lunes, 4 de septiembre de 2017

Escribir en septiembre a pesar del ruido

Los tiempos de sequía verbal escrita no son tiempos perdidos. Escribes mentalmente, observas mucho y te escudriñas cada noche, al llegar a la cama, preguntándote si volverás a hacerlo, si de nuevo habrá algo que decir. Y siempre lo encuentras, el deseo, el motivo que te llevará de nuevo al teclado o al cuaderno.

Hace tiempo ya tuve otro blog en el que escribía a diario. Entre los míos me pedían, cuando había una pausa, que continuara, que les encantaba. Me seguían pocas personas, pero era bonita la presión. Era otro momento de mi vida, en el que la búsqueda de trabajo no lo nublaba todo, no paralizaba la energía y tenía suficiente confianza en mí misma para pensar que lo que escribía podía interesarle a alguien. Y me digo ahora, pasado el tiempo, con un estado de ánimo algo más bajo pero más realista (soy autónoma, es inevitable) que qué más da si no me leen. Así que hoy retomo la palabra escrita que nunca sabes cuándo podrá ser leída.

El ruido y la presión han ocupado el último año tanto espacio en el mío propio que me han paralizado para disfrutar de muchas de las cosas que me gustan, como leer, escribir o enamorarme, actividades que requieren entrega y entusiasmo.
Dibujo de Ramón Casas: 'Mujer escribiendo una carta'

El ruido es solo eso, ruido. El silencio dice todo lo que queremos oír porque en él nos encontramos realmente con nosotros y con los demás. El ruido saca lo peor de nosotros mismos. Septiembre es ruidoso, este país lo es. La mayoría de la gente también. Librarme de la mayor parte del ruido es mi tarea de septiembre, el mes de las tareas por excelencia. Quedarme con lo mejor de cada silencio. Leer lo que me apetezca, sin que el ruido interfiera. Escribir lo que me dé la gana, obviando el ruido. Y en el silencio, ser más feliz. Quizá también el amor, quién sabe. He empezado con la correspondencia en papel.

lunes, 24 de abril de 2017

'Tea Rooms', de Luisa Carnés

Una mujer recoge los pasteles de crema pasados que aún están en el mostrador y los esconde en un cajón, otra se guarda una peseta en el zapato, pero más tarde, encerrada en el lavabo diminuto donde apenas se puede respirar por el calor del verano madrileño, la anudará a un pañuelo que atará a su sujetador. Los obreros hacen la huelga, en las fábricas se trabaja más de dieciséis horas diarias y las mujeres pobres deforman sus huesos lavando la ropa de los más ricos durante toda la vida. Solo hay dos salidas para las mujeres, casarse o perderse en las manos de algún hombre que las abandonará cuando se queden embarazadas. La sífilis y los abortos ilegales arruinarán o acabarán con la vida de las más osadas que quieran vivir por su cuenta.

Es verano. De la calle llegan los ruidos de los huelguistas y del trajín de la Puerta del Sol. Dentro del salón de té hay una extraña paz y señores y señoras adineradas disfrutando de bollos y emparedados –sandwichs–. Solo de vez en cuando, el ruido de la calle, la realidad, invade el local y deja entrar el calor de un verano tórrido como solo los que viven en Madrid pueden comprender.

Luisa Carnés escribió sobre la mujer obrera en Tea Rooms, su novela más elogiada, escrita en 1934. Desde que nacen, las mujeres están sometidas al padre, al marido, al jefe abusador y obsceno, explotador, al novio osado que se adentra en su sexualidad para abandonarlas cuando las cosas se complican. De esto y de la necesidad de cultura e igualdad en la España de los años treinta habla Luisa Carnés, sin imaginar lo que se les echaría encima a las mujeres y a todos los españoles solo un par de años después de haber escrito esta novela.

Minuciosa y detallista en la descripción de gestos (una mano abrillantándose las uñas en el vestido, otra deslizando furtivamente la peseta tras un mostrador) y actitudes, casi pictórica a veces, nos cuenta la vida de las personas que llegan al local de Sol, donde los bombones y los pasteles se mezclan con la rancia clase del local. Inevitable el recuerdo de La noria, de Luis Romero, una novela triste, desalentadora, en la que se narra un día común en la vida de los barceloneses de los años cincuenta, sus idas y venidas, sus trasiegos en un país anclado en el pasado, social y culturalmente, por culpa de una dictadura.

En la novela de Luisa Carnés se avecina la desgracia, la pérdida de todo derecho y elección. Las figuras masculinas son difusas y no se describen ni con la mitad de ganas y cúmulo de detalles que las femeninas porque a Luisa Carnés le interesaba contar el drama cotidiano de las mujeres, acosadas en el transporte público, con un salario mucho peor que el de los hombres, con ninguna posibilidad de ser libres excepto a través de la prostitución. Pero también nos habla de los avances que se están produciendo, de la importancia de la cultura, que se irá colando poco a poco en una sociedad aún a años luz de otros países desarrollados, pero que permitirá que las mujeres puedan estudiar y acceder a trabajos que las hagan libres. Rusia como el ejemplo de libertad e igualdad en el que nadie muere de hambre y todo el mundo recibe una educación.

La historia de Luisa Carnés dibuja un Madrid cerrado y opresivo –tanto como los personajes masculinos que ejercen el poder en la novela– y nos lleva a las miserables vidas de un grupo de mujeres dependientas del salón de té. Los gestos, las miradas, los físicos de la opulencia y de la pobreza, el sonido de las voces y las risas, de las tazas. Las descripciones son bellísimas y asistimos a ese espacio de dulces y burguesía con el mismo espíritu de las obreras que allí trabajan, agotadas como el mundo que las rodea, vapuleadas por las tareas más ingratas y las vidas más pobres.

Una descripción de un caluroso Madrid de los años treinta, tan parecido a aquel de 1936 que tan bien describió Muñoz Molina en La noche de los tiempos, en el que se atisbaba el cambio que pronto se vio interrumpido por manos mayores, también masculinas, que pusieron a la mujer en el sitio más oculto de la sala, al fondo, donde solo se pudiera uno acercar para abusar o mirar.

lunes, 17 de abril de 2017

La vida que nos queda

Los libros nos sobrevivirán, por eso producen esa nostalgia y esa sensación de vida eterna que se deseó tanto en la juventud alguna vez.

Miro las estanterías desde el sofá, acabo de despertarme de la siesta. En la penumbra del salón adivino algunos de los títulos no porque pueda leerlos desde donde estoy, sino porque los conozco. Su lomo, su tacto, su olor. Llego incluso a dormir con ellos. Cuando uno se cela, lo llevo esa noche conmigo y lo devuelvo a la estantería quién sabe hasta cuándo.

No pretendo que sean míos para siempre. A veces les susurro que un día estarán en otras casas o estanterías, entre otras manos, y me da la sensación de que retroceden un poco, enmudecidos. Al acariciarlos de nuevo percibo más calor en ellos.


Cuando me acuerdo de cómo eran el primer día tengo de ellos imágenes muy distintas. Unos llegaron nuevos a mis manos, orgullosos y valientes, un poco soberbios pensando que nadie los olvidaría y que el tiempo no pasaría por ellos. Otros venían ya de vueltas de la vida, listos y curiosos por su nuevo hogar, una actitud algo prepotente, del que sabe que puede volver a ser abandonado. Los nuevos son más perrunos. Los viejos, de segunda mano, como gatos avezados que saben cómo gustar pero que en cualquier momento pueden desdeñarte.

