quedaba entreabierto.


Imagina una casa grande inglesa y decimonónica, a una institutriz y a unos niños pálidos que ven más allá de lo que lo hacen los ojos de los que les cuidan. Son niños buenos aparentemente pero hay en ellos algo perverso, insano, y a ratos se comportan como adultos.

El momento: Una tarde de lluvia silenciosa, acompañada únicamente por el sonido de un reloj de pared no demasiado escandaloso que te marque el ritmo de la lectura sin que te des cuenta.



miércoles, 3 de abril de 2013

Los descubrimientos inesperados: "El mecanismo del miedo" o por qué es bueno estremecerse ante las historias de fantasmas

En el pasado 2012, la editorial Random House Mondadori publicó una novela juvenil -es una delicia también para adultos, obviemos las clasificaciones- llamada El mecanismo del miedo, de la escritora veracruzana Norma Lazo, un agradable descubrimiento de las últimas semanas. Como en el anterior hallazgo del que recientemente escribí, me llevó a ella otro medio, el fascinante programa de radio Horroris causa, emitido desde México D.F., cuyos podcast me descargo en el iTunes y a cuyos invitados, los "doctores" del miedo, conozco y sigo ya desde hace más de dos años. En él se desmenuzan temas terroríficos en el cine y la literatura y siempre puedes disfrutar de la visita de un especialista del tema a tratar cada semana. Sobre Norma Lazo leí la recomendación de esta obra en el blog del programa.

Después de buscarla editada en papel infructuosamente no me quedó más remedio que comprarla en versión digital para mi libro electrónico. No me equivoqué. La gran ventaja que me ofreció la editorial fue poder descargarme el primer capítulo para adivinar el tono y el estilo. Si tienes intuición y sabes reconocer a un buen autor en pocas páginas, es un sistema que funciona muy bien para decidirse por la compra o el descarte de una obra.

Lo leí, me impactó y días después, de cara a la Semana Santa, lo tenía guardado en mi pequeño devorador portátil dispuesta a leerlo lo antes posible. Acababa de terminar una novela excelente (mi primer descubrimiento inesperado), así que tenía cierto miedo a que este nuevo libro no estuviera a la altura. Después, sin embargo, de una media hora de lectura, estaba absorbida por la prosa peculiar, excesivamente correcta, quizá, a ratos, y sencilla para llegar a los más jóvenes, que caracteriza la obra.

Se trata de una historia de terror salpicada de manera deliciosa por un léxico puramente mexicano que me conmovió, pues posee esa dulzura y sonoridad de términos españoles arcaicos de otros tiempos y palabras absolutamente desconocidas en el español ibérico y preciosas como "desmañanadas" (madrugones).

La niña protagonista se traslada a vivir junto a su madre al caserón de su abuela en un pueblo donde cada día hay nuevos niños desaparecidos. La enorme casona tiene una biblioteca con libros muy antiguos en los que la abuela se pasa horas leyéndolos, tocándolos y restaurándolos -y juraría que oliéndolos, pero esta es una impresión muy personal, en ningún momento se menciona-. Es una lectura que transmite un profundo amor y respeto por los libros, por cómo han de tratarse y el cuidado que hay que tener al abrirlos y manejarlos, sobre todo cuando tienen años y son frágiles y más valiosos. Me encanta cómo la autora introduce a los más jóvenes en la lectura de los clásicos citando textualmente famosas obras del género. Así, aparecen fragmentos de El Horla,  Otra vuelta de tuerca o Frankenstein, y referencias constantes a muchos otros autores y obras de horror como El almohadón de plumas, de Quiroga, uno de mis relatos de terror preferidos.



El mecanismo del miedo se activará cuando en la lectura de esas obras se sienta miedo. Miedo a lo desconocido, a lo innombrable que vive cerca de nosotros, a las presencias del más allá que pueden aparecer en cualquier momento a nuestro lado. Y es que el miedo en la novela nos salva de los terrores humanos, reales, de los provocados por el mal que parte del ser humano y aniquila, el que en la obra se lleva a los niños de sus casas. El miedo "bueno" es el que activa el mecanismo que está oculto en el ático de la casona. El "malo", el que hace que perdamos la inocencia y la fantasía y la capacidad de imaginar y aun siendo niños parezcamos señores por haber sabido de la maldad humana.

En periodos de batallas, los espectros permanecían al acecho deseando salir. Su miedo había sido suplantado por el que provocaban las guerras y los desastres producidos por el hombre. Los escritores contribuyen en la novela a provocar ese miedo bueno que nos salva de la pérdida de la inocencia. Todos los grandes autores mencionados en la obra saben de la importancia de su tarea y se esmeran en inspirar miedo en sus obras para activar el "mecanismo". Es, al menos, lo que la abuela bibliófila cuenta a su nieta mientras aún lleva esos finos guantes con los que pasa las páginas de los libros para no dañarlos.

Es una novela destinada a todos aquellos que aman los libros, la literatura y se estremecen ante el placer de la lectura. Creo que de niña -pongamos que a los trece o catorce años- habría querido leer un libro como este. Como la protagonista, me hubiera gustado leer en voz alta a mis amigos los episodios más sobrecogedores de los libros de mi biblioteca y haberles hecho temblar entre las sombras de mi cuarto a última hora de la tarde. De momento, me conformo con imaginármelo y haber recibido este regalo en la edad adulta.


martes, 26 de marzo de 2013

Los descubrimientos inesperados: "La maldición de Hill House" o el misterio de la casa enferma


Hay momentos a lo largo de la vida, no muchos, en los que más que buscar y encontrar el libro deseado, este cae en tus manos sin querer. Quizá en una azarosa búsqueda en la red, una página web te lleve a un enlace desconocido y aparezcas en otro espacio, en una nueva habitación mágica -así me gusta imaginar, cuando navego, que sucede- en la que el nombre de un autor, una portada atractiva, una sinopsis bien contada te empuja a querer saber más y, en consecuencia, a descubrir a un nuevo autor desconocido para ti hasta el momento.