Un día uno cayó uno a mis pies cuando pasaba por el pasillo. Una de las estanterías crujió acompañando la caída. El libro se había abierto por una página en la que podía leer: «Cuánto tiempo tendrá que pasar para que te des cuenta de que me importas». Me hablaba desde el suelo y lo leí ahí mismo, de nuevo, arrodillada en el pasillo de mi casa. Así se vuelven a veces los libros, exigentes, deseosos de que unas manos los toquen de nuevo, pasen de nuevo sus páginas y los huelan como antaño.

Los despertares de la siesta con ellos mirando desde sus lugares de descanso pero también de desasosiego esperando ser leídos por primera vez algunos, otros una segunda o tercera, estos ya casi sin esperanzas de que ocurra, son despertares dulces en los que uno nunca se siente solo, como en un hotel o en esas casas espantosas sin libros en las paredes de las que siempre quiero salir cuanto antes.

Tras el sueño, especialmente el de las tardes siesteras, siempre tengo la sensación de volver de una pequeña muerte que me deja exhausta pero de nuevo alerta para vivir. Y entonces elijo a uno de ellos y sigo compartiendo la vida que me queda, mucho más corta que la suya.

martes, 24 de enero de 2017

Las mujeres creadoras de Natalia Carrero

He terminado de leer Letra rebelde, de «La lectora común» o Natalia Carrero, como prefiráis, las dos son geniales. No hace mucho terminé otra obra estupenda de la autora, Yo misma, supongo, y me preguntaba cómo me atraían tanto esas historias sobre mujeres que quieren escribir a toda costa pero no pueden evitar verse constantemente interrumpidas por los quehaceres cotidianos, las rutinas del ama de casa y propias de una madre, la necesidad de ganar dinero. (Me encanta la imagen de los niños correteando a su alrededor, en Yo misma, supongo, mientras ella intenta escribir. Hay mucha belleza en este empeño).

Letra rebelde es un libro ilustrado. Yo misma, supongo alterna la narración con algunas ilustraciones, letras, puntitos, textos recuadrados con mensajes sabios que siempre quisimos que alguien nos dijera y nos dirigiera, que hubieran pensado para nosotros. La edición de Rata Books es preciosa, y el libro encaja como un guante en esta editorial. Si amas la lectura y escribir, pero esta se te hace a veces bola es posible que encuentres consuelo muy vivo en Natalia Carrero. Además de las numerosas y acertadas reflexiones vitales sobre todo lo que nos rodea en la maraña del mundo occidental en la que vivimos, hay un hurgar en el interior que hace que nos caiga bien porque nos reconocemos en esas entretelas de la conciencia vital y creadora.




Me ha recordado, a ratos, a UNA, la artista inglesa que creó esa interesante novela gráfica  sobre la violencia hacia las mujeres, Una entre muchas. Mujeres solas, indefensas, en mitad de la página, en mitad de la nada, intentando ser alguien y encontrarse. A sus protagonistas las maltrata vilmente esa sociedad que ayuda a crearlas para cargárselas en cuanto puede. Vulnerables y solitarias a la fuerza. La soledad como refugio para escribir y narrarse.

Las madres protagonistas de estas dos obras de Natalia se obligan a tenerlo todo a punto pero eso les deja poco espacio y tiempo para la creación. Necesitan ese rincón que no tienen. Como decía Virginia Woolf, hace falta dinero y un cuarto propio para poder escribir. Y las mujeres que crea esta autora tienen uno muy pequeño en el que se ven interrumpidas constantemente por la realidad de los hijos y lo doméstico, y por la falta de dinero. La presión es constante, es difícil llegar a escribir algo decente.

En Yo misma, supongo, la protagonista, Valentina Cruz, comenta: «Escribir es engañar, engañarnos. Y, con un poco de suerte, sonreír en un entrelineado». Las obras de Natalia Carrero nos hacen reflexionar sobre el acto creativo pero nos animan, además, a luchar contra lo establecido, contra lo que se supone que debemos hacer para ser alguien en este mundo, en el entorno familiar y social. Nos miramos en una mujer que araña el tiempo para entregarse a lo que más desea, escribir. A veces las lecturas se le atragantan y solo ve letras. A veces, las asimila y comparte las que le han transformado. (En Letra rebelde recomienda, por cierto, una de mis lecturas favoritas, Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe).

Desde la soledad y el deseo, más fuerte que ningún otro, de leer y escribir a toda costa, los personajes femeninos se descubren como seres poco entregados a lo que se supone que deberían entregarse, la casa y los hijos. Mujeres creadoras que no tienen tiempo para escribir o dibujar, y cuando lo tienen es entre pañales, comidas y otras obligaciones. Desde su extrañeza y su reflexión nos acogen a nosotros, lectores ya fieles y más felices gracias a sus apuntes y sus creaciones nacidas entre comida y comida, entre la plancha y una colada.

jueves, 5 de enero de 2017

Listas de Reyes

Este año no tengo una de esas listas de libros para entregar a los Reyes Magos. Con las prisas y una gripe de última hora no ha habido tiempo ni de hacerla ni de enviarla. De hecho, escribo estas líneas con cierto malestar físico aún.

Las listas de libros de cumpleaños y de Reyes han sido siempre el resultado de meses husmeando aquí y allá, anotando referencias de reseñas, de blogs, de blogs de amigos, de amigos apasionados lectores, de familia. Pero este año he intentado contenerme, y en el intento se me han quedado en la memoria. Joyas, delicias que tendré en mis manos en cuanto pueda, y que no es lo mismo alcanzar por uno mismo que por medio del regalo de otros.

Sí, sé que todos tendréis recuerdos muy parecidos, y seguramente también asociaréis ciertos títulos infantiles y juveniles, e incluso adultos, al día de Reyes. En mi caso Michael Ende y La historia interminable estarán siempre ahí, aunque sé con absoluta certeza que llegó a mi vida una feria del libro del Retiro, pero lo asocio a Reyes, vete tú a saber por qué. Me pasa con otro título del mismo autor, Momo, que me regalaron por mi santo un noviembre del ochenta y tantos pero que también encajo en una mañana de Reyes rodeada de papeles de colores.

La trilogía de El Señor de los Anillos pertenece también a ese día. Una edición barata de bolsillo que cuando vi me asustó, pues a mi edad aún no había afrontado una lectura de ese calibre. Y Asimov, pero curiosamente ese en las manos de mi hermano menor. Un recuerdo asociado a sus deseos, a su paquete de regalos ese día. Siempre le gustó. No tanto a mí. Celia, de Elena Fortún. Guillermo el travieso, Los tres investigadores, Tintín, Astérix, el volumen de cuentos de Grimm y de Andersen, en Alianza ambos.

 

Se trata de unos cuantos recuerdos de libros asociados a un momento especial, a un día que en el calendario no es importante para todos, o para algunos solo lo fue cuando eran niños. Qué pena. Lo despreciamos por tratarse de un día consumista, derrochón, un alargamiento innecesario de la Navidad. ¿Era acaso más necesaria la Nochebuena, en la que millones de personas solas han de pasar por el trauma de aguantar recordando a los que ya no están, con los que ya no están? ¿Es peor un día de alegría y consumismo que en muchas casas solo significa eso, un día? Un día de regalos, de alegría, de sueño realizado, de posibilidades infinitas. No es tan malo.

Y si hay algo aún mejor que el día de Reyes es la noche de Reyes. Acostarse tempranito para no pillar al rey poniendo los regalos, los libros que hemos pedido. Aguantar la respiración creyendo escuchar los pasos ligeros de unos seres que imaginábamos enormes, medio humanos medio fantásticos, saber que tras las puertas de todos los cuartos hay alguien haciendo de mago por una noche para que al día siguiente otros sean un poco más felices. Cursi suena, desde luego, lo sé, pero es así. Y tanto si llevas pidiendo un libro meses como si fugazmente lo comentaste en una conversación y esa mañana especial está ahí con tu nombre en un cartelito para ti, la sensación es única.

Es cierto que los tiempos han cambiado. Porque ahora raro es que quieras un libro y no lo tengas enseguida. Antes había que pedirlo, desearlo, y una madre y un padre echar cuentas, aunar esfuerzos e ir ahorrando para ese día, para que ese día tuviéramos los libros que pedimos. Y no estoy hablando de la infancia, estoy hablando de hace bien poco, cuando aún vivíamos con ellos y eran ellos los encargados de hacer realidad algunos de nuestros sueños. Los otros nos los hemos currado cada uno como hemos podido. Algunos han podido ser y otros no.

Feliz noche de Reyes.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Así empieza todo

Cuando de adulto abres un libro que ya habías leído en la infancia o la adolescencia eres consciente de que las cosas han cambiado. Lo relees, lo vuelves a admirar, pero hay algo que no cuadra. Esa escena amorosa que te produjo sueños eróticos todo el verano, ese linchamiento que te trajo el terror y pesadillas o esa vergüenza ajena del desacompasado, el personaje irritante y ajeno al mundo que no supiste explicar son ahora más tenues, como si la fuerza que tuvieron, que para ti tuvieron, se hubiera volatilizado o menguado al menos. A veces ocurre lo contrario. Emociones difusas que no comprendías porque no las habías experimentado aún, se hacen, con la relectura en la edad adulta, certeras, auténticas. Tanto, que cuando vuelves al clásico, reconoces, ahora sí, de qué te estaba hablando ya entonces pero no comprendías.

Las emociones aprendidas durante niños y mientras crecemos a través de los libros son tan importantes como las propias vivencias, tan importantes o más que las matemáticas o la física. El mundo de las emociones se empieza a explorar tímidamente y después ya sin tapujos desde la infancia y husmeando entre los libros de casa, de las estanterías de padres y hermanos mayores, o en las amadas bibliotecas, donde el tiempo es otro.

Por qué no Flaubert, Emily Brontë, Jane Austen o Anaïs Nin para hablar del amor, de esos amores difíciles como los de Calvino, de amores puramente sexuales, de amores imposibles y desasosegantes. Baroja o Galdós para hablar de la guerra, de la España controvertida. Cuánto nos enseñó Henry James sobre el miedo más básico, el del temor a apagar la luz del cuarto antes de irnos a dormir.

Cuando se es muy niño y la experiencia del primer amor o del primer dolor por la pérdida de un ser querido queda aún lejos, la lectura nos abre las puertas a su reconocimiento. Me pasé horas leyendo a los clásicos en mi cuarto, en los cuartos de las casas de vacaciones, en los suelos y sofás de todas las casas que habité. Tintines y Astérix tirados junto a la cama al despertar, también los hubo.

Hay escritores que nos hicieron niños más listos, más observadores, y sin duda más preparados para lo que tenía que venir. Leer en la infancia dota de un significado el crecimiento, te hace más osado, menos miedoso ante los problemas y las dificultades que van apareciendo. La madurez que da la lectura no la dan otras actividades, sin duda complementarias y necesarias, pero complementarias al fin y al cabo. Leer estimula, nos obliga a imaginar y a evadirnos pero también a tener los pies en la tierra. Enamorarse de un personaje por primera vez, soñar con él, recrearlo ante la incertidumbre —«qué haría él en esta situación»— solo lo dan los buenos libros.

La vida tiene mucho de miserable y de aleatoria, de insuficiente, pero la lectura nos salva no solo por el acto en sí, sino porque ha sido precedido de otro, el de la escritura, que con nosotros cierra un ciclo, aunque nunca del todo. El libro se sigue leyendo, sigue avanzando su influjo y va ganando lectores a través del tiempo. Las emociones siguen aflorando por primera vez y todavía nos tiramos en la cama, como niños, y abrimos la primera página del libro que nos advierte de que hay una aldea poblada por irreductibles galos que resiste todavía y siempre al invasor. Así empieza todo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Del acto que nos salva: Me explico

No es extraño que nos salve la escritura. A menudo, del acto de salvación salen grandes textos, los que escriben las mujeres que describen su entorno y a sí mismas como un espacio propio donde reconocerse y donde habitar. El espacio somos nosotras, mujeres que nos contamos, que nos narramos para conocernos y para que después nos conozcan los otros, los que están fuera de nuestro espacio interior que solo nuestros cuerpos alberga y delimita.

Hace unos años mi madre escribió su vida en un cuaderno que además llenó de dibujos y que nos sorprendió a todos. Ella fue la que me alentó a mí, la que me regalaba cuadernos, diarios, lápices y plumas. La que me obligó a escribir, a no dejar de anotar por todas partes, desde breves reflexiones hasta cuentos o poemas, frases inconexas. A llenar de vida hojas blancas, a fomentar el deseo de contarme y quizá comprenderme, como hizo ella en un momento de su vida importante, ese en el que es necesario mirar atrás y contar con perspectiva para que los demás sepan y no olviden.

A nosotros, los hijos, nos ayudó, sin duda, a comprenderla y a saber más de algunos episodios que se presentaban oscuros o difusos o que cada uno recordaba de un modo distinto. A ella le ayudó el acto, la rememoración, el desahogo, el recuerdo de hechos muy lejanos, pasados, quién sabe si veraces al transformarlos en escritura.

La literatura de mujeres es quizá esto, en parte. El desahogo de las vidas, la necesidad de contar para encontrar un lugar en el mundo, en un mundo de hombres en el que hay que encajar. Quizá por ello hay menos ficción y más narración de una misma en la literatura escrita por mujeres, en la cantidad de textos que surgen continuamente en los que es necesario explicarse aunque las experiencias de unas y de otras se parezcan tanto que asusta y sean en realidad ficciones desde el momento en el que se escriben.


Los textos escritos por mujeres son los creados a partir del impulso de narrar algo que pertenece únicamente a cómo se desenvuelve nuestro género en el mundo y entre los hombres que nos rodean. La escritura nos suele explicar. A nosotras y a las demás. Y normalmente leemos y nos identificamos con lo que esas otras mujeres han escrito muchas generaciones antes y es un consuelo cuando hay momentos de desdicha y cuando crees que las cosas solo te pasan a ti. Esta literatura de mujeres no es, pues, solo la que escriben las mujeres, ya que a través de ella se narra también el género masculino, se sabe más del mundo y no se excluye, solo se delimita.