En estos últimos días he hecho dos grandes descubrimientos. El primero del que hoy quiero hablar no sé muy bien cómo llegó a mis manos, fueron tantos los intermediarios que me llevaron hasta él. El caso es que el mismo día que recibí mi nuevo portátil, desde el que ahora escribo, me llegó un ejemplar de una de las novelas más sugerentes e inteligentes que he leído.

Es curioso que en torno al género de horror haya siempre una especie de tabú o desprecio hacia lo que se considera un género menor. Probablemente haya unos géneros con más fama que otros. Así, un drama tiene todas las de ganar frente a una obra denominada de terror. Estas etiquetas y distinciones tan exclusivistas acaban clasificando a las obras de un modo poco congruente y efímero.

Mi película favorita de amor  drama y llanto -lloro invariablemente cuando la veo- es Los otros. Sí, sé que es una película de horror, lo es sin duda, pero también de las más maravillosas historias de amor y drama vital después incluso de la muerte. Qué puede haber más terrorífico que seguir sufriendo los problemas de un vivo una vez muerto. Las mismas preocupaciones, los mismos sinsabores, sin saber que uno ha desaparecido para los vivos. Es un drama que nos arranca el alma. ¿Y el amor brutal en el Drácula de Coppola? ¿No es una de las más bellas historias de amor de la historia de la literatura y del cine? Sensual, apasionada, atemporal. En fin, hay cantidad de ejemplos de las denominadas únicamente -ese es el problema- películas o novelas de horror que han quedado encasilladas y ninguneadas precisamente por ello, por haber sido clasificadas así de simplemente y dentro de un género poco alabado por los críticos literarios y cinematográficos.

Una de las obras descubiertas recientemente es una delicia publicada por Valdemar gótica a la que me llevó otra cosa una de esas tardes de husmeo y placer de búsqueda. Se trata de una novela llamada La maldición de Hill House, y es una de las primeras obras literarias -sí, así me atrevo a llamarla, aunque me acusen de osada- que trató el tema de las casas encantadas, casi diría que inició el género que abrió camino a muchas de las novelas, relatos y películas que se hicieron posteriormente. El propio Stephen King reconoció la influencia de esta obra en El resplandor. Si nos detenemos en la lectura de la obra más famosa del autor quizá lo percibamos. No creo, sin embargo, que la obra de King pueda estar entre las mejores obras de horror de todos los tiempos -falla el estilo y la puesta en escena, no la historia, casi perfecta-, pero sí la de Shirley Jackson -una mujer que frecuentaba con notable éxito el género, común entre las amas de casa americanas de los cincuenta, llamado Fiction of Domestic Chaos e historias para niños-. 

A pesar de algunos errores, a mi parecer de estructura y de desarrollo del misterio en torno a la casa malévola, esta obra debería estar en los manuales de literatura de donde las novelas de ficción fantástica y horror han sido lamentablemente desterradas, excepto unas pocas excepciones que se han mantenido por la época en la que fueron escritas, por el entorno, el contexto, razones para sostener El monje o Melmoth el errabundo, que me parecen soporíferas y están, sin embargo, tan bien consideradas por los críticos que detestan muchas de las que están las escritas entrado el siglo XX.

Busco con fruición en Amazon y en Iberlibro todo lo que pueda haber sobre la autora tras terminar esta delicia que se me apagó entre los dedos sin quererlo y que me ha hecho olvidar durante días al resto del mundo, tan enfrascada me he mantenido en la lectura. Me he encontrado, estremecida, ante títulos infantiles con portadas luminosas alternando en la lista de resultados con las más tenebrosas de casas encantadas y  rostros contraídos en un grito que no escucho pero imagino. En algunas, aparece el rostro de la autora, con aspecto ciertamente poco amable y algo ido, que me mira desde la cubierta de volúmenes que recogen sus historias cortas.

Busco incansable una edición de Edhasa pero no la encuentro. Quiero leer todo lo que en su faceta de horror y misterio ha escrito, quiero husmear hasta las profundidades de esta apasionada de los fenómenos psíquicos que murió con solo 48 años, sostienen algunos que debido a una maldición. Sus enfermedades psicosomáticas y los continuos tratamientos para curar su neurosis pudieron influir, sin duda, en su temprana muerte. Parece más creíble esta posibilidad. Pero cuando terminamos de leer La maldición de Hill House, la atmósfera opresiva de esa casa leprosa nos invade hasta el último momento en un final nada predecible que no queda absolutamente claro, o al menos a mí no me lo ha parecido. Leedla y lo comentamos.

Dejo, como adelanto, el comienzo excepcional de la novela, con esa prosa cuidada y nada obvia que nos acerca aún más a la trama compleja que se urde en torno a la investigación de fenómenos paranormales que un grupo de cuatro personas decide afrontar alquilando el enorme edificio enfermo:

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan. Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta años más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo. (Ed. Valdemar, pág. 19).