Como marcamos los límites de un espacio, escribimos dentro de uno. El interior es rico, grande, podría ser inmenso, pero casi siempre acotamos para no perdernos, para no ir hacia líneas que nos alejen del objetivo. Yo me suelo alejar cuando escribo y he de ponerme unas marcas de corte invisibles para no pasarme y salir de lo acordado internamente. Pero ahora, a menudo, cuando leo literatura escrita por mujeres, encuentro más afinidades. El reconocimiento de género, en mi caso, ha llegado un poco tarde, soy de una generación en la que no se ha hablado de determinadas cosas como propias de un género sino más como parte de una lucha social que nos abarcaba a todos por igual, sin importar el género. Otra de las grandes mentiras, claro.

El reconocimiento de género ha llegado a mis lecturas y permanece y consuela. Me reflejo en textos de todo tipo: biografías, relatos, ensayos, quejidos, lamentos en verso y en prosa, proyectos de risas y alegría. De todas las mujeres que escriben parte la literatura de mujeres sin componentes peyorativos. Ya muchos hombres leen a las mujeres para entenderlas, para saber más de sus madres, de sus amantes, de sus hermanas. Y no hemos de esperar a cumplir cien años para contar. Nos contamos desde el presente, mirando atrás pero también hacia adelante, con fuerza y entereza, con la seguridad de que hay mucho aún por andar y por lo que luchar. Y por lo que escribir.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Aventura (personal) literaria

J leía en bibliotecas. No acumulaba libros, como yo. No los tocaba ni los pensaba después. No se quedaba absorto pasando simplemente las páginas de lo ya leído por placer de repaso, de encontrar a fogonazos palabras y frases que le habían gustado.

Le gustaba leer, como a mí. Pero tras la lectura, volvía a la biblioteca y devolvía esos libros que yo sí atesoraba y mimaba, cada uno con un lugar en mis estanterías caseras. Quiso convencerme desde el principio. Y cuando estás enamorada, te dejas convencer. De lo que sea. De que es de locos hacer una montaña de esa injusticia o de algo tan banal como que un libro solo es importante por dentro, que lo de fuera es solo funda y sustento.

Dejarse querer es como abandonarse, y da gustito. Que te abracen y no te importe nada hasta que las cosas empiezan a importarte de nuevo.

J no apreciaba el objeto y a mí me extrañaba, pero formaba parte de una extrañeza que abarcaba mucho más que su relación con los libros, así que no le daba mayor importancia.

Un día, J y yo tuvimos un niño, y cuando el crío pintaba las hojas de los cuentos y él le dejaba mientras yo le reñía, J me decía que el libro no era sagrado. Y lo mismo ocurría cuando el niño tiraba del rabo de un perro y él lo disculpaba diciendo que solo era un niño, que no se daba cuenta de lo que hacía, que el perro era solo un perro.

Yo empecé a darme cuenta de que a J no le importaba nada más que él mismo, y su descuido hacia la belleza y el trato delicado con los objetos, y hacia la fragilidad de los débiles, me iba advirtiendo silenciosamente, sin que yo quisiera darme cuenta del todo, solo como una ligera molestia en el hombro tras haber llevado mucho peso.

Poco a poco, vas sacando conclusiones vitales sobre las personas, que te ayudan a clasificarlas y a protegerte de ellas. Mi tonta medida ahora es: no te fíes de quien no tiene libros propios en casa ni de quien no ama a los animales. Ni, por supuesto, de quien te dice que lee pero que no quiere acumular libros y por eso no los mantiene, ni del que te cuenta que los animales le gustan, pero no en las casas, mejor en su entorno natural.

Hay aventuras literarias terroríficas y aventuras en la vida que nunca debieron ocurrir. Es solo una reflexión, pero para eso estamos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Arréglatelas como puedas, Bergman

Hace unos días leí por primera vez Persona después de haber visto la película cientos de veces. Como ocurre en ocasiones, derivó mi interés a un recuerdo de hace años que no he podido evitar revisitar, otro libro, las memorias de Ingmar Bergman, Linterna mágica.

Vuelvo física y mentalmente al texto. Lo cojo y lo releo y siento lo mismo que sentí con veintitantos años, cuando por primera vez me dejé seducir por las palabras del sueco, y constato que es de lo mejor que se ha escrito dentro de ese que llaman género autobiográfico. Entonces me pregunto, una vez más en estos meses, ya van muchas, por qué se distinguen así y se aíslan de este modo, relegados a algo que no se lee tanto como la novela, los textos que tratan sobre lo vivido y habitado. Si Linterna mágica hubiera sido escrita por alguien que no fuera Bergman, probablemente los límites no estarían tan claros. Sea como sea, es este uno de los mejores textos de la literatura, independientemente del género al que lo asociemos para clasificarlo.

Recuerdos dolorosos de la infancia y del padre. Inevitable la búsqueda de un sentido a la existencia que llenó toda la obra de Bergman. Búsqueda de palabras que expliquen al fin. Esos diálogos brutales, como el de Secretos de un matrimonio, una de las películas más demoledoras, la mejor muestra de cómo se produce el desamor. Niveles de sinceridad para corazones duros. Silencios que lo deciden todo, como en Persona. La actriz muda, expresiva pero observadora, los papeles cambiados de repente. Ella asistiendo a la representación de los problemas de otra mujer, tan lejana, tan cercana, tan amadas y fuertes ambas. En ellas hay varias mujeres porque en ellas hay muchas vidas, muchas personas, todas las que somos a lo largo de la existencia, como explica Bergman: «—¿Puede una ser personas totalmente distintas, una al lado de la otra, simultáneamente?».

Bergman fue dejando su poso en cada guión y en cada texto escrito, y en Linterna mágica resume su vida y obra porque habla de todas ellas. La gestación, el por qué, el flechazo con Fårö («Este es tu paisaje, Bergman. Responde a tus ideas más profundas en lo tocante a formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luz y reflejos. Aquí hay seguridad», se dice a sí mismo el director en un momento de descripción de ese lugar soñado), el dolor y su ausencia, la infancia y el pasado, con el no se ha acabado de reconciliar.

Al final de Linterna mágica va a ver a su madre, que escribe afanosa en su diario privado y no quiere ser molestada con lo que parece juzgar como niñerías del pasado cuando su hijo la interroga sobre momentos de la infancia:

«—Reñíamos, usted me pegaba en la cara. Yo le devolvía el golpe; pero, ¿por qué reñíamos? ¿Por qué esos terribles ajustes de cuentas, portazos, lágrimas rabiosas? (...) ».

Y más adelante, resume:

«Lo que veo con seguridad es que nuestra familia estaba compuesta por personas de buena voluntad con una herencia catastrófica de exigencias desmedidas, mala conciencia y sentimiento de culpabilidad».

No hay respuestas en la vida de Bergman, y a pesar de las memorias y de lo escrito, de todo lo que indagó con auténtica pasión, no encontró las palabras de alivio y de explicación que buscaba. Quizá por ello escribió tantos diálogos posibles, y expuso a sus personajes a situaciones extremas, imaginando conversaciones en las que por fin uno podía comprender y dormir tranquilo.  Conversaciones que duran noches y días. Y en su vida real, sin embargo, parece solo adivinar, y se le olvida preguntar al otro:

«Durante el rodaje de Persona nos alcanzó la pasión a Liv y a mí. Una grandiosa equivocación me llevó a construir la casa pensando en una vida en común en la isla. Olvidé preguntarle a Liv su opinión. Me enteré después por su libro Transformaciones»

En esa visita final a la madre, en la que lleva consigo la necesidad de explicaciones cuando ya es tarde y ella es mayor y no quiere hablar ni recordar mientras escribe un diario infinito, de nuevo Bergman no consigue nada. La madre, tranquila, le responde: «—Debes hablar de eso con alguna otra persona. Yo estoy demasiado cansada». Y la última frase de la obra resume, por fin, cómo es la vida: «Uno tiene que arreglárselas como pueda.»

Bergman fue esas muchas personas, las que estaban en silencio y las que hablaban sin parar buscando sentido a la existencia. Persona le salvó la vida cuando, estando enfermo, tuvo la idea y la rodó. En un momento de la obra, Alma dice esto a la actriz Elisabet, que permanece en su mutismo:

«—¿Por qué tiene que ser así? ¿Es importante no mentir, decir la verdad, que el tono sea sincero? ¿Es necesario? ¿Acaso es posible vivir sin hablar de vez en cuando? Sin decir tonterías, sin exculparse, sin mentir, sin andar con evasivas. Sé que tú has optado por callar porque estás cansada de todos tus papeles, de todo aquello que dominabas a la perfección. Pero, ¿no es mejor permitirse ser estúpido e indolente y charlatán y mentiroso? ¿No crees que podemos ser algo mejores si nos permitimos ser como somos».

Linterna mágica es el testamento artístico y vital de Bergman y Persona solo una pequeña parte de sí mismo, una parte diminuta que me conmueve por la herida que muestra, por cómo los silencios y la palabras pueden crear una melodía tan perfecta y decir tanto de uno mismo. 


domingo, 9 de octubre de 2016

Los anotaciones y los subrayados que hablan de nosotros

Paso la mañana en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, en el Paseo de Recoletos, que se celebra en otoño. Es uno de los placeres del comienzo de la nueva estación, pasear entre los libros, pararme, husmear, elegir. En una de las casetas descubro un ejemplar que me interesa. Lo abro por la primera página y leo: De Joaquín. Por nuestro 32 aniversario. Y a continuación hay una firma ininteligible que podría significar María o Miriam. Después, el año, 1992. Dejo en su sitio el libro con cuidado, de repente ha adquirido con la autodedicatoria un valor que no tenía. Cojo otro que está cerca y esta vez la letra, la misma, solo se distingue en la fecha y de nuevo la firma que cuesta descrifrar. Salto a otro libro, después a otro más. La mayoría de los títulos del cajón con el cartel de Novela son de una misma persona que ya no los tiene en su casa ni en sus estanterías. Pienso que quizá los haya vendido, pero me hace dudar de esta posibilidad el libro que celebra el 32 aniversario, ya que es un regalo, y los libros regalados no se venden. Quizá se separó de ese Joaquín al que no quiere volver a ver, pero también puede ser, quizá, que María o Miriam haya muerto y su biblioteca se haya vendido, expuesta ahora su vida en una feria de segunda mano que vende más que libros y ficciones, también la vida de muchas personas cuyas trayectorias y gustos quedan plasmados en las primeras páginas de los libros, en las marcas de su interior, en la propia elección de los títulos, que los definen.

Anoto yo también en todos mis libros. Me encanta aludir al margen de las páginas a una anécdota o quizá mencionar un tema que me interesa y que el autor me ha recordado por lo que ha escrito. No siempre anota uno lo mismo. Si volviéramos a leer un libro que leímos hace diez años escribiríamos otras notas o quizá ninguna, porque lo que nos llamó la atención en su momento ya es sabido y no nos sorprende. 

Somos distintos en cada etapa de nuestra vida y los años también pasan por los libros. De vez en cuando cojo al azar un volumen de una de mis estanterías y lo abro, lo hojeo y me encuentro definida —cómo era en ese momento— leyendo lo subrayado. A veces hay simplemente una flecha o unos signos de admiración de apertura y cierre que me advierten de dónde me paré, dónde me detuve a señalar, qué me importaba entonces. Por supuesto, como María o Miriam, yo también me autodedico libros, no solo los regalados, también los que compro yo misma, en los que escribo: Encontrado un día luminoso o Una mañana de octubre en la Feria del Libro Antiguo. Y espero, lo pido, que mis libros no se vendan, que los que los hereden o reciban los hojeen y así puedan conocerme mejor, cómo era yo por mis subrayados, por la elección de mis lecturas.

domingo, 2 de octubre de 2016

Los libros que no iban a ser leídos pero que cayeron en mis manos

Era agradable llegar a la puerta de la casa, descargar las maletas y encontrarse en el campo. Un campo falso, de urbanización, aunque en cuanto te alejabas un poco de lo civilizado, de las construcciones para los de ciudad, conseguías sentirte a gusto. A veces me llevaba libros y me sentaba en el muro de un camino al final de la urbanización, donde empezaba el campo de verdad, dejando que las abejas hicieran su baile sobre mí. Cogía unas moras y me pasaba el tiempo sobre el muro. Después tenía la espalda llenas de marquitas de las piedras.

A la casa del pueblo me llevaba a veces cuentos, pero enseguida los acababa, así que tiraba de lo que había en casa. Mamá tenía una buena biblioteca en la ciudad, pero al campo llevaba lo que ya no quería, lo que ya no iba a leer porque nunca le había gustado o porque le había dejado de gustar. Esos caprichos lectores.

En las estanterías me encontraba tomos de Círculo de lectores que se leían en aquellos años: Pigmalión, Por quién doblan las campanas… y muchos libros de Agatha Christie de la editorial Molino. ¿Qué habría sido de mis tardes durante la siesta en la casa de la sierra sin estos libros? Yo era muy pequeña y empezaba a vislumbrar lo que era bueno de lo que no lo era. Si me gustaba, entendía que se trataba de literatura infantil o que no podía considerarse un libro bueno, pues era consciente de mis limitaciones aún para apreciar la calidad. Así pues, Agatha Christie me resultaba sospechosa. Algunos títulos los leí más de diez veces, no me importaba volver una y otra vez a las tramas que atrapaban. ¿Qué más me daba cómo estuviesen escritos?

Pasado el tiempo los libros empezaron a ser algo más. A medida que iba aprendiendo a distinguir ya no era igual leer despreocupadamente lo que cayera en mis manos. Era crítica. Empezaba y lo dejaba. Dejé de poder leer esos libros durante las siestas de los adultos en la casa de la sierra, y creo que es ahí cuando empecé a hacerme mayor y ya la adolescencia me obligó a llevarme los libros que quería durante el fin de semana. Los libros que llegaban de la capital para invadir a los del pueblo. Fue ahí cuando empecé a llevar bolso, y con él, siempre un libro antes de salir de casa. Qué lector voraz sale de casa sin un libro. Cuando lo olvido (pocas veces), compro uno en la librería que me pille de paso.

Las lecturas desaforadas de los fines de semana en la sierra se acabaron. La casa se vendió más adelante, creo que con libros incluidos. Me pregunto qué harían con ellos los nuevos propietarios, si tendrían hijos que se aburrieran durante las siestas de los adultos y tiraran de los volúmenes desconocidos de las estanterías de la nueva casa en los que aún quedaría la firma de mi madre, una inútil seña de propiedad en lo que ya no se desea, ya no se quiere. 

domingo, 25 de septiembre de 2016

El olor que alimenta

Abro los ojos y lo primero que veo son sombras, poca certeza de que en la habitación solo esté yo y no haya monstruos de la noche agazapados por los rincones. A medida que me espabilo, con las gafas ya puestas, solo tengo que echar la mano al suelo y coger el volumen de relatos que se titula La edad de oro y es de John Cheever, de la colección Narradores de Hoy de Bruguera.

Son, calculo, las seis. No quiero mirar el reloj, me produce placer que aún no haya amanecido y que la única actividad que se escuche sea la de la lectura en el cuarto. La casa está en silencio, el edificio al completo. No parece haber vida más allá de mí y de mi libro, que enseguida estoy leyendo de nuevo, como la noche anterior antes de que, muerta de sueño, se me resbalara de las manos y cayera al suelo sin que me diera cuenta. La luz la apagaba cuando, tras unas horas de sueño, me despertaba sorprendida. El sobresalto siempre era agradable porque sabía que aún quedaban noche y sueño.

Antes de leerlo, como antes de comprarlo, siempre, ritual imposible de evitar, olisqueaba el libro, una aspiración que no se notara mucho en la librería, aunque al acercar el libro al rostro, abierto ya, fuera raro. En la intimidad la nariz bien metida entre las páginas, absorbiendo el olor y cerrando los ojos al mismo tiempo, como cuando se besa a alguien.

A los ya empezados, y por tanto ya vividos y toqueteados, se les iba el olor, y de niña tenía la sensación, que aún a veces me turba, de que el olor se iba por mis fosas nasales, que tragaba por la nariz el aroma inconfundible de esos libros y que cada editorial olía de manera distinta, por lo que en mi interior quedarían posos de todos los libros y de todas las editoriales. La lectura absorbida al máximo.

El olfato y el libro casan bien, por eso el vino, el té o el café acompañan las lecturas de un modo perfecto, son bebidas que se huelen mientras se paladean. Y si leo a Cheever ahora adulta, no aquella madrugada de la niñez en la que aún no había probado el sabor del vino, estoy tomando un tinto denso que me deja los labios rojos.

Aquella madrugada con Cheever se repetía cada semana con Galdós, con Elena Fortún, con Clarín, con Dickens, con Lorca, con Valle Inclán… Y aunque a medida que fui creciendo se transformaron las lecturas, incluso la forma de leer, que pasó de ser desaforada a mucho más terca en la obsesión por buscar más allá de las meras palabras del autor, la rutina del oler intensamente el libro, abriéndolo al azar y metiendo mi nariz entre las páginas, se mantuvo. Hasta hoy. Hasta el próximo libro que, ya no de madrugada —esa costumbre ya vencida por el paso del tiempo—, marque con mi olfato, y cuyo olor se introduzca en mí para alimentarme.

domingo, 14 de agosto de 2016

'El jardín colgante', de Patrick White: la delicia de lo inacabado


Hay siempre algo mágico en lo inacabado porque aún no hay revisión, o muy poca. Podemos adivinar la complejidad de la creación en una frase, en un trazo. La gestación, incluidas las imperfecciones y las dudas. Y es emocionante saber que la obra es provisional (aunque en este texto sobre el que hoy quiero escribir hubiera corregido ya el autor a boli rojo la primera versión sin alterar demasiado) pero que lo que será definitivamente va a concluir en algo muy bueno, porque lo que observamos es ya prometedor

El jardín colgante, de Patrick White, ganador del Nobel en 1973 por una narrativa que se ha definido como «épica y psicológica», llega en español en la edición de Tres hermanas, dentro de la colección con el sugerente y bello título de ‘Tierras de la Nube Blanca’, donde se reúnen textos de autores australianos. Y llega en verano. La estación de la atención, del leer sin interferencias laborales ni problemas acuciantes. Con esa calma necesaria que nos rodea como preámbulo perfecto y la atmósfera adecuada para leer.

Una niña griega y australiana es abandonada en una casa en Sídney y ha de convivir con otro niño, también abandonado tras la muerte de su madre. Este es el tema principal. El escenario, la Segunda Guerra Mundial. La muerte se presenta de un modo tan natural que provoca en los niños unos sentimientos y acciones de adultos que a veces asustan. Sus palabras sabias reflejan, sin embargo, las inseguridades, que arrecian a medida que avanzamos. De la niña, Eirene, se dice en un momento de la novela que «nació vieja», y el niño Gil reflexiona de ese modo en el que solo pueden hacerlo los hombres, como si la tragedia de la Segunda Guerra Mundial la hubiera vivido en el campo de batalla.

Una sintaxis que va más allá de la mera descripción comprensible da paso a una narrativa pausada para la que el autor se toma su tiempo. Hay algo claustrofóbico cuando se dispone a describir a sus personajes y entra en su interior. Los rebasa, los vacía y te los deja para que los disfrutes y saques tus propias conclusiones. Los constantes cambios de perspectiva y de punto de vista permiten que nos identifiquemos con cada uno de los personajes y sus caracteres. Principalmente con los niños abandonados durante la guerra, sí, pero también con los adultos derrotados, mezquinos en su soledad y en su trato con los pequeños.

La niña Eirene, Ireen, Reen —adopta muchas variantes su nombre—, la protagonista a través de la que vemos más que desde el resto, reflexiona al poco de llegar al que va a ser su nuevo hogar:

«La casa ahora está inmóvil. ¿Aparecerá el niño detrás de una esquina o atravesará una pared para cuestionar mi propiedad? Porque ya es mía. Huele a champiñones y a polvo, está viva con los pensamientos que estoy poniendo en ella. Los pomos de la puerta son plastilina en mis manos. Podría trepar hasta este armario y mezclarme con las ropas de un hombre muerto si no olieran tanto a muerto».

La prosa alcanza niveles líricos, obligándote a releer, a repasar de nuevo esas palabras que parecieron decirnos algo que en una segunda lectura lleva a otro pensamiento, a otras conclusiones. Descripciones que ratifican la habilidad narrativa y lingüística del autor australiano.

Es deliciosa la ilusión de los niños, la imaginación poética que White les atribuye y con la que se reúnen sus soledades. Sin ñoñerías, brutalmente. Por ello más certeras. Hay mucho de ensoñación y de deseo incumplido que solo les permite fantasear con lo que podrían haber sido sus vidas. Su adolescencia incipiente, su sexualidad arrolladora y la visión y el comportamiento adultos que les obligan a adoptar son los culpables de su sufrimiento, que no parece ser, pero está, presente en cada frase y pensamiento sin que ninguno de los dos quiera que se les note: «Los niños se quedaron enfrentándose a los detalles de un presente opresivo y un futuro aterrador e imponente».

Hay una naturaleza ahí fuera, más allá de sus dudas y de sus vidas, pero a veces es opresora, no liberadora. La casa en el árbol que ambos construyen es un escape, pero Eirene preferiría hundir la cabeza bajo tierra en ocasiones y no tener que mirar, oculta entre el follaje: «Lo único que quieres es arrastrarte fuera de allí a través de la oscura broza del jardín por encima de las cálidas y húmedas hojas mohosas, y tal vez reunirte con tus amigos los insectos».

El contraste entre civilización-ciudad y libertad-naturaleza lo encontramos a cada paso en la lectura, en la visión de los niños y su experiencia desde el abandono en Australia, una tierra enorme pero vacía. Un ‘tierra trágame’ cuando no puede escapar transforma los pensamientos de Eirene en frases como esta: «Si el asfalto australiano al menos recibiera tu carne derretida, entre la fruta aplastada de este enorme árbol peludo». Enamorada del amor, como todo adolescente, cuando está con Gil deja volar la imaginación: «Él no me quiere. ¿Y si recito el poema invisible que siento en mi interior? ¿Me devolverá eso el poder que pensé que tenía cuando llegué aquí? El poema que no puede expresarse con palabras».

Y es que hay palabras, muchas palabras, pensamientos, palabras dichas por los adultos que hacen a Eirene parecer rara («No eres natural, Eireen», afirma un personaje dirigiéndose enfadado a la niña, en un momento crucial de la novela), palabras ocultas, palabras escritas en cartas y en un diario. En él no deja de haber culpa, como en todo el texto, como hasta el final. Es la culpabilidad del que está solo, del que ha sido apartado del resto de la vida infantil que merecía vivir y se le negó. Cuando se anuncia la caída de Hitler nada parece cambiar esas palabras dichas, los hechos vividos. Volvemos al interior del personaje, que sigue narrando, ininterrumpidamente, como si solo así pudiera exorcizar el abandono.

Novela de recogimiento, de aprendizaje, y pura melancolía. Novela inacabada pero redonda. El autor estaba demasiado cansado para terminarla aunque revisó lo escrito. Lo justo, no corrigió demasiado. Alguna nota al margen para desarrollar más adelante aspectos concretos. Tras la muerte de White, un duro trabajo de transcripción del texto, sobre todo de las partes en griego, alguna casi ilegible. Pero ya está entre nosotros y solo queda disfrutarla. Pasarás frío, los zapatos te irán grandes y volverás a sentir las inclemencias de la adolescencia en el desbordante paisaje australiano, empequeñecido por la estrechez del espacio destinado a los niños y una guerra europea absurda que lo ocupa todo sin que apenas se la nombre.

viernes, 5 de agosto de 2016

Agosto con José Suárez, el hombre con ojos vivos que piensan

José Bergamín definió la mirada del fotógrafo José Suárez como «unos ojos vivos que piensan», y es verdad que cuando repasas las fotografías del artista descubres el interior que revela el carácter. Natural en otro tipo de artista y creador, pero no en todos los fotógrafos. Y José Suárez fue uno de ellos.

Este gallego nacido en 1902 en Allariz que se exilió a Argentina tras estallar la Guerra Civil, tenía alma soñadora y el espíritu de la emigración. Su exilio fue tan natural, tan convencido estaba de ello, que ni siquiera le frenó el que su mujer no quisiera acompañarlo. Cruzó el charco sin ella y en poco tiempo teníamos sus fotografías en publicaciones y exposiciones en Argentina y Uruguay, donde pasó la mayor parte del exilio. De estos países y de su viaje a Japón hay buenas muestras gráficas, unas fotos bellísimas del hombre que conoció a Kurosawa y que pareció haber nacido para viajar y dejar testimonio mientras se mimetizaba con su entorno.


Una especie de paz de espíritu, de exaltación del espacio exterior como reflejo del interior humano hace heroicos a los «mariñeiros» de su serie de fotografías del mar gallego, los enaltece y les proporciona una dignidad prodigiosa, casi dioses con sus redes al hombro y sus rostros arrugados, muy alejado del costumbrismo. Captaba esos instantes respetando a sus protagonistas. Como él mismo diría: «Nunca violento la vida que encuentro a mi lado».


Cuando volvió del exilio fotografió la Mancha, donde, decía, había ido en busca de don Quijote y solo encontró Sancho Panzas. Blancos y negros puros, tan puros que duelen a la vista, en las fotografías de aquella etapa en las que el paisaje parece haberse despojado de seres y los pocos que aparecen fueran los últimos habitantes de un mundo desolado. Se encontró con esto, la España derrotada, casi vacía de emociones que había dejado al irse al exilio, y así la mostró, entristecido.

No hay retratos, hay hombres sobre paisajes que posan en su paso por el  mundo que parece abrirse a ellos desde el infinito. En la foto que hizo de Unamuno en su setenta aniversario, se percibe. Otras figuras literarias del momento fueron también fotografiadas por él, y siempre hay en las fotos un rastro del artista, cierta melancolía con el poder de trastornar al que observa.



Entrar desde el bullicio y el calor insoportable del final de la Gran Vía, casi llegando a Cibeles, al Instituto Cervantes, donde se celebra la muestra, y encontrarse con José Suárez en La Mancha, en Japón, con los mariñeiros gallegos, entre montañas nevadas y sonriendo a Unamuno es una experiencia agostera muy recomendable.  

domingo, 17 de julio de 2016

Observando desde la Rolleiflex de Vivian Maier

La mirada de Vivian Maier trasciende el momento de observación para llegar hasta los previos del fotografiado, e incluso a su futuro. Toda la historia del que retrata se condensa en la mirada de la fotógrafa norteamericana que era institutriz y tuvo la necesidad de explicarse a través de las imágenes cazadas en sus momentos de ocio. Debieron de ser los paseos del despertar, del sacar a la luz a los niños que solo cuidaba. Como el que trabaja con libros y al terminar la jornada sigue leyendo —esta vez lo realmente deseado—, Maier salía y observaba desde la distancia los juegos de los pequeños a los que pilla sonriendo, llorando, solos, pobres, ricos, de las manos de sus madres, de todas las maneras posibles de vivir y estar un niño. Sus caras, sus piernas, sus ojos con mil matices y el Nueva York de los cincuenta y sesenta de fondo. Hay otras ciudades: Chicago, Florida, San Francisco. Y décadas después, Maier seguía fotografiando.



Cuando no estás en el mundo o no quieres estar aunque no te quede más remedio que convivir a diario con otros de tu especie, en un acto de voluntad puede uno dejar de mirar. Cuando miras y representas lo que te rodea, cuando observas para dejar testimonio de tu mirada, eres el animal más social, el que irrumpe en las vidas de los otros para compartir la tuya propia.

Vivian Maier no era una mujer muy apegada a los que la rodeaban y más bien solitaria. Sin embargo, se hacía social al fotografiar al desconocido, al conocer a gente de paso. Similar a esa sensación estupenda que produce el viajar solo, cuando sabes que puedes hablar con cualquiera que después se esfumará. Se cruzará en tu camino unos minutos, unas horas, pero no tiene que permanecer en tu vida para siempre, quizá sí en tu memoria. Creo que esto la tranquilizaba en su soledad buscada.



Una mujer de mirada inteligente que apenas sonreía —veo su sonrisa solamente en uno de los autorretratos— y que se dedicaba, al terminar su trabajo de institutriz, a fotografiar lo que veía, los niños a los que podría haber cuidado. Hay algo inquietante en esto que se esfuma cuando vemos las fotografías y apreciamos la sensibilidad al captar un instante, y la luminosidad y la belleza de ánimo, la calidez que desprenden las imágenes. No hay lugar para la sordidez. A pesar de ser realista y captar momentos crudos, impera la belleza y una vitalidad asombrosa que hace que quieras estar en ese mismo instante fotografiado, participar con ella en la celebración del detalle de un rostro, en la placidez de un instante.



Pero no hay solo niños en las fotos de Maier. También aparecen mujeres que la desafían con miradas rudas, insolentes. Ancianos cargados de arrugas y vida en el rostro, un hombre dormido en su quiosco de prensa, negros, blancos, obesos, desnutridos. Tullidos, vagabundos. Escenas en las que un hombre es arrastrado por la policía. Hay dolor, alegría, luminosidad y tristeza en esas fotos, como si Maier hubiera decidido registrar las emociones de la vida de cualquiera, hacer un compendio de las fases de la existencia. Es capaz de entender antes de fotografiar, sabe captar lo humano.

Misteriosa, paradójica, atrevida y reservada, estos son algunos de los adjetivos con los que la definen los que la conocieron. «Reservada», el más repetido. Y casi ninguno sabía que hacía esas maravillosas fotografías. En esos autorretratos la vemos con la cámara, grande, indiscreta, una Rolleiflex colgada del cuello. Debía de llamar la atención. Y sin embargo lo hizo de tal modo que nadie supo, solo ella y su mirada. Y es que la Rolleiflex puede ocultarse, no hay que acercársela a la cara para fotografiar. Sus casi dos metros de estatura, abrigos anticuados de los años 30, enormes como ella, sus sombreros de fieltro y unas botas masculinas con las que iba a todas partes tenían que sorprender, en cualquier caso. Gigante, seria y sin dejar de mirar.



Un día un joven, John Maloof, compra en una subasta de Chicago una caja de negativos con imágenes excepcionales cuando las observa a la luz —de nuevo, la mirada— y decide investigar sobre esa Vivian Maier, a la que busca en Google sin resultado alguno. A partir de ahí, comienza el rastreo que termina en lo que ahora conocemos. La vida solitaria de una institutriz con algo de síndrome de Diógenes. Ese acumular miradas, instantes de las vidas de las personas desconocidas que la rodeaban era algo parecido a sus colecciones de broches, entradas a conciertos, billetes de tren o de autobús, periódicos, pero no fotografías. Reveló muy pocas y muy mal impresas. Guardó los negativos. Su visión se quedó en la Rolleiflex desde la que observaba la realidad, no vio el resultado de su mirada. Y ciertamente, parte del encanto está en esto, en que sus fotos se descubrieran tras su fallecimiento, metidas en una caja, sin revelar. Cientos de fotos asombrosas del mundo en el que le tocó vivir y en el que se integró a través del acto de fotografiar en vez de participar en sus escenas.


martes, 12 de julio de 2016

'Una entre muchas' y el porqué del disfraz

Hay quienes soñaban que las perseguían, como en los cuentos que les leían de niñas. Otras, en cambio, soñaban que estaban encerradas en una caja de cartón de la que no podían salir. 'Una' sueña que algo está bajo la cama o en el armario, «pero seguí sin contarlo».

Todas las mujeres víctimas de un abuso sexual o de una violación han tenido pesadillas durante largos periodos de tiempo o para siempre. Cuando hace meses empecé Una entre muchas no imaginé que tardaría tanto en terminarlo. No es un libro denso, se lee rápido, es ligero. Podrías devorarlo de una sentada, pero no creo que te gustara.


 Hay libros que cuesta leer por lo que cuentan y a los que en un punto de la lectura apetece meter en el congelador, dejarlo reposar hasta que estemos preparados para continuar, y entonces sacarlo de nuevo. No llegué a hacerlo, pero no me faltaron ganas.

'Una' es la extraordinaria autora de cómics que ha dibujado y narrado esta obra. Cuenta con la seguridad —y la inseguridad—  que da el género autobiográfico, en el que no hay disfraz posible. La niña menuda que se va transformando a lo largo de la historia adopta el disfraz de la que le gustaría ser porque la identidad la perdió cuando la violaron.

A 'Una' no la creen nunca, primero porque durante años no es capaz de contar lo que le pasó, y segundo, porque cuando lo contó todos miraron para otro lado. Cuando habla con los psiquiatras a 'Una' le da la risa, no porque le haga gracia lo que dice, sino porque ni ella misma parece sentir que aquello haya pasado alguna vez, es tan irreal y extraño. La risa no está permitida en el mundo adulto de psiquiatras, así que 'Una' sigue su vida. Una vida en la que se castra a las mujeres.

'Una' va recomponiendo su cuerpo a duras penas y los miembros acaban conformando una mujer que no reconoce. A veces es trocitos de ella misma, una muñeca recortable. A medida que la vida de 'Una' pasa, el asesino de Yorkshire irá matando mujeres en Inglaterra, donde vive 'Una'. Estamos a finales de los años setenta.

Los hombres que viven en el mundo del asesino de Yorkshire y de 'Una' no investigan con suficiente interés y profundidad los crímenes sexuales ni los ataques a mujeres porque creen, erróneamente, que son solo cosas que les pasan a las prostitutas y no a mujeres decentes. La misoginia y el motivo de tales asaltos no se tiene en cuenta en aquellos años y esto ralentiza los castigos de la justicia a los hombres brutales.

Siempre preguntan primero los hombres del mundo de 'Una' qué ropa llevaba la mujer atacada sexualmente —se lo preguntan a ella— y si consintió en acompañar a aquel hombre, si lo hizo voluntariamente. Si la respuesta es «falda corta» y «sí» a estas dos cuestiones, la cosa está clara, no hay que indagar demasiado, deberían haberse quedado en casa como buenas chicas.

Una entre muchas es la historia de todas las mujeres porque no solo cuenta el acto de la violación, del que apenas algunos trazos y viñetas dan testimonio, sino el de la opresión a  la que cada día nos vemos sometidas las mujeres. A finales de los años setenta era mucho peor, pero no se han acabado las inseguridades y los miedos. Cuando 'Una' cuenta lo que le sucedió oye comentarios como lo valiente que ha sido, y entonces se pregunta: «por qué se espera que las mujeres y niñas de este mundo tengan tanto valor».

Aprender a ocultar y a mentir, a no decir lo que realmente se piensa, es algo que nos han inculcado a las mujeres desde hace generaciones. Es producto de una educación y de una historia que viene de antiguo y sobre la que 'Una' reflexiona en este cómic. Su superación está en esta historia, aunque ella confiesa que escribirlo no fue terapéutico pero sí liberador. Con valentía es capaz de desmenuzar sus emociones y de contarnos que ha estado años callada no por miedo, o no únicamente, sino por cansancio, porque lo que la rodeaba hacía que pareciera que lo que le sucedió no hubiera sucedido o no fuera nada que no se hubiera buscado de algún modo.

No es casual el paralelismo de su vida entonces con los asesinatos del Destripador de Yorkshire, pero nadie querrá hacer esa comparación y dirá siempre que no es lo mismo, que por qué hacer una montaña de un granito de arena. El granito de arena es 'Una', soy yo, eres tú, que lees esto.

Meted el libro en el congelador si lo necesitáis mientras disfrutáis de esta joya gráfica, pero leedlo. Dejadlo un tiempo ahí, a ver si cambian, quién sabe, los gestos, las osadías, las leyes, algunos hombres